Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
La fecha en que le conocí no la recuerdo, debe haber sido un día como hoy en que las grises entrañas de los cielos amenazaban seriamente con devorarse las aceras, con amasar los polvos y ahogar sin piedad los sueños de todos los versos de papel que permanecían atracados aún en el tintero.
Debe haber sido hace cuatro años cuando perdí la sombra, aquel mes tachado en algún calendario donde anoté cuando me abandonó mi alma, o quizás, ahora ya no estoy seguro, en algún momento real de mi pasado.
Su rostro lo recuerdo exacto, pero no puedo describirlo, o mejor dicho no quiero. Hacerlo sería como descubrir el mágico velo que cubre a la luna cuando los locos se sientan a mirarla y a saber porqué están cuerdos, entender el por qué los perros aúllan durante la noche sin cesar para espantarle el sueño a los enamorados o escribir un catalogo de motivos por los cuales los fantasmas pierden el sentido y se convierten sólo en suspiros, no, no quiero hablar de su rostro, pero si diré que ese día los escasos rayos de sol que lograban colarse entre nube y nube se lo acariciaban y hacían que se viera más profunda su mirada verde de mar o de aceituna.
Tanto le he escrito, tanto le he reinventado entre verso y verso que ya no sé qué parte de su paso por mi vida es verdad o que parte de su verdad la he inventado. En ocasiones mi memoria le juega al vivo y me confunde. Sin embargo desde el primer instante que vi su rostro, el color de su alma y el sabor de su piel siempre fue ante mis ojos una fantasía, entonces ¿por qué no hacer de cuenta qué aún me acompaña?
Due 13.10.12 en una noche en que al parecer a la luna le han salido varios compromisos y no llega y se siente retrasada...
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Debe haber sido hace cuatro años cuando perdí la sombra, aquel mes tachado en algún calendario donde anoté cuando me abandonó mi alma, o quizás, ahora ya no estoy seguro, en algún momento real de mi pasado.
Su rostro lo recuerdo exacto, pero no puedo describirlo, o mejor dicho no quiero. Hacerlo sería como descubrir el mágico velo que cubre a la luna cuando los locos se sientan a mirarla y a saber porqué están cuerdos, entender el por qué los perros aúllan durante la noche sin cesar para espantarle el sueño a los enamorados o escribir un catalogo de motivos por los cuales los fantasmas pierden el sentido y se convierten sólo en suspiros, no, no quiero hablar de su rostro, pero si diré que ese día los escasos rayos de sol que lograban colarse entre nube y nube se lo acariciaban y hacían que se viera más profunda su mirada verde de mar o de aceituna.
Tanto le he escrito, tanto le he reinventado entre verso y verso que ya no sé qué parte de su paso por mi vida es verdad o que parte de su verdad la he inventado. En ocasiones mi memoria le juega al vivo y me confunde. Sin embargo desde el primer instante que vi su rostro, el color de su alma y el sabor de su piel siempre fue ante mis ojos una fantasía, entonces ¿por qué no hacer de cuenta qué aún me acompaña?
Due 13.10.12 en una noche en que al parecer a la luna le han salido varios compromisos y no llega y se siente retrasada...
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