Gonvedo
Poeta asiduo al portal
Tú llegas con la noche,
quietud preñada de prodigios,
derramando luz a ciegas,
y con el corazón empapado
de otra sangre.
Traes el elevado sueño
de la flor en su raíz,
del agua en la pendiente,
de cuerpos entregados a otra existencia.
Y esa música, hilván de tantos días vestidos de sol.
En ti vive la noche
con sus ojos de fiero neón.
con su voz arrojada desde lo alto,
con su cielo de dragones petrificados
y de estrellas como racimos.
Si te pienso, no existes,
pero, aún así, oigo el latido no fraccionado
de tu corazón recién nacido,
te escucho respirar en un mar de ahogados.
Tu sangre es un río iluminado
que busca el extraño fragor de antiguos ritos,
su memoria intacta.
Yo sé que tu dirías
que en esta enfermedad que llamamos vida
el amor tiene un difícil pronóstico.
En este confín ajeno,
redor de silencio y amaneceres,
yo siento que todavía te amo,
aunque se vaya de mí tu aroma,
tu piel parezca aire,
o tu corazón necesite un nuevo pulso,
y un paisaje de palabras no pronunciadas
y de números distintos.
Sé que tu cuerpo trae un largo camino
de huesos y carne todavía,
que no quiere continuar.
Eres el grito de mi hambre,
y de esta soledad que duele
y me atraviesa como un puñal el vientre
en las horas vacías de la memoria.
quietud preñada de prodigios,
derramando luz a ciegas,
y con el corazón empapado
de otra sangre.
Traes el elevado sueño
de la flor en su raíz,
del agua en la pendiente,
de cuerpos entregados a otra existencia.
Y esa música, hilván de tantos días vestidos de sol.
En ti vive la noche
con sus ojos de fiero neón.
con su voz arrojada desde lo alto,
con su cielo de dragones petrificados
y de estrellas como racimos.
Si te pienso, no existes,
pero, aún así, oigo el latido no fraccionado
de tu corazón recién nacido,
te escucho respirar en un mar de ahogados.
Tu sangre es un río iluminado
que busca el extraño fragor de antiguos ritos,
su memoria intacta.
Yo sé que tu dirías
que en esta enfermedad que llamamos vida
el amor tiene un difícil pronóstico.
En este confín ajeno,
redor de silencio y amaneceres,
yo siento que todavía te amo,
aunque se vaya de mí tu aroma,
tu piel parezca aire,
o tu corazón necesite un nuevo pulso,
y un paisaje de palabras no pronunciadas
y de números distintos.
Sé que tu cuerpo trae un largo camino
de huesos y carne todavía,
que no quiere continuar.
Eres el grito de mi hambre,
y de esta soledad que duele
y me atraviesa como un puñal el vientre
en las horas vacías de la memoria.