Estoy cansada
A veces necesito esconderme, disfrazarme para poder escribir sin que mil ojos me caigan encima. Decir, por ejemplo, que todo salió mal, que estoy harta de oír que deje de fumar, que vaya al médico... me dan ganas de gritarle ¡déjame en paz! que no tengo ilusiones y se puede elegir morir de mil maneras. Yo no he elegido morir pero tampoco he elegido vivir. No sé cuándo dejé de hacer esa elección, sólo sé que estoy cansada, cansada de las caricias/pose, cansada de las mesas prestadas, de las horas y horas trabajando, del ir y venir hacia ninguna parte. De esta incertidumbre que sorprendentemente se convierte en rutina. Estoy cansada de que no me quiera y disimule, y cansada de no quererle. De no tener planes ni sorpresas. De no sentir nada. Estoy cansada de hundirme en expedientes, de tener que decidir y decidir, de que lleguen los finales antes de aprenderme los nombres. Cansada de sentir miedo al derrumbe y a que no haya horizontes tras él. Cansada de esta indolencia mía y esta apatía nuestra.
Cada día me acuesto tarde muy tarde, allá sobre las 2 o 2,30, y cuando me despierto a las 7 no me quitó el sueño hasta la noche. Pero en ese momento en que me acuesto agotada y me acurruco entre las sábanas, ese momento en que mi cuerpo se relaja y deja de doler... sólo entonces no tengo miedo, sólo entonces me siento bien pues, por unos minutos (antes de caer dormida), me siento segura... y, a veces, pienso que sería un buen momento para morir.
A veces necesito esconderme, disfrazarme para poder escribir sin que mil ojos me caigan encima. Decir, por ejemplo, que todo salió mal, que estoy harta de oír que deje de fumar, que vaya al médico... me dan ganas de gritarle ¡déjame en paz! que no tengo ilusiones y se puede elegir morir de mil maneras. Yo no he elegido morir pero tampoco he elegido vivir. No sé cuándo dejé de hacer esa elección, sólo sé que estoy cansada, cansada de las caricias/pose, cansada de las mesas prestadas, de las horas y horas trabajando, del ir y venir hacia ninguna parte. De esta incertidumbre que sorprendentemente se convierte en rutina. Estoy cansada de que no me quiera y disimule, y cansada de no quererle. De no tener planes ni sorpresas. De no sentir nada. Estoy cansada de hundirme en expedientes, de tener que decidir y decidir, de que lleguen los finales antes de aprenderme los nombres. Cansada de sentir miedo al derrumbe y a que no haya horizontes tras él. Cansada de esta indolencia mía y esta apatía nuestra.
Cada día me acuesto tarde muy tarde, allá sobre las 2 o 2,30, y cuando me despierto a las 7 no me quitó el sueño hasta la noche. Pero en ese momento en que me acuesto agotada y me acurruco entre las sábanas, ese momento en que mi cuerpo se relaja y deja de doler... sólo entonces no tengo miedo, sólo entonces me siento bien pues, por unos minutos (antes de caer dormida), me siento segura... y, a veces, pienso que sería un buen momento para morir.