En el huerto de naranjos, a plena luz gloriosa del día, una doncella de grandes ojos verdes tocaba la lira. De la que manaba melodía onírica de verdes prados y manantiales graníticos que surtían leche y miel. Sola, compaginaba su arte de grandilocuente musa con un canto sonoro que hacía estremecer de delicia y paz a los pájaros; escondidos en sus nidos pero con ansias de tomar el vuelo infinito antes de que llegase el ocaso. Cuando éste llegó, la mujer dejó de tañer tal noble instrumento y de manar de su boca pequeña rosáceas sílabas de encantadora mímesis boreal. Se levantó y, comenzando a caminar a tientas entre la obscuridad, prendió sin querer uno de sus hermosos pies en un cayado despuntando en la tierra. Cayendo y desnucándose al golpear su preciosa cabeza de fina textura en una roca opaca y densa.