Hermoso poema, entiendo que te refieres a esos azotes, «golpes» diría Vallejo, de la vida, crueles e inesperados, acertadamente retratados como fuerzas externas e incognosibles, como «dioses». Si me equivoco, házmelo saber. Un saludo!
Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
(Vallejo).
En verdad no habla mi tema de estos golpes. Estos golpes resultan de un hecho y sus circunstancias. Un hecho mínimo puede ser magnificado por las circunstancias, elevado por la alienación humana a la categoría de mito. Mi tema habla de la inundación, y la inundación puede ser un hecho más o menos cotidiano en un sitio inundable, como este en el que vivo, o puede transformarte la vida. De hecho, un tío mío, llamado Enrique Wernicke, escribió una novela llamada «El agua», donde describe los efectos tremendos que la inundación de su casa producen en un hombre viudo que encuentra todo su pasado flotando entre sus muebles, ese charco de culpa del que nos habla Vallejo. La inundación puede, entonces, ser un golpe vallejiano, pero no siempre lo es, y mi tema habla de las cotidianeidades de la inundación.
Dos enormes ríos, de caudales mitológicos, desembocan en el estuario del Plata: el río Paraná y el río Uruguay. El río Paraná forma en su desembocadura un gigantesco delta, cuyas costas sobre el río de la Plata tienen 60kms de ancho (el río Uruguay, que no es parte del delta, tiene en su desembocadura 10kms de ancho): en una isla de ese delta habito. Las islas cerca de la desembocadura son de origen sedimentario, islas bajas. Si la costa NO del río de la Plata tiene 60kms, su boca al SE en el océano atlántico tiene 200kms. Con cierta frecuencia el centro ciclónico del mar genera un fenómeno al que llamamos «sudestada»: tres días de vientos del sudeste, con rachas de 30 o 40 nudos, que al azotar el estuario del Plata retienen los caudales del Paraná y el Uruguay, provocando corriente inversa; si a este fenómeno se le suma, por influencia de la luna, la marea, el agua cubre las islas bajas del delta... Nuestras casas están sobre pilotes, así que las crecientes habituales cubren los jardines pero no llegan a las casas, y duran pocas horas. A veces, cada diez años por darte una idea de la frecuencia, se produce una creciente excepcional, que sí llega a las casas y provoca desastres, pero las habituales, cada dos o tres meses, no tienen mayores consecuencias. Una cosa hermosa de estas crecientes es su orgía de reflejos: el agua, calma sobre los jardines, refleja el cielo y la vegetación, creando espectáculos dignos de Monet.
gracias y abrazo
Jorge