Autores: Alonso Vicent /Alicia12
Evasiones
Al contrario que pensar;
igual que la maternidad,
la creación es cosa de dos.
igual que la maternidad,
la creación es cosa de dos.
Capítulo 0
Me imagino un mundo en negro, sin galaxias ni miras, porque aún no teníamos ojos. Me imagino la materia flotando sin espacios antes de la gran explosión que inició la vida. También puedo imaginar los átomos, las moléculas, la energía; solo es proponérselo, integrarse, observar y haber sobrevivido.
Me tengo por parte indivisible de un todo.
Y aterrizamos cuando el universo ya se había dado unas vueltas; nos lleva ventaja, desnudos y sabiamente ignorantes.
Te apuesto un mundo, entre realidades, a que nos deja atrás mientras lo perseguimos o intentamos entenderlo.
¿Cuántos mundos caben en un sentirse?, ¿cuántas realidades para un solo objeto? Y objetivamente seguimos nuestra trayectoria, con dudas o sin ellas, al por menor.
¿No será el espíritu y el alma otra de esas conexiones en las que a veces nos falla la cobertura?
Si te digo la verdad, aun busco mi nube perfecta desde los principios del Todo.
Capítulo 1
De pronto me vi en plena intersección: una ciudad, coches, transeúntes y una cara conocida; muy conocida.
Estaba varada en la primera línea del semáforo cuando, a través del cristal del coche le vi plantarse frente a mí, en medio del paso de cebra, sin moverse hasta que el resto de conductores protestó con el grotesco ruido de sus vehículos.
Ni por un instante atendí el reclamo de sus ojos. Ni siquiera me entretuve en pensar en los años transcurridos, aunque sí recordé la única situación parecida anterior, poco después de divorciarnos, cuando el conductor del momento no era precisamente yo.
De su aspecto avejentado, lo único que llegó a mi mente fue no extrañarme; después de todo, con los siglos, el Sol seguirá trasluciendo por la aureola de la atmósfera, donde no seríamos más que esos hombrecillos verdes que algunas personas imaginan por el espacio.
Siempre me imaginé siendo con quien fuera a mi lado, y aunque nunca hubo ese quien, a él precisamente no le eché en falta. Fue cuando salí de él que tropecé conmigo.
Y es que el matrimonio no es más que una de esas acometidas en las que, como meta, nos ignoramos como personas.
De ahí que pensara que nací el día en que me divorcié. Porque, si de algo podía sentir orgullo, era de haberme alejado de aquella existencia.
El pasado, en relación con el matrimonio, carecía de valor por razones obvias. La felicidad no deja de ser uno de esos conceptos planos que solo se ajustan para tomarnos la medida.
Capítulo 2
Tropezar conmigo misma después de haberme dado hasta el abandono, de encontrarme entre eriales donde aún pueden renacer las plantas, las flores y sus frutos como un presente, fue todo un acierto.
“Nacemos todos los días”, me dijo alguien. Y aunque lo intenté muchas veces, no fue hasta caer tan bajo cuando pude apoyarme en el suelo para saltar.
Liberarme de cargas superfluas, de voces que no escuchan, de oídos que no son más que orejas es instinto; en él aún confiaba.
¿Cuántas veces deberíamos dar unos pasos atrás para apreciar mejor las perspectivas? Para ver con claridad este bosque que guarda mil rincones donde caernos vivos y aprovechar esa capacidad innata de sentirnos y sentir como aquel primer día que nos trajo al mundo.
Nacer, con o sin testigos. Renacer y tomar un protagonismo propio, sin usurpaciones, sin timos ni miedos.
Capítulo 3
Así fue como, con la santa por los suelos, llegué a la vida a mis treinta y tantos años.
Pronto me vi inmersa en una transformación donde el presente se me ofrecía con brío, me abría camino hacia adelante y, al mismo tiempo, me hacía viajar por mi existencia anterior; corrientes con las que, desde entonces, dejé de dormir vacía.
Sensibilidades que me mantuvieron durante algún tiempo en un estado desconocido, no solo para mí, también para quienes me rodeaban, de los que cada vez me alejaba más.
Entre cambios de vivienda, ocasionales o laborales, fui desprendiéndome de los enseres materiales.
Quizás el mundo no entienda de vidas si no es la propia. Aunque, en relación con él, con su sistema, por supuesto, por aquellas fechas me resultaba imposible reconciliarme con el Pensamiento en mayúscula; sí, el primate de nuestras cabezas en su carácter de hombre.
Y aunque sus tiros ya no apuntaban al deslucido de mis vestidos, durante el recorrido por los escenarios vividos el pensamiento dejó de estar en los bienes aprehendidos.
Una vez avenida con el mundo, que sabemos no es ninguna panacea, me refugiaba en un papel que dejaba en la trastienda y que, incluso sin miras, se agrandaba con el paso del tiempo.
Reconocía que mis vivencias comenzaban a volverse más cerebrales que físicas.
Enajenada de lo que me rodeaba, me deshacía de aquello que no iba con la vida natural; la que, a su vez, se desarrollaba en lo que me envolvía, me alentaba y me alineaba con otras cosas.
El gusto pasó por no querer gustar.
Como decía Gardel, treinta años no es nada. Y de esa nada partí para volver a sentirme, para facilitarme un paso franco hacia la memoria colectiva, para aprender de la historia y no seguir repitiendo sus estipulados argumentos.
Me escapé de un futuro inexistente, marchando a pasos leves hacia donde el recuerdo me condujo. Y, a partir de allí, fui dejando libre el pensamiento, aun a riesgo de no poder regresar a mi cuerpo.
Capítulo 4
La niñez. Quién me lo iba a decir. En ella entoné labranza.
No porque no la recordara, muy al contrario; la infancia siempre permanece en mí, en la inocencia del orfanato donde me crié.
La presencia de mi locura regresó con una imagen que había olvidado; la que acabó por oscurecerme. Y no fue para menos.
Aunque sé que algunas veces, cuando hablamos del pasado, lo recordamos más como nos hubiese gustado que como realmente sucedió, no siempre es así.
Recuperar la imagen de un bebé en brazos de su madre cada domingo en el internado, mientras yo esperaba inútilmente una visita familiar, me sacó de mí.
Sin embargo, no llegué a reconocerme.
Supongo que ya no tenía edad para ello,
Pero sí la vi a ella; la Tierra.
Capítulo 5
La TIERRA.
Fue salir a su encuentro y sentir en mí la amenaza de un nuevo revuelo. Pero no lo dudé un instante. Después de todo, si aquello era una enfermedad, antes debía sufrirla para sanarla.
Igual de desnuda me hallaba yo con respecto al mundo.
¿Por qué no?
Daba por hecho que no era reacia a los cambios. Además, nunca había encontrado a nadie mejor con quien hablar que conmigo misma a solas. Y esto escapaba a mis sentidos.
Me fundí en Ella.
A su amparo, selladas al calor de nuestra oscuridad, no éramos más que huesos.
Me revolucioné.
Qué niña fui.
Después no faltó siquiera darme en danza a lo que llamamos cielo. Y en Ella, acorde a su movimiento, como parte de su cuerpo, sentada en su regazo, un gran estruendo volvió a devolverme a mi estado.
Con la Tierra no solo extravié el sentido de lo que llamamos tiempo; también acabé por desechar los restos de la cultura que da fe a la existencia del mundo.
Capítulo 6
Como quimera, no hay camino que no nos traiga de vuelta.
Trasiego que no quedó en la lactancia. Después mi movimiento dejó de reconocer las cercanías, dado que el olvido es aquello que no sabe comprometerse.
Entre el saber y el conocimiento me desprendí del resto de sentimentalismos y cargas materiales.
Me volví oídos, endulzados por frases que me transportaban, con la imaginación, al espacio abierto que iba siendo conmigo.
Cuanto más atrás me iba en el tiempo, con más intensidad me envolvía el adelante.
No debería llamarlo así pero lo hice. Las quimeras no dejan de ser frutos que nos amoldan a ser y estar con la vida; así interpretaba mi origen. En arreglo a lo que denominamos tiempo; bueno, al gasto que nos ocupa en él.
Mi ser dejó de tener importancia. En segundo plano me movía por los lugares que transitaba en el mundo de a pie y, sobre el pasado, permanecía presta la memoria, surtiéndome en arreglo a lo que necesitaba.
Después de todo, nadie me asegura que el espacio en el que nacemos es tal y como se ve. Y aunque pudiera formar parte de una hipnosis más, de un estado catártico donde mis conocimientos no fueran más que producto de mi única y legítima ignorancia, así me di en confianza.
Capítulo 7
La confianza.
Pensar; a mis ojos la volvieron líquida. Me reafirmé en la insatisfacción que me producía, pues no era más que una vieja fábrica negada a producir nuevas recetas.
Y eso que solo me refería a que pensar había adquirido, con el tiempo, el hábito de deshacerme en la trastienda de lo establecido, de escuelas o filosofías. Pero pronto dejó de tener efecto en aquel confín de claroscuros por los que yo me desvivía.
En relación con el Pensamiento, reconocí que, por muy librepensadora que fuera, antes o después tendía a doblarse; que no era más que una distopía, al no dejar de ser matemático en su función lineal, estático en lo personal.
De hecho, no sabía cuántas veces me había dado en evasivas por aquellas fechas.
Decir “dos a pensar, más a estropear” en imitación de refranes populares no suele ser más que una excusa, un pretexto para deshacernos de alguna que otra plática o discusión con las que solemos aventajarnos.
Aunque, en modo alguno, terminaba por convérseme del todo.
No porque estuviera fuera de lugar, en el mundo en que vivimos tiene su efectividad
A mí se me hizo insuficiente.
Capítulo 8
Hasta que no choqué con la realidad no me percaté del vacío del entorno, de la absoluta oscuridad del espacio. ¿Y el universo?
Con la caída de la tarde, y siempre que el tiempo me lo permitía, me prendía del horizonte que se divisaba sobre el nivel del mar; ese que, desde hacía unos meses, me concedía el lugar donde habitaba.
¿Por qué es tan reducida la vista cuando miramos de frente?
La pregunta disparó mis ojos hacia lo alto, hacia las estrellas.
Aunque una segunda toma de contacto con la Tierra, por cuenta propia, fue imposible. Además de ensordecer mis oídos, me cegaba la tórrida y encandilante luz que produjo el impacto.
Desde la mecedora de la habitación, lejos de la cápsula que enmarca el tiempo, no fui capaz de ver más allá de lo que afloraba bajo mis pies,
Trastocada, desde mi asiento, me corté en palabras.
Capítulo 9
La vida es aquello que se te pone delante.
Reflexión que apaciguó la imaginación. Incluso así, no volví a verla antes de que una incipiente película, haciendo de pared entre la Tierra y el estruendo que era el Sol, me abriera el paso.
Y aunque aún predominaba el blanco y negro, no solo nacía la atmósfera; surgía entre ellos.
El sol, que es la energía, iba tomando distancia del aquel núcleo que aún no se dejaba ver, en su rocoso físico, la escuálida Tierra.
Aun sin poder acceder a su lado, sin dejar de ser Ella, era otra.
El desprendimiento de su aura, como fruto y embrión, fue todo un descubrimiento.
Y aunque esta vez imperó la distancia, me maravillé al ver la burbuja que éramos.
En el vientre encinta de una mujer vi el Universo.
Capítulo 10
Silencio, y más silencio.
Los ojos cerrados para ver mejor con todo el cuerpo. Y la distancia porque la creí necesaria para habitarme por completo.
Desde el presente me zambullí en un futuro que conducía al pasado, a los orígenes, a imaginar más allá de cualquier relación orgánica, de cualquier punto fijo con visión de vida.
Puede que este gran océano siga siendo una tormenta aprendida, una deformación de sí mismo en la que nada tenga que ver las orografías, los elementos, la naturaleza.
Podría haber sido autosuficiente en mi empeño; sobreviviente en la alta mar de la estima o en la misma Tierra.
Desde lo pequeño vine para abrirme a lo más inmenso.
Al menos, si fracasaba, iba a ser este un naufragio propio.
Capítulo 11
Si la Tierra era otra, yo estaba pletórica en su interior, es decir, en el mío.
Abrirme a la visión desde dentro, nada más lejos de un estado natural, lo simplifiqué en lo que para unos podría ser paranoia de visionarios; para otros, un absurdo con el que alejarse de las obligaciones establecidas, Y los habrá que lo miren como alguna monserga más.
Todo por quitarnos el gusto de servirnos por y para nosotros mismos.
Imaginarme en lo que a simple vista parecía estar de vuelta con la oscuridad no era más que profundidad; entrañas emanando acordes a su estado de ebullición, un sin parar de venas entre grietas y atravesados fenómenos atmosféricos.
Venas que aceleraban las mías.
No dejaba de ver y sentir aquello como el hecho más grande que había vivido; sí he dicho bien: sentirme más viva que nunca.
Aun sin ser nada, no me alejaba de lo que constituía mi existencia:
La Tierra paría la Vida.
Capítulo 12
Nacer es tan accidental como la idea misma.
Gloria que no dejaba de zumbar en mis oídos mientras me preguntaba: si de nosotros nació esta última, ¿de dónde tomó la iniciativa?
Hecho que no quita, pone o impide que cada cual tenga la suya, con esa dualidad que nos permite seguir en tierra firme o naufragar dentro de la misma.
Un hincapié más en separar, perseverar y hacer más llevadero el tránsito; el movimiento por estas lides.
Pues, ¿no consiste en eso el truco?
Ilusión que agitaba mi mente creando mi propio vínculo, del cual no deseaba salir.
Aunque ya dicen que para ver el futuro, antes hay que observar el pasado. Pero se me antojó que no se trataba de las formas simples e individuales de la existencia; de pobres ricos o ricos pobres.
Entonces se me clavó una duda.
Mucho más tarde caí en la cuenta de la disfunción del idioma.
No tanto por mirar, sino por ver a ojos cerrados; por darme cuenta de la dualidad que también arrastra nuestra lengua: en la noción de conceptos, en su mezcolanza.
Unos, para con el mundo.
Otros, para con la vida.
Llevándose esta última un escaso interés por cómo relacionamos el idioma con ella.
Capítulo 13
Amparándome en la evolución de la idea, no menos sucede en nuestro hábitat natural, en su clima.
No hemos dejado de nacer, crecer, reproducirnos, envejecer y transformarnos.
En el fragor de mi ardor recordé a los oscuros hombrecillos verdes procedentes de la sabiduría popular.
Entonces, ¿la adolescencia será nuestra edad mundana en correspondencia con la era de los dinosaurios?
Tiempo en que las aguas de los mares ni por asomo alcanzaban el nivel actual, ni el volumen terrenal del planeta la intensidad de nuestro presente.
Y, ¿por qué no?, la edad adulta es nuestra época; la media de años en que el hombre despertó, desde el animal que somos, a la comunicación verbal.
En el ser, la necesidad; de estar la capacidad.
Sí, tonterías que a la corta no nos dicen nada, pero que, si miramos hacia atrás, lo cual no significa hablar para ayer, quizás nos hagan ver que en esta se acumula lo personal: el conocimiento de vida, que no el saber.
Aquel que rompe con el pensamiento anterior.
Así se desmarcan los periodos del mundo, igual que nuestras corrientes humanas.
Seguro que lo mismo sucede con la estabilidad y armonía de la Tierra; tanto la de hoy como la de ayer.
Porque Ella no sabe de eso.
Cada presente vive acorde al momento, en estado de unión, y no desde quienes la miran siempre como escenario, ajenos a su obra.
Capítulo 14
Por qué un antes o un después fue mejor o peor sin darnos a hoy, me decía al tiempo que gozaba con la magnificencia de mi caos.
De nada me valió lo deshonroso de vivir atada a unas reglas estáticas cuando lo único que nos acomete es la pertenencia de vida.
Y gracias que ya no existen héroes que se tomen la molestia de guiarnos por esta u otra movida; que no tienen el beneplácito de guardarse a través de atrevimientos ajenos, de quitar voluntades por simples hechos irracionales que a ninguno nos faltan.
Ficción con la que me atrevía a disfrutar por aquellos que se lo perdían.
Y aunque no quería parar, a veces mi mente se daba en pausas; me dejaba absorta, en blanco, por espacios de tiempo.
Capítulo 15
No es fácil ver la redondez de la Tierra desde nuestros pies.
Aunque, sin duda, la conducción marítima es la esfera que adopta hasta el término de su valía; la burbuja que nos guarda en color y sin cuantías.
Tras deshacerme de lo invisible de mis tormentos, que eran los suyos, desmarcada del Sol, pero ensamblados cual maquinaria de reloj, volvimos a juntarnos por el punto menos imaginario:
la Luna.
Como nunca se ve la estadía
en descanso,
una tez vela sus días:
a vuelo de ojo, el Universo.
Abombada, porosa piel,
adherida.
Por la ventana flechan rayos Sol:
esencia viva.
Es su nudo, Luna,
giratoria puerta,
caras luz-sombra;
en concierto,
unidos giran que giran la materia y energía:
haz de vida.
Lo trascendental gira en torno a nuestra naturaleza.
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