ESPERANZA
Evitando el claroscuro,
refugiado en la luz del confín de la ciudad,
húmedo de lluvia y llanto,
busco los intersticios de tus tupidas pestañas
para alimentar los colores del suplicio.
Mientras, espero la hora inédita, la no nacida,
la hora de todo lo posible
que te traerá de nuevo a mí.
Escuchando tangos y gardenias
bebiendo la melancolía de aquello que no alcanzo a comprender
-misterios del ruibarbo y la desganada mandrágora-
deslizo mis manos sobre tus madrugadas, tibias todavía.
Recorro blandas sinuosidades que son de mi pertenencia
aunque estén, todavía, depositadas en tí.
Te imagino nube preñada de galaxias,
te sueño agraz esperanza
de licores para el tránsito, oh tú, a la que espero,
desplegada bajo los puertos vacíos.
Se que es áspero el camino hacia mí, amada ausente.
Se que mis manos son desiertos sin oasis,
pero en algún lugar que sólo tú conoces
fructifican las piedras negras y nace el rocío que se expande
desde las rocas al mar.
Oh, cuerpo. Renuncia a tu alma y recupera
la amplia belleza que tuviste.
Ofrécete de nuevo a mí
desde el fondo de la copa que me acoje,
vestal subsidiaria, idea procrastinada del placer.
Vuelve el rojo a adueñarse de mis ojos;
ya ni el glauco ni el añil serán posibles,
pero seguiré siendo otoño hasta que llegues.
refugiado en la luz del confín de la ciudad,
húmedo de lluvia y llanto,
busco los intersticios de tus tupidas pestañas
para alimentar los colores del suplicio.
Mientras, espero la hora inédita, la no nacida,
la hora de todo lo posible
que te traerá de nuevo a mí.
Escuchando tangos y gardenias
bebiendo la melancolía de aquello que no alcanzo a comprender
-misterios del ruibarbo y la desganada mandrágora-
deslizo mis manos sobre tus madrugadas, tibias todavía.
Recorro blandas sinuosidades que son de mi pertenencia
aunque estén, todavía, depositadas en tí.
Te imagino nube preñada de galaxias,
te sueño agraz esperanza
de licores para el tránsito, oh tú, a la que espero,
desplegada bajo los puertos vacíos.
Se que es áspero el camino hacia mí, amada ausente.
Se que mis manos son desiertos sin oasis,
pero en algún lugar que sólo tú conoces
fructifican las piedras negras y nace el rocío que se expande
desde las rocas al mar.
Oh, cuerpo. Renuncia a tu alma y recupera
la amplia belleza que tuviste.
Ofrécete de nuevo a mí
desde el fondo de la copa que me acoje,
vestal subsidiaria, idea procrastinada del placer.
Vuelve el rojo a adueñarse de mis ojos;
ya ni el glauco ni el añil serán posibles,
pero seguiré siendo otoño hasta que llegues.
Ilust.: “Hope (Esperanza)” de George Frederic Watts. Del blog de Michael Koven.