Dertodesking
Poeta recién llegado
De pie,
sobre la mesa de un despeñadero,
veo el horizonte
extendiéndose bajo el mar cristalino.
El canto de las gaviotas,
grácil y, en cierta medida, risueño,
se desliza por sus confines
hasta regresar al punto de inicio.
Es un paisaje de una belleza conmovedora.
Estoy llorando, desconsolado...
Cierro mis párpados
y extiendo mis brazos
hasta sentir
el límite de sus ligamentos.
La incandescencia
de aquellos días felices
acaricia mis mejillas nacaradas
y, pronto, mi cuerpo siente
la fuerza gravitacional
de un suicidio
por salto al vacío.
Abro mis ojos.
A mi alrededor, las multitudes
fluyen, incesantes,
hacia quién sabe dónde.
De entre la marea humana,
una motocicleta
pierde el control de sus frenos
y se estrella contra mí
y el escaparate de una tienda de ropa.
No ha pasado nada.
No me ha pasado nada, mejor dicho.
Pues cuando vuelvo la vista atrás,
contemplo el cadáver
del vehículo,
fusionándose con el carmín
de la sangre en inexorable movimiento.
Todos los cristales,
desperdigados a través del cuerpo
que se retuerce y convulsiona,
parecen insectos carnívoros
royendo los tejidos de la piel a su antojo.
Miro a otro lado:
la muchedumbre ha cambiado su rumbo.
Ahora las miradas
no reflejan la indiferencia
de quien camina sin un destino en mente,
sino la alegría
de quien tendrá una anécdota
que contar en el bar de su barrio.
Me rio, un tanto nervioso.
«Parece que hasta la muerte
se empeña en seguirme
después de suicidarme».
Me di la vuelta
y comencé
a divagar por las calles del pueblo,
en busca de lugares
más agradables.
Me estoy deprimiendo, de nuevo...
Nadie me ve
y sólo puedo tocar la materia inerte,
como aquel libro de ocultismo
que tiré de la estantería.
El librero
salió corriendo, olvidando
sus pertenencias en el escritorio.
Buscando un cuaderno
y un bolígrafo rojo entre ellas,
escribí un mensaje sobre
la primera página:
«SOY EL DIABLO».
La primera vez que actué
como un Poltergeist
fue uno de los momentos más divertidos
de mi...
¿Vida? ¿Muerte? ¿Posvida?
Me da lo mismo.
Me estuve riendo por horas y eso es lo que cuenta.
Pero, conforme pasaron los meses,
empecé a sentirme vacío
(como si no lo estuviera de por sí),
así que dejé atrás las bromas de ultratumba
para apreciar las vidas que
nunca pude vivir.
Ahora mismo resido
en la casa de una familia disfuncional:
es como ver una película
de Darren Aronofsky
o Gaspar Noé
sin ningún montaje ni guion definido manteniendo el orden.
En este momento,
la madre se está pinchando heroína
y la hija ha vomitado su primera borrachera.
El padre no está en casa
porque lo encerraron en la cárcel.
Mientras aquella mujer
ata una goma por su antebrazo,
irgo mi barbilla hacia el cielo.
Esto de ser un fantasma
se me antojó como una condena durante los primeros días,
pero es mucho mejor que un más allá binario.
Sufrimiento...
Alegría...
¿Por qué no tenerlo todo al mismo tiempo?
Entonces,
me doy cuenta de que me he aburrido
de este drama,
y quiero
ver un filme de humor.
Dándole las gracias a nadie,
marcho hacia una compañía circense
que, de paso, está hospedada
en un hostal humilde.
Sí...
Ser un espíritu errante me ha devuelto
las ganas de vivir.
Y pensar esto, ahora, es un poco contradictorio,
pero tampoco es que esté para quejarme...
sobre la mesa de un despeñadero,
veo el horizonte
extendiéndose bajo el mar cristalino.
El canto de las gaviotas,
grácil y, en cierta medida, risueño,
se desliza por sus confines
hasta regresar al punto de inicio.
Es un paisaje de una belleza conmovedora.
Estoy llorando, desconsolado...
Cierro mis párpados
y extiendo mis brazos
hasta sentir
el límite de sus ligamentos.
La incandescencia
de aquellos días felices
acaricia mis mejillas nacaradas
y, pronto, mi cuerpo siente
la fuerza gravitacional
de un suicidio
por salto al vacío.
Abro mis ojos.
A mi alrededor, las multitudes
fluyen, incesantes,
hacia quién sabe dónde.
De entre la marea humana,
una motocicleta
pierde el control de sus frenos
y se estrella contra mí
y el escaparate de una tienda de ropa.
No ha pasado nada.
No me ha pasado nada, mejor dicho.
Pues cuando vuelvo la vista atrás,
contemplo el cadáver
del vehículo,
fusionándose con el carmín
de la sangre en inexorable movimiento.
Todos los cristales,
desperdigados a través del cuerpo
que se retuerce y convulsiona,
parecen insectos carnívoros
royendo los tejidos de la piel a su antojo.
Miro a otro lado:
la muchedumbre ha cambiado su rumbo.
Ahora las miradas
no reflejan la indiferencia
de quien camina sin un destino en mente,
sino la alegría
de quien tendrá una anécdota
que contar en el bar de su barrio.
Me rio, un tanto nervioso.
«Parece que hasta la muerte
se empeña en seguirme
después de suicidarme».
Me di la vuelta
y comencé
a divagar por las calles del pueblo,
en busca de lugares
más agradables.
Me estoy deprimiendo, de nuevo...
Nadie me ve
y sólo puedo tocar la materia inerte,
como aquel libro de ocultismo
que tiré de la estantería.
El librero
salió corriendo, olvidando
sus pertenencias en el escritorio.
Buscando un cuaderno
y un bolígrafo rojo entre ellas,
escribí un mensaje sobre
la primera página:
«SOY EL DIABLO».
La primera vez que actué
como un Poltergeist
fue uno de los momentos más divertidos
de mi...
¿Vida? ¿Muerte? ¿Posvida?
Me da lo mismo.
Me estuve riendo por horas y eso es lo que cuenta.
Pero, conforme pasaron los meses,
empecé a sentirme vacío
(como si no lo estuviera de por sí),
así que dejé atrás las bromas de ultratumba
para apreciar las vidas que
nunca pude vivir.
Ahora mismo resido
en la casa de una familia disfuncional:
es como ver una película
de Darren Aronofsky
o Gaspar Noé
sin ningún montaje ni guion definido manteniendo el orden.
En este momento,
la madre se está pinchando heroína
y la hija ha vomitado su primera borrachera.
El padre no está en casa
porque lo encerraron en la cárcel.
Mientras aquella mujer
ata una goma por su antebrazo,
irgo mi barbilla hacia el cielo.
Esto de ser un fantasma
se me antojó como una condena durante los primeros días,
pero es mucho mejor que un más allá binario.
Sufrimiento...
Alegría...
¿Por qué no tenerlo todo al mismo tiempo?
Entonces,
me doy cuenta de que me he aburrido
de este drama,
y quiero
ver un filme de humor.
Dándole las gracias a nadie,
marcho hacia una compañía circense
que, de paso, está hospedada
en un hostal humilde.
Sí...
Ser un espíritu errante me ha devuelto
las ganas de vivir.
Y pensar esto, ahora, es un poco contradictorio,
pero tampoco es que esté para quejarme...
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