Espero morir

ivoralgor

Poeta fiel al portal
Los rayos del sol acariciaban trémulamente la esquina derecha del camastro donde estaba postrado Herbeth. Una cobija desteñida lo arropaba. La mañana carcomía con su melancolía los últimos momentos de la agónica existencia de Herbeth.

- Tío, hoy tengo la esperanza de morir. Una luz tenue bajó hasta mis pies. Vi el rostro de la abuela vestida con una gran sonrisa.
- No digas esas cosas, hijo. Tu padre no tarda en llegar, aguanta un poco más.
- Siento que no puedo esperar más. Las fuerzas se me van de las manos. Mi madre me llama insistentemente. Quiere que la siga.
- Detente, espera aunque sea a que llegue el diácono y te de los santos óleos.
- No puedo esperar más, tío, no puedo.
- Hazlo por tu padre que te quiere mucho.
- Mírame, tío, estoy más allá… ¿no ve?
- ¡Sara, ven rápido!

Las lágrimas se escurrían del rostro de Benjamín. Apretaba con fuerza la mano maltrecha de Herbeth. Sara dejó la comida en la estufa y fue de inmediato a la habitación.

- Tía, dile a mi padre que no lo pude esperar más, que mamá me estaba esperando para llevarme con ella. Dile que la abuela está bien ahí junto al abuelo Héctor. Los dos lucen felices.
- No digas esas cosas, mi niño, no las digas.
- Ya le dije que espere a mi hermano pero insiste en irse.
- También dile a Lupita que estaré bien. Dile que sea feliz por los dos. Quisiera llevármela conmigo pero me dice el abuelo que aún no ha llegado su hora.
- Se lo diré pero aguanta un poquito más, tu padre está por llegar.
- Espera, Herbeth, espera quince minutos más.
- Es mucho tiempo, tío. Mamá se aleja y me guiña el ojo para que la siga. La abuela va tomada de la mano del abuelo y regresan al lugar donde ahora moran.
- Escucho el rechinar el camión que ha llegado al pueblo, seguro que tu padre viene ahí.

Juan corría desesperado rumbo a la casita de retablos de madera. El viento soplaba impávido alzando el polvo dejando un rastro melancólico en el ambiente. La caja de cartón que llevaba en la mano derecha le estorbaba al momento de correr. No la quiso dejar caer. El sombrero dio unas volteretas detrás de él, lo ha dejado ahí. Las lágrimas dejaban surcos en su rostro. Gritaba apagadamente a Herbeth.

- Escucho a mi padre venir. Ya no aguanto más. Tío, dile a mi padre que lo esperaremos cuando llegue su hora. Mamá le manda muchos besos.

Cerró los ojos y dejó escapar el aliento de vida que aún le quedaba. Juan entró al cuarto hecho un mar de lágrimas. Benjamín y Sara lloraban abrazados. José y Gabriela regresaban de la escuela para jugar con su primo Herbeth. Dodi, el perro de la casa, aullaba con desgarrados alaridos de tristeza. Los retablos sucumbían ante la muerte. Una lechuza blanca alzaba el vuelo en busca de otra alma inocente.
 
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Los rayos del sol acariciaban trémulamente la esquina derecha del camastro donde estaba postrado Herbeth. Una cobija desteñida lo arropaba. La mañana carcomía con su melancolía los últimos momentos de la agónica existencia de Herbeth.

- Tío, hoy tengo la esperanza de morir. Una luz tenue bajó hasta mis pies. Vi el rostro de la abuela vestida con una gran sonrisa.
- No digas esas cosas, hijo. Tu padre no tarda en llegar, aguanta un poco más.
- Siento que no puedo esperar más. Las fuerzas se me van de las manos. Mi madre me llama insistentemente. Quiere que la siga.
- Detente, espera aunque sea a que llegue el diácono y te de los santos óleos.
- No puedo esperar más, tío, no puedo.
- Hazlo por tu padre que te quiere mucho.
- Mírame, tío, estoy más allá… no lo vez.
- ¡Sara, ven rápido!

Las lágrimas se escurrían del rostro de Benjamín. Apretaba con fuerza la mano maltrecha de Herbeth. Sara dejó la comida en la estufa y fue de inmediato a la habitación.

- Tía, dile a mi padre que no lo pude esperar más, que mamá me estaba esperando para llevarme con ella. Dile que la abuela está bien ahí junto al abuelo Héctor. Los dos lucen felices.
- No digas esas cosas, mi niño, no las digas.
- Ya le dije que espere a mi hermano pero insiste en irse.
- También dile a Lupita que estaré bien. Dile que sea feliz por los dos. Quisiera llevármela conmigo pero me dice el abuelo que aún no ha llegado su hora.
- Se las diré pero aguanta un poquito más, tu padre está por llegar.
- Espera, Herbeth, espera quince minutos más.
- Es mucho tiempo, tío. Mamá se aleja y me guiña el ojo para que la siga. La abuela va tomada de la mano del abuelo y regresan al lugar donde ahora moran.
- Escucho el rechinar el camión que ha llegado al pueblo, seguro que tu padre viene ahí.

Juan corría desesperado rumbo a la casita de retablos de madera. El viento soplaba impávido alzando el polvo dejando un rastro melancólico en el ambiente. La caja de cartón que llevaba en la mano derecha le estorbaba al momento de correr. No la quiso dejar caer. El sombrero dio unas volteretas detrás de él, lo ha dejado ahí. Las lágrimas dejaban surcos en su rostro. Gritaba apagadamente a Herbeth.

- Escucho a mi padre venir. No ya aguanto más. Tío, dile a mi padre que lo esperaremos cuando llegue su hora. Mamá le manda muchos besos.

Cerró los ojos y dejó escapar el aliento de vida que aún le quedaba. Juan entró al cuarto hecho un mar de lágrimas. Benjamín y Sara lloraban abrazados. José y Gabriela regresaban de la escuela para jugar con su primo Herbeth. Dodi, el perro de la casa, aullaba con desgarrados alaridos de tristeza. Los retablos sucumbían ante la muerte. Una lechuza blanca alzaba el vuelo en busca de otra alma inocente.
Un verdadero placer leere
un beso,
Rosario
 
Releo esta producción.
Aún no cansa, aún se disfruta y aún sigo pensando que debería titularse "La Bendición De La Lechuza"

O no..., lógicamente.

Salud y metal.

Mustaine, un gustazo que pases y comentes.

Tienes razón en el título... por aquí hay una leyenda sobre la lechuza y su propósito con la muerte.

Saludos!!
 
Me gusta tu narración, como dice mustaine, no cansa, fue muy agradable leerte,
besos.
 

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