dragon_ecu
Esporádico permanente
Esta vez el tiempo saltó mi espacio.
Recordaba el tiempo en que buscaba escribir.
El ejercicio de redactar me forzaba a razonar, y comunicarme de modo efectivo.
La dislexia se sonreía mientras agitaba su mano en gesto de despedida.
Lo que no sabía era que un nuevo mal tomaría su sitio.
La sangre se comportaba caprichosa tomando caminos impensados.
Buscaba el ritmo lento que me calme, mientras inundaba mi vacío.
La cabeza giraba en su absorta inundación.
Las ideas naufragaban sin llegar a dar una voz de auxilio.
Los gestos se deslizaban hacia el piso.
El dolor se propagaba en temblores de espasmos.
Mientras la calma se apoderaba de mis músculos antes tensos,
los fluidos se escapaban por todo orificio abierto.
El charco crecía entre angustias mudas... sin voz ni reacción.
Una paz que solo recuerdo de muy pocos momentos...
bajo la fuerte ola que una vez me cubriera
y me arrastrara hacia un fondo insondable,
que jugara conmigo cual muñeco cuyos ojos veían la luz
por debajo de las aguas blancas...
y caprichosa me escupió de vuelta a la orilla
como bocado que no fuera digno de su paladar.
Una tristeza envuelta en alegría...
recordar la voz profunda de la muerte
invitándome a hacernos el amor
como otras veces lo hicimos...
entre sombras nocturnas de callejón y pólvora,
entre acantilados artificiales de acero,
entre los vapores de una hoguera indeseada.
La lengua pica sin probar agrio ni wasabi.
Pica porque al cerebro se le ocurre la gracia.
Pica porque de alguna forma
el cuerpo no quiere entregarse todavía
hacia el descanso.
Su reflejo de sombra felina,
su mirada de espejo inquisidora,
el brillo líquido de sus labios sal y miel.
La estrechez de sus piernas en tan amplia cadera
me dispara el incito final
para morir de pie...
aunque mi cuerpo yace en el piso.
Me quedan... no sé...
segundos, minutos, años...
La vida sin esperanzas es vivible
hasta su último instante...
hasta la última nota
de un violín.
Recordaba el tiempo en que buscaba escribir.
El ejercicio de redactar me forzaba a razonar, y comunicarme de modo efectivo.
La dislexia se sonreía mientras agitaba su mano en gesto de despedida.
Lo que no sabía era que un nuevo mal tomaría su sitio.
La sangre se comportaba caprichosa tomando caminos impensados.
Buscaba el ritmo lento que me calme, mientras inundaba mi vacío.
La cabeza giraba en su absorta inundación.
Las ideas naufragaban sin llegar a dar una voz de auxilio.
Los gestos se deslizaban hacia el piso.
El dolor se propagaba en temblores de espasmos.
Mientras la calma se apoderaba de mis músculos antes tensos,
los fluidos se escapaban por todo orificio abierto.
El charco crecía entre angustias mudas... sin voz ni reacción.
Una paz que solo recuerdo de muy pocos momentos...
bajo la fuerte ola que una vez me cubriera
y me arrastrara hacia un fondo insondable,
que jugara conmigo cual muñeco cuyos ojos veían la luz
por debajo de las aguas blancas...
y caprichosa me escupió de vuelta a la orilla
como bocado que no fuera digno de su paladar.
Una tristeza envuelta en alegría...
recordar la voz profunda de la muerte
invitándome a hacernos el amor
como otras veces lo hicimos...
entre sombras nocturnas de callejón y pólvora,
entre acantilados artificiales de acero,
entre los vapores de una hoguera indeseada.
La lengua pica sin probar agrio ni wasabi.
Pica porque al cerebro se le ocurre la gracia.
Pica porque de alguna forma
el cuerpo no quiere entregarse todavía
hacia el descanso.
Su reflejo de sombra felina,
su mirada de espejo inquisidora,
el brillo líquido de sus labios sal y miel.
La estrechez de sus piernas en tan amplia cadera
me dispara el incito final
para morir de pie...
aunque mi cuerpo yace en el piso.
Me quedan... no sé...
segundos, minutos, años...
La vida sin esperanzas es vivible
hasta su último instante...
hasta la última nota
de un violín.
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