curriamoroso
Poeta fiel al portal
No fue su mirada ni sus palabras que, de modo insistente, buscaba atraer mi atención. Ni siquiera un gesto, nada. Ninguna señal me anticipó que El aguardaba impaciente a la orilla de un tiempo que he frecuentado desde siempre. ¿Era El la silueta que, a veces, adivinaba en sueños? ¿Era su voz aquel rumor avasallante que me invadía cuando dejaba vagar mi pensamiento por latitudes apenas presentidas? Acaso sí, aunque, en ocasiones tengo dudas. Por momentos, intuyo en El la otra cara de mí misma, esa otra que, por razones ignoradas, opone resistencia. Por instantes, la angustia llega como un insecto extraño que revolotea entre El y yo sembrando en mí la confusión. Entonces, la mirada de El o de Ella es un abismo en sombras que, inexorablemente, me atrae hacia su fondo. ¡Si tuviera la certeza de que su tiempo y el mío son uno mismo! No sólo en el instante, en el aquí, sino en el siempre, en el allá, como El tanto desea. Pero sé, lo sé bien: la única eternidad habita en la fugacidad de este presente tan efímero que apenas puedo vislumbrar. ¿Por qué me duele tanta consciencia, este sentir? ¿Por qué una tristeza inusitada se posesiona de mí cuando lo veo correr hacia el futuro? ¿Por qué esta ansiedad que, a la vez, me aproxima y me aleja de El? ¿Por qué esta sensación de vértigo, de caída, de perdición total, cuando entre El y yo desaparecen las distancias y somos sólo Uno? Pero, por sobre todo, ¿por qué la insistente sospecha de que El y yo sólo existimos en el fondo de un tiempo que todavía no ha llegado pero que ya se ha ido?