Troto
Pablo Romero Parada
Por aquellas me alucinaba escritor. Tenía la certeza de que mi poesía era preciosa y sensible. Como si tuviera algún tipo de magia en mis manos para realizar algo así. Vivía en una residencia estudiantil con moho en las paredes y goteras. Mientras que mis compañeras de derecho e ingeniería odiaban esa estética, yo disfrutaba imaginando que de toda esa pobreza podría salir algo artístico. Imaginaba que era un chico especial por escribir poesía, pero luego descubrí que somos una plaga. Y que el moho y el crujido de las escaleras no implicaban calidad en la producción literaria, y mucho menos fama o dinero por ello.
La ciudad era una ciudad normal, si quitamos que el hablar de la gente era cantarín, y el viento naciente del puerto se colaba entre las calles interpretando los silbidos de aquella melodía continua. Hubiera sido una orquesta bonita sino fuera por el sector del viento metal, interpretada por los conductores cabreados de las rotondas y sus cláxones. Pero ya saben; al final, ellos también son personas y no podemos expulsarlos. Si tan solo dejaran de creerse tan talentosos….
En ese ambiente, una chica Coreana, que es como se les llama a las mujeres de Cee y donde por cierto también soplan agradables vientos, fumaba cigarrillos en la terraza de su habitación y contaba los días para volver a su pueblo. Y yo, atento a tales actuaciones, trataba de interrumpirla por un rato fracasando pues en mi intento. A ella fueron la mayoría de los versos.
La ciudad era una ciudad normal, si quitamos que el hablar de la gente era cantarín, y el viento naciente del puerto se colaba entre las calles interpretando los silbidos de aquella melodía continua. Hubiera sido una orquesta bonita sino fuera por el sector del viento metal, interpretada por los conductores cabreados de las rotondas y sus cláxones. Pero ya saben; al final, ellos también son personas y no podemos expulsarlos. Si tan solo dejaran de creerse tan talentosos….
En ese ambiente, una chica Coreana, que es como se les llama a las mujeres de Cee y donde por cierto también soplan agradables vientos, fumaba cigarrillos en la terraza de su habitación y contaba los días para volver a su pueblo. Y yo, atento a tales actuaciones, trataba de interrumpirla por un rato fracasando pues en mi intento. A ella fueron la mayoría de los versos.
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