Alex Courant
Poeta adicto al portal
Aquí te veo, me ves, nos vemos.
Siendo el rechinar de los muebles, del ropero y de las sillas,
el vuelo elíptico de la mosca alrededor del foco,
el puño de la lluvia que golpea por todas partes
y que en todas partes se derrama infinito, emancipado,
sobre los perros que se crucifican en las calles.
A mi mano buscas, sólo a mi mano,
igual como el mar busca a los ríos para ser mar,
igual como la tristeza incinera al deseo
y claudica en los nombres que respiran, oscuros,
las afónicas volutas del lustroso polvo.
Aquí, a ciegas, te debates en una hoja.
Te sostienes de mi mano y de mi pluma y de su tinta
que no saben más que parir letras.
Letras que son la flor sin aroma,
letras que son el puñal ebrio,
letras que muerde el viento, el fuego, el agua,
y que no son más que los sobres mercantiles,
los mapas comerciales, las cartas marítimas,
que en desuso el tiempo ha dejado.
Cuando la mañana se erige como un vasto desierto:
Soy la fatigada estatua en soledad y claustro,
el maniquí irrisorio de lágrimas pasmadas,
la indómita piedra de instantes petrificados.
Al techo miro, callado e inmóvil.
Mientras tú, sobre el papel, cual esfinge agazapada,
ves llegar a la madrugada, envanecerse a la mañana,
con el ruido del agua que bulle para convertirse en humo.
Siendo el rechinar de los muebles, del ropero y de las sillas,
el vuelo elíptico de la mosca alrededor del foco,
el puño de la lluvia que golpea por todas partes
y que en todas partes se derrama infinito, emancipado,
sobre los perros que se crucifican en las calles.
A mi mano buscas, sólo a mi mano,
igual como el mar busca a los ríos para ser mar,
igual como la tristeza incinera al deseo
y claudica en los nombres que respiran, oscuros,
las afónicas volutas del lustroso polvo.
Aquí, a ciegas, te debates en una hoja.
Te sostienes de mi mano y de mi pluma y de su tinta
que no saben más que parir letras.
Letras que son la flor sin aroma,
letras que son el puñal ebrio,
letras que muerde el viento, el fuego, el agua,
y que no son más que los sobres mercantiles,
los mapas comerciales, las cartas marítimas,
que en desuso el tiempo ha dejado.
Cuando la mañana se erige como un vasto desierto:
Soy la fatigada estatua en soledad y claustro,
el maniquí irrisorio de lágrimas pasmadas,
la indómita piedra de instantes petrificados.
Al techo miro, callado e inmóvil.
Mientras tú, sobre el papel, cual esfinge agazapada,
ves llegar a la madrugada, envanecerse a la mañana,
con el ruido del agua que bulle para convertirse en humo.