Niëtmore Solysmun
Poeta fiel al portal
Todo es distinto ya, parece un día más, el cansancio no me deja levantar más temprano, y la claridad no hace sino molestarme en la vista. Quisiera hacer tantas cosas, al menos para olvidar que nada tengo que hacer. Pero todo sigue igual, y nada cambia. Es fruto del amargo deseo del querer y no poder, o del poder querer sin llegar a ver. Me da igual. La misma música con el mismo calor de Agosto. Es festivo me dijeron, que irónico, con la ropa tendida y el maquillaje seco.
Decido salir en busca de flores frescas, de montes que visitar y cigarros que apagar. Mientras la brisa fresca me recuerda que no tomaré nuevos versos hasta que el calor de mi sangre sea más furtivo y áspero que el propio sol. Hasta que una lágrima riegue todo mi jardín.
Entre bosques y carreteras los pensamientos van más lentos, quedan atrás con cada curva, y parezco sorprendida. Quién me lo iba a decir, años desde que soñé con esta situación, viva y sin rumbo fijo, pero dirigente de la marcha del volante. ¿Y qué me queda? Esto es todo cuando los sueños se cumplen. Un paraje incierto donde la soledad acompaña con cada paso. Sólo la avaricia de buscar más podrá apartar la congoja de un final incompleto.
Aparco en el próximo casco urbano y visito calles pasadas, adoquines desgastados y risas de fondo desconocidas. El hambre me recuerda lo humano que es mi cuerpo. El amor vence, la tristeza pesa, pero ninguno alimenta. Y de repente, vuelvo a sentirme regalada, al final de la vía. Un mirador, bajo el cielo estrellado. Un helado consumado y todo vuelta a empezar. Como quisiera llegar a comprender que un día más no es un día menos. Es extraño lo que siento, sí, porque no estoy acostumbrada. Ahora todo lo entiendo. La felicidad no avisa ni se disfraza, está siempre atenta a llevarte de la mano.
Decido salir en busca de flores frescas, de montes que visitar y cigarros que apagar. Mientras la brisa fresca me recuerda que no tomaré nuevos versos hasta que el calor de mi sangre sea más furtivo y áspero que el propio sol. Hasta que una lágrima riegue todo mi jardín.
Entre bosques y carreteras los pensamientos van más lentos, quedan atrás con cada curva, y parezco sorprendida. Quién me lo iba a decir, años desde que soñé con esta situación, viva y sin rumbo fijo, pero dirigente de la marcha del volante. ¿Y qué me queda? Esto es todo cuando los sueños se cumplen. Un paraje incierto donde la soledad acompaña con cada paso. Sólo la avaricia de buscar más podrá apartar la congoja de un final incompleto.
Aparco en el próximo casco urbano y visito calles pasadas, adoquines desgastados y risas de fondo desconocidas. El hambre me recuerda lo humano que es mi cuerpo. El amor vence, la tristeza pesa, pero ninguno alimenta. Y de repente, vuelvo a sentirme regalada, al final de la vía. Un mirador, bajo el cielo estrellado. Un helado consumado y todo vuelta a empezar. Como quisiera llegar a comprender que un día más no es un día menos. Es extraño lo que siento, sí, porque no estoy acostumbrada. Ahora todo lo entiendo. La felicidad no avisa ni se disfraza, está siempre atenta a llevarte de la mano.