Parasitos
Poeta recién llegado
[h=3]La primera vez fue un desfile de momentos convergentes frente al espejo de aquel lugar. Recuerdo que sonreía y tu mano puente hacía de alas a mis rodillas quebradizas. Poco parecían predicar los astros de las ramas infinitas pero el tiempo es un reloj de arena que acaba por llenar tu corazón.[/h]El quinto viaje nos aterrizaba en ninguna parte para darnos lugar a contar las plumas de tus almohadas. El sobre a medio cerrar de tu piel infinita bajo el cuello de nuestras dudas de un árbol que ladraba. Seguía parte por parte el camino de hielo y escondidas bajo el silencio pintamos más de siete arcoíris.
Que tus palabras eran en otro idioma y mis letras corrían enamoradas de tu alfabeto. Que tus brazos alrededor del cielo desataban los nudos, uno a uno, y te acompaño a dónde quieras para verte mirarnos.
Vegüenza de nervios en la panza, libélulas de vidrio nacían en los intestinos del día para hacernos cosquillas. Tus sábanas de ginebra en el oasis de papel plegado, colchón de viento para despegar miedos de nuestro mundo. Hacer silencio a la ignorancia de piedra y tijera, seguir un camino pedregoso para llegar al mar de no saber qué hacer con tantas ganas de encontrarnos. Amanecer en las nubes de eso que llaman libertad y aprender a soñar sincronizado. Más polvo de luna en la torta de papaya y llegar a sentir las gotas evaporando las lágrimas de cada uno de mis dibujos. Aprender a bailar con tus tambores de flores cual arlequín de cristal y descubrir el ritmo escondido en el hígado del barrio en bicicleta. Extrañarte tenía la mitad de desventaja frente a quererte, y abrazar tu presente otra vez es motivo para quedarme un rato más.
El castillo de piedra se derrumbó en un segundo de éxtasis finito. Algo no encajaba en la suma y nos hacía restarnos sin querer. Agarrame, que me caigo, me hago pedazos. Te quiero. La sombra nos pisaba los talones, me pica la columna vertebral. Pero te quiero dos veces más. Éramos de algodón y nos metieron en el lavarropas, la ignorancia hace calvas nuestras pestañas, me pica el ojo.
Y aún así verte llegar de día noche tarde mañana bombea mi sangre que todavía tiene ganas de circular, los inolvidables pétalos de otoño primavera verano invierno hicieron la flor.
Descubrir el verbo de la reconstrucción y volver a salpicar la mañana con nuestros ojos medio cerrados y un bostezo para decir, aunque sea a kilómetros de distancia. Entrar en la pileta vacía, pies descalzos, y cosechar la eternidad por media hora más.
Que tus palabras eran en otro idioma y mis letras corrían enamoradas de tu alfabeto. Que tus brazos alrededor del cielo desataban los nudos, uno a uno, y te acompaño a dónde quieras para verte mirarnos.
Vegüenza de nervios en la panza, libélulas de vidrio nacían en los intestinos del día para hacernos cosquillas. Tus sábanas de ginebra en el oasis de papel plegado, colchón de viento para despegar miedos de nuestro mundo. Hacer silencio a la ignorancia de piedra y tijera, seguir un camino pedregoso para llegar al mar de no saber qué hacer con tantas ganas de encontrarnos. Amanecer en las nubes de eso que llaman libertad y aprender a soñar sincronizado. Más polvo de luna en la torta de papaya y llegar a sentir las gotas evaporando las lágrimas de cada uno de mis dibujos. Aprender a bailar con tus tambores de flores cual arlequín de cristal y descubrir el ritmo escondido en el hígado del barrio en bicicleta. Extrañarte tenía la mitad de desventaja frente a quererte, y abrazar tu presente otra vez es motivo para quedarme un rato más.
El castillo de piedra se derrumbó en un segundo de éxtasis finito. Algo no encajaba en la suma y nos hacía restarnos sin querer. Agarrame, que me caigo, me hago pedazos. Te quiero. La sombra nos pisaba los talones, me pica la columna vertebral. Pero te quiero dos veces más. Éramos de algodón y nos metieron en el lavarropas, la ignorancia hace calvas nuestras pestañas, me pica el ojo.
Y aún así verte llegar de día noche tarde mañana bombea mi sangre que todavía tiene ganas de circular, los inolvidables pétalos de otoño primavera verano invierno hicieron la flor.
Descubrir el verbo de la reconstrucción y volver a salpicar la mañana con nuestros ojos medio cerrados y un bostezo para decir, aunque sea a kilómetros de distancia. Entrar en la pileta vacía, pies descalzos, y cosechar la eternidad por media hora más.