Amartemisa
Poetisa
En las tardes más tímidas de Benesah, las hojas duermen cansadas en el suelo esperando el regreso de las nuevas, a la vez que su propio envejecimiento.
Se deslizan con la sonata número 5 que el entorno les brinda. Se acarician mientras su piel se va secando para sentir, al menos, un poco de calor inhumano, y al llegar la noche, quedan húmedas mezcladas de rocío y lágrimas.
Dice la leyenda que en Benesah las hojas nunca mueren porque al llegar el invierno vuelan hacia otro lugar. Emigran al paraíso del Otoño, una extensión de tierra acolchada por millones de hojas secas que bailan cada día, ya sin noche, la misma tibia sonata. Aquí ya no existen las lágrimas, ni los silencios incómodos y el tiempo, ese que agrieta su piel para recordarles su pronto final, desaparece.
En Benesah las hojas nunca mueren porque tienen esperanza.
Se deslizan con la sonata número 5 que el entorno les brinda. Se acarician mientras su piel se va secando para sentir, al menos, un poco de calor inhumano, y al llegar la noche, quedan húmedas mezcladas de rocío y lágrimas.
Dice la leyenda que en Benesah las hojas nunca mueren porque al llegar el invierno vuelan hacia otro lugar. Emigran al paraíso del Otoño, una extensión de tierra acolchada por millones de hojas secas que bailan cada día, ya sin noche, la misma tibia sonata. Aquí ya no existen las lágrimas, ni los silencios incómodos y el tiempo, ese que agrieta su piel para recordarles su pronto final, desaparece.
En Benesah las hojas nunca mueren porque tienen esperanza.
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