danie
solo un pensamiento...
¡De sonrisa que agasaja con gracia latina,
eres la emancipación de la alondra,
frente a los palcos del preludio!
Un Despertar de aroma calcáreo
entreverado con el fervor del océano,
islotes en un inmenso abismó
divididos por el margen del cuerpo,
separando la sal de la espuma del escollo.
Piel fidedigna reflejada
en la diana del albor emergente.
Lisonjas y candelas en la orilla
¡El poeta y su musa! Devoto labor tórrido,
es esculpir la gema para que reluzca
la inspiración de tu cuerpo.
Plenitud fructífera de la fruta madura
néctar consumido como un don del cielo.
Un cálido rayo de luz posado sobre la arena,
rizando el oleaje y el ascua añil marina,
una divinidad en quilate que ni siquiera
el más opulento podría comprar.
Me siento dichoso sin merecer tal honor,
el honor de esculpir una flor de tu cuerpo
que esboza la risa pletórica del crepúsculo.
Diáfana de luz que glorifica la esencia,
canto celestial que brota del litoral
para deleitar a los orfebres
y las visiones quimeras de un paladar
bastante exigente en cuestiones del arte.
Mis manos serán, los ojos del mundo
que admiraran tu magnifica belleza,
sueños de desventurados que deambulan
por el precipicio del desamparo,
orfandad y soledad de las almas carentes,
dolor y padecimiento sin indulgencia,
lóbregos sentimientos de la humanidad,
que soslayaran sus penas con solo contemplarte
un par de segundos sobre el sol naciente.
Fragoso bálsamo a pleamar
sobre el muelle prodigioso del himno celestial;
así resucita el aura del poeta para explorar su afán,
se alza por encima del armazón gutural de la cresta,
sobre alturas escarlatas, de deseo voraz
y exonerando las condenas,
sobre los senos de fresas revelados en la tierra,
sobre el sedoso manto de esta sirena.
eres la emancipación de la alondra,
frente a los palcos del preludio!
Un Despertar de aroma calcáreo
entreverado con el fervor del océano,
islotes en un inmenso abismó
divididos por el margen del cuerpo,
separando la sal de la espuma del escollo.
Piel fidedigna reflejada
en la diana del albor emergente.
Lisonjas y candelas en la orilla
¡El poeta y su musa! Devoto labor tórrido,
es esculpir la gema para que reluzca
la inspiración de tu cuerpo.
Plenitud fructífera de la fruta madura
néctar consumido como un don del cielo.
Un cálido rayo de luz posado sobre la arena,
rizando el oleaje y el ascua añil marina,
una divinidad en quilate que ni siquiera
el más opulento podría comprar.
Me siento dichoso sin merecer tal honor,
el honor de esculpir una flor de tu cuerpo
que esboza la risa pletórica del crepúsculo.
Diáfana de luz que glorifica la esencia,
canto celestial que brota del litoral
para deleitar a los orfebres
y las visiones quimeras de un paladar
bastante exigente en cuestiones del arte.
Mis manos serán, los ojos del mundo
que admiraran tu magnifica belleza,
sueños de desventurados que deambulan
por el precipicio del desamparo,
orfandad y soledad de las almas carentes,
dolor y padecimiento sin indulgencia,
lóbregos sentimientos de la humanidad,
que soslayaran sus penas con solo contemplarte
un par de segundos sobre el sol naciente.
Fragoso bálsamo a pleamar
sobre el muelle prodigioso del himno celestial;
así resucita el aura del poeta para explorar su afán,
se alza por encima del armazón gutural de la cresta,
sobre alturas escarlatas, de deseo voraz
y exonerando las condenas,
sobre los senos de fresas revelados en la tierra,
sobre el sedoso manto de esta sirena.