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Eslabón tras eslabón

Tema en 'Prosa: Filosóficos, existencialistas y/o vitales' comenzado por Valeria del Mar, 7 de Enero de 2017. Respuestas: 0 | Visitas: 275

  1. Valeria del Mar

    Valeria del Mar Poeta recién llegado

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    Eslabón tras eslabón


    Estaba presa. No podía moverme. Apenas lo justo y necesario. Sin embargo, podía satisfacer mis necesidades básicas. Me sentía contenta pero a la vez confusa, contraída y retraída. Suspiré y con un dejo de instancia atroz ,plantada en mi cara, tomé con mis manos la cadena que me apresaba. Sonreí. No pude más que sonreir. Una sonrisa que se dibujó y expandió sobre todo mi rostro. Como llenándolo, como colmándolo todo.

    Me aquieté pensando, en mi carcajada poco sincera y continué. Estaba segura de lo que iba a hacer. Lo había cavilado mucho. Sin parar. Casi al mismo son en que respiraba. Que no es mucho decir. Hace tiempo que mi circuito inspiratorio-expiratorio subió su rutina diaria, su ritmo. Ahora respiraba agitada. Y no se debía a mi exceso de actividad física. No, apenas me movía con aquellas cadenas color plata, largas y pesadas.

    Estaba deteriorándome y lo sabía. No obstante no hacía nada para cambiar esa situación. Solo me acostumbraba. Me adaptaba a alargar el brazo para preparar mi comida o beber mi bebida favorita, sin ir más allá que la medida de mi brazo alargándose como para agarrar algo que sabía que me era necesario, pero no a ciencia cierta. Para el resto de las actividades sobrevaluadas era lo mismo. Tomar el celular, teclear sobre la notebook, hacer compras via internet, hablar por teléfono , mirar televisión...y un largo etcétera.

    Todo dentro de los límites establecido, no podía ir más allá porque la cadena que pendía de mi cuello , me ahorcaría y por consiguiente moriría por asfixia. Pero acaso...¿No estaba muriendo ya? ¿No estaba muerta hace rato?.

    Dicen los expertos que a partir del nacimiento vamos muriendo, un poco, cada día. Como si el nacer implicaría morir. Y lo implica. Más los hay quienes verdaderamente recorren una muerte larga y quienes lo hacen tremendamente breve.

    Por lo tanto y si sigo sumiéndome en mis reflexiones y haciendo de este teorema, un postulado podría agregar que: "Si al nacer morimos un poco cada día. Al morir nacemos un poco cada día."

    Resulta una verdad casi palpable. Derecho-revés. Amor-odio. Noche-día. Todo par de antónimos tiene su ciclo. Recorre un ciclo. Y en este momento, mi ciclo se rompía. La decisión tomada, oculta en conjeturas poco convincentes, tenía fecha de caducidad. Mi existencia tenía fecha de vencimiento. Era ahora o nunca. Era mi tiempo. Ya lo sabía. En el fondo , muy en el fondo lo sabía.

    Tomé con cuidado los eslabones que pendían sobre mi maltratado cuello y tiré con saña la cadena que flotaba sobre la estaca de metal. Con el esfuerzo, un par de gotas sanguíneas cayeron sobre el piso. Se coagularon. Y en una fracción de tiempo pasaron a formar parte del decorado.

    Volví a intentarlo arriesgándome a sucumbir en plena hazaña. Sabía que cabían posibilidades varias esperándome en mi desatino.

    No obstante, me resistí abandonar mi cometido.

    Jalé nuevamente y unas gotas de sudor bajaron sobre mis mejillas y quedaron sepultadas río abajo. Estaba siendo difícil liberarme de aquello que me mantenía aprisionada y totalmente envuelta en una maraña de cuerdas atenazadoras y cortantes.

    Hice un nuevo esfuerzo, con más ahínco. Y la estaca cedió. Volé panorámicamente y caí sobre un sembradío de trigo. Envuelta en una capa roja de sangre, me levanté sosteniendo aún el lazo plateado que abrazaba mi cuello obsesionadamente. Quise rasgarlo allí mismo, pero no pude. Me sonrojé y sufrí. Porque había logrado deshacerme de lo que me mantenía limitada, pero aún llevaba su sentencia encima como prueba fiel de mi estado post-esclavismo.

    Conviví con ellas bastante tiempo más. A veces simulaba felicidad otras paranoia. A veces lloraba a mares y otras tantas reía por inanición.

    Con el tiempo me volví a acostumbrar. Pero ya no como antes. Era distinto. Cargaba con ellas. Pero era de mutuo acuerdo. Las quise y comencé a amarlas. Las cernía a mi cuello y las lucía cual collar de perlas.

    Un buen día me abandonaron. Casi sin darme cuenta fuí perdiéndolas, poco a poco, eslabón tras eslabón. No podría precisar el momento en que eso ocurrió. Solo sé que fue un buen día. Casi por inercia lloré. Formaban parte de mí.

    Mucho tiempo actué como si las tuviera y otro mucho tiempo pasó para recuperarme de aquella pérdida; ya que sentí que al mismo tiempo en que se iban las últimas cadenas se recreaba un nuevo ciclo. Una nueva muerte. Una nueva vida. Un nuevo principio. Un nuevo fin.

    Un nuevo rompimiento socavado entre jirones de plata y lágrimas de acero.

    Eso duele.


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