danie
solo un pensamiento...
Pergaminos de luz irrumpen en la noche,
más portentosos que cometas,
cayendo por la pluma en los documentos,
como enérgicas centellas que se rompen
en el borde de la hermética cornisa del credo;
Jactancias de ansiedades de párrocos presumidos.
El cielo de la metrópoli inescrutable
se estremece y arrecia sobre el labrantío,
por la luz afanosa que se disemina.
Seguro de mi vidorria y de las oportunas caídas,
miro a los esperanzados y devotos,
quisiera concebir en su certeza
como esa indeleble estratagema que purifica el aire.
Su oscuridad es una tregua
que forja a la furia en el acero,
veo en sus arrebatos ¡Delirios de piedad!
Mi misericordia está en ver
que son solo señales de una misma miseria.
Tribulaciones de un alabado canto;
que hablan de soberanías, de basto imperios,
del edén en el cielo, de nirvana y el Olimpo.
Mi imperio es un latido de ilusión,
unas estatuas descalzas de pensamientos
y un arcaico florete, envejeciendo el yermo.
Proeza de mártires venerados por el apaño del cielo.
La plegaria ferviente del sauzal en el ángelus,
la cosecha de una época,
que esta consumiéndome sin gloríeles.
Con el prudente sigilo que gesta mi ente,
cruzo la caterva de su encumbrada avidez;
ellos son indispensables,
son polvo de cenizas hechas savias residuales
impares soñadores, meritorios de la alborada.
Recorro las capitales con parsimonia
y en el destierro de la lejanía
espero con ansias esa anhelada fe que intriga.
más portentosos que cometas,
cayendo por la pluma en los documentos,
como enérgicas centellas que se rompen
en el borde de la hermética cornisa del credo;
Jactancias de ansiedades de párrocos presumidos.
El cielo de la metrópoli inescrutable
se estremece y arrecia sobre el labrantío,
por la luz afanosa que se disemina.
Seguro de mi vidorria y de las oportunas caídas,
miro a los esperanzados y devotos,
quisiera concebir en su certeza
como esa indeleble estratagema que purifica el aire.
Su oscuridad es una tregua
que forja a la furia en el acero,
veo en sus arrebatos ¡Delirios de piedad!
Mi misericordia está en ver
que son solo señales de una misma miseria.
Tribulaciones de un alabado canto;
que hablan de soberanías, de basto imperios,
del edén en el cielo, de nirvana y el Olimpo.
Mi imperio es un latido de ilusión,
unas estatuas descalzas de pensamientos
y un arcaico florete, envejeciendo el yermo.
Proeza de mártires venerados por el apaño del cielo.
La plegaria ferviente del sauzal en el ángelus,
la cosecha de una época,
que esta consumiéndome sin gloríeles.
Con el prudente sigilo que gesta mi ente,
cruzo la caterva de su encumbrada avidez;
ellos son indispensables,
son polvo de cenizas hechas savias residuales
impares soñadores, meritorios de la alborada.
Recorro las capitales con parsimonia
y en el destierro de la lejanía
espero con ansias esa anhelada fe que intriga.