Exilio

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EXILIO


Cuando empezó la tanda de abdominales sintió la intensa sensación de que la libertad estaba próxima. Una, dos, tres... cuarenta y ocho, cuarenta y nueve... Ése fue el momento álgido, el de la liberación. Allí su cuerpo, él, se despegó del suelo y comenzó el vuelo. Pero ya no era él. Se veía, los veía a todos allá abajo, cincuenta y seis, cincuenta y siete... Él era sudor ingrávido. Los demás, allá abajo, setenta y seis, setenta y siete... seguían siendo carne, cabellos, sudor con forma humana.

Dentro de aquellos cuerpos habría huesos y sangre. Tal vez en algunos, cerebros. Aquellos cerebros que ellos, los del pelo rapado y camuflajes verdes, se encargaban de modelar como dúctiles masas de arcilla. O tal vez fuesen sólo eso, los cerebros: unas simples masas de arcilla. En todo caso mi visión, desde arriba, es del todo inefable. Vuelo como un alma, planeo sobre mí y los demás como dicen que lo hacen las almas.

¡Soldado Rodríguez, más energía, esto no es un colegio de ursulinas!

Su cuerpo, el mío a ras de tierra, efectivamente estaba adquiriendo un ritmo más relajado, como si la masa de arcilla que era el cerebro se expandiese y ocupase toda su musculatura, toda su osamenta; aquel pequeño cerebro, mi cerebro que se niega a ser constreñido por las voces de mando y las consignas enajenantes. Nadie, al parecer, sobre el frío suelo de cemento parece apercibirse de que él, aquel cuerpo que es el mío, está sobrevolando, ochenta y cuatro, ochenta y cinco, el enorme charco de sudor que, lenta, inexorablemente, se va agrandando bajo el uniforme empapado que da forma al cuerpo, porque mi cuerpo ya no está dentro, sigo aquí, en mi alma, sobre los charcos de sudor y las voces de mando.

El soldado Rodríguez sólo lamenta aquel traspiés que lo llevó a alistarse. Aquella noche loca en que la poseí, supremamente bella y ambos borrachos. Ella, a la que había mirado y deseado durante tanto tiempo. Pero estaba la frontera. Ella allí, inaccesible, y yo a este lado. Sabía, siempre lo supe, que desde su cuerpo y su goce mi destino ya no sería otro que el del exilio. Ahora él, mi cuerpo que se disuelve en sudor, como aquella noche se disolvió en placer, está sobrevolando en un extraño país donde el sol y el polvo son parte de nosotros, donde el límite entre vida y muerte es tan difuso como aquella noche, la noche en la que la gocé, era difuso el límite entre nuestros cuerpos y el infinito.


Noventa y nueve, cien. Su alma, mi alma, definitivamente, salió del gimnasio y voló, voló hacia el país incandescente de la luz.

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Ilust.: Zhang Linhai (en enkil)​
 
EXILIO


Cuando empezó la tanda de abdominales sintió la intensa sensación de que la libertad estaba próxima. Una, dos, tres... cuarenta y ocho, cuarenta y nueve... Ése fue el momento álgido, el de la liberación. Allí su cuerpo, él, se despegó del suelo y comenzó el vuelo. Pero ya no era él. Se veía, los veía a todos allá abajo, cincuenta y seis, cincuenta y siete... Él era sudor ingrávido. Los demás, allá abajo, setenta y seis, setenta y siete... seguían siendo carne, cabellos, sudor con forma humana.

Dentro de aquellos cuerpos habría huesos y sangre. Tal vez en algunos, cerebros. Aquellos cerebros que ellos, los del pelo rapado y camuflajes verdes, se encargaban de modelar como dúctiles masas de arcilla. O tal vez fuesen sólo eso, los cerebros: unas simples masas de arcilla. En todo caso mi visión, desde arriba, es del todo inefable. Vuelo como un alma, planeo sobre mí y los demás como dicen que lo hacen las almas.

¡Soldado Rodríguez, más energía, esto no es un colegio de ursulinas!

Su cuerpo, el mío a ras de tierra, efectivamente estaba adquiriendo un ritmo más relajado, como si la masa de arcilla que era el cerebro se expandiese y ocupase toda su musculatura, toda su osamenta; aquel pequeño cerebro, mi cerebro que se niega a ser constreñido por las voces de mando y las consignas enajenantes. Nadie, al parecer, sobre el frío suelo de cemento parece apercibirse de que él, aquel cuerpo que es el mío, está sobrevolando, ochenta y cuatro, ochenta y cinco, el enorme charco de sudor que, lenta, inexorablemente, se va agrandando bajo el uniforme empapado que da forma al cuerpo, porque mi cuerpo ya no está dentro, sigo aquí, en mi alma, sobre los charcos de sudor y las voces de mando.

El soldado Rodríguez sólo lamenta aquel traspiés que lo llevó a alistarse. Aquella noche loca en que la poseí, supremamente bella y ambos borrachos. Ella, a la que había mirado y deseado durante tanto tiempo. Pero estaba la frontera. Ella allí, inaccesible, y yo a este lado. Sabía, siempre lo supe, que desde su cuerpo y su goce mi destino ya no sería otro que el del exilio. Ahora él, mi cuerpo que se disuelve en sudor, como aquella noche se disolvió en placer, está sobrevolando en un extraño país donde el sol y el polvo son parte de nosotros, donde el límite entre vida y muerte es tan difuso como aquella noche, la noche en la que la gocé, era difuso el límite entre nuestros cuerpos y el infinito.


Noventa y nueve, cien. Su alma, mi alma, definitivamente, salió del gimnasio y voló, voló hacia el país incandescente de la luz.

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Ilust.: Zhang Linhai (en enkil)​


Qué hermoso vuelo!!!!, guauuu me ha encantado Miguel, qué perspectiva le has impregnado. Muy reflexiva, un verdadero placer la lectura compañero. Me ha encantado, no me canso de leer tus entregas.

Abrazos
 

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