José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
A “Manolete” (Por el 70 aniversario de su muerte)
ESTOCADA LENTA
Hubo traición o lance erróneo.
Querías acallar a los voceros de las gradas,
o simplemente estabas muy cansado,
triste y abrumado.
Qué pasó Maestro,
sigo sin comprender tu última tarde,
tu último lance sobre el albero.
Que ocurrió en la suerte suprema.
No estabas bien,
querías agradar,
pero ... ¿A quién?
La espada pesaba,
el estoque te lastraba.
Acaso los que gritaban,
los que te acosaban,
merecían ser testigos de tu lección magistral,
y de ese íntimo riesgo, ofuscado y letal?
Buscabas quizás un final honroso
ante un público crispado e irrespetuoso.
No había ritmo, no había compás,
solo había un torero con oficio
y al duelo le faltaba lealtad.
O acaso buscabas cerrar el círculo,
acabando desangrado en la arena
aprovechando esa suerte suprema
y así encumbrarte al Olimpo?
No necesitabas para ser un mito
morir de esa manera.
Ya eras leyenda viva
muy viva y sincera.
Quizá sin querer,
quisiste acabar con aquella desazón,
quisiste terminar a la par
mezclando tu sangre
con la de aquel animal.
Te abrumó la presión de ese gentío desbocado,
quisiste pisar el albero
con honor y con denuedo.
Y sin querer, o queriendo,
te sirvió para salir victorioso de ese ruedo.
Maldita y macabra victoria
que te sacó a hombros tendido
sobre cajón de pino austero.
Y ahora solo nos queda llorarte y cantar
a tu última estocada lenta y letal.
Muy lenta y muy letal.
Estocada lenta que acabó con tu vida.
Estocada lenta terminó con tu arte.
En la suerte suprema, tu suerte extrema
el rival miura no quiso agradarte.
Tu danza austera y severa, sublime y vertical
quiso de frente citar y al miura derrotar.
Él te esperó y dejó que al volapié te acercaras,
sabiendo que habías errado su cuadrar.
Aún temiendo al filo de tu espada,
y aún sabiendo que le tajarías el corazón con tu estocada.
Arremetió contra tu figura y tristeza marcadas.
No quiso al engaño mirar y se saltó aquel guión
que tantas tardes te hizo triunfar.
Ni el rosa y oro inmortal en tu cuerpo menudo
supo al astado esquivar.
Y te espetó enrabietado su pitón descontrolado,
al tiempo que tu espada atravesaba su corazón ya condenado.
Y al unísono un grito desgarrador cubrió el silencio de horror.
Y el destino, al que todos le atribuimos la fatalidad,
dejó su sello en el aire sin querer determinar.
Sobre el coso quedaron los dos cuerpos tendidos y mal heridos,
pero el destino sobre ti aún no se quiso pronunciar,
no quería ser el protagonista de tu adiós rotundo sin vuelta atrás.
Y así dejó en el aire la sombra de sospecha de un adiós interpelado.
La traición en el duelo, el error en el cuadrar,
la presión del ruedo, la irracional cordura de tu matar.
O la negligencia de la praxis del galeno en su quehacer vital.
Ahora sabemos que el adiós fue rotundo y sin retorno,
que Islero no estuvo a tu altura en el duelo,
y que erraste en su cuadratura en el lance supremo.
También sabemos, que la tensión violenta del tendido
se cortaba con tu espada de lo densa que hondeaba, y,
los galenos, desconcertados, con el noruego no acertaron.
Pero de todo ello, lo que me deja más perplejo, y no quiero entrar,
es que tu espada fuera tan lenta al encuentro del toro güero,
cuando a sabiendas de su derrote a la diestra no lo quisiste evitar.
Estocada lenta que acabó con tu vida
y te elevó al Olimpo en las cumbres del arte.
Estocada lenta terminó con tu muerte.
La suerte extrema, tu suerte suprema,
que esa tarde no quiso ayudarte.
Y ahora nos persigue una visión recurrente, difícil de asimilar,
cómo aquel toro esquivo de feria te consiguió derribar,
buscando a la postre, sobre la arena de Linares,
tu sangre, con su sangre, derramar.
ESTOCADA LENTA
Hubo traición o lance erróneo.
Querías acallar a los voceros de las gradas,
o simplemente estabas muy cansado,
triste y abrumado.
Qué pasó Maestro,
sigo sin comprender tu última tarde,
tu último lance sobre el albero.
Que ocurrió en la suerte suprema.
No estabas bien,
querías agradar,
pero ... ¿A quién?
La espada pesaba,
el estoque te lastraba.
Acaso los que gritaban,
los que te acosaban,
merecían ser testigos de tu lección magistral,
y de ese íntimo riesgo, ofuscado y letal?
Buscabas quizás un final honroso
ante un público crispado e irrespetuoso.
No había ritmo, no había compás,
solo había un torero con oficio
y al duelo le faltaba lealtad.
O acaso buscabas cerrar el círculo,
acabando desangrado en la arena
aprovechando esa suerte suprema
y así encumbrarte al Olimpo?
No necesitabas para ser un mito
morir de esa manera.
Ya eras leyenda viva
muy viva y sincera.
Quizá sin querer,
quisiste acabar con aquella desazón,
quisiste terminar a la par
mezclando tu sangre
con la de aquel animal.
Te abrumó la presión de ese gentío desbocado,
quisiste pisar el albero
con honor y con denuedo.
Y sin querer, o queriendo,
te sirvió para salir victorioso de ese ruedo.
Maldita y macabra victoria
que te sacó a hombros tendido
sobre cajón de pino austero.
Y ahora solo nos queda llorarte y cantar
a tu última estocada lenta y letal.
Muy lenta y muy letal.
Estocada lenta que acabó con tu vida.
Estocada lenta terminó con tu arte.
En la suerte suprema, tu suerte extrema
el rival miura no quiso agradarte.
Tu danza austera y severa, sublime y vertical
quiso de frente citar y al miura derrotar.
Él te esperó y dejó que al volapié te acercaras,
sabiendo que habías errado su cuadrar.
Aún temiendo al filo de tu espada,
y aún sabiendo que le tajarías el corazón con tu estocada.
Arremetió contra tu figura y tristeza marcadas.
No quiso al engaño mirar y se saltó aquel guión
que tantas tardes te hizo triunfar.
Ni el rosa y oro inmortal en tu cuerpo menudo
supo al astado esquivar.
Y te espetó enrabietado su pitón descontrolado,
al tiempo que tu espada atravesaba su corazón ya condenado.
Y al unísono un grito desgarrador cubrió el silencio de horror.
Y el destino, al que todos le atribuimos la fatalidad,
dejó su sello en el aire sin querer determinar.
Sobre el coso quedaron los dos cuerpos tendidos y mal heridos,
pero el destino sobre ti aún no se quiso pronunciar,
no quería ser el protagonista de tu adiós rotundo sin vuelta atrás.
Y así dejó en el aire la sombra de sospecha de un adiós interpelado.
La traición en el duelo, el error en el cuadrar,
la presión del ruedo, la irracional cordura de tu matar.
O la negligencia de la praxis del galeno en su quehacer vital.
Ahora sabemos que el adiós fue rotundo y sin retorno,
que Islero no estuvo a tu altura en el duelo,
y que erraste en su cuadratura en el lance supremo.
También sabemos, que la tensión violenta del tendido
se cortaba con tu espada de lo densa que hondeaba, y,
los galenos, desconcertados, con el noruego no acertaron.
Pero de todo ello, lo que me deja más perplejo, y no quiero entrar,
es que tu espada fuera tan lenta al encuentro del toro güero,
cuando a sabiendas de su derrote a la diestra no lo quisiste evitar.
Estocada lenta que acabó con tu vida
y te elevó al Olimpo en las cumbres del arte.
Estocada lenta terminó con tu muerte.
La suerte extrema, tu suerte suprema,
que esa tarde no quiso ayudarte.
Y ahora nos persigue una visión recurrente, difícil de asimilar,
cómo aquel toro esquivo de feria te consiguió derribar,
buscando a la postre, sobre la arena de Linares,
tu sangre, con su sangre, derramar.
Madrid, 05 de marzo de 2017
José Ignacio Ayuso Díez
José Ignacio Ayuso Díez