kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
FANTASMAS
1:00 a.m.
Apago los anuncios que me tienen idiotizado
desde hace más de media hora
y de un solo trago remato el botellín
de la última cerveza que me queda.
Reviso que la puerta está bien trancada.
Abro la nevera. Cierro la nevera.
Entro al baño y frente al espejo
me hurgo fuerte en la muela que me duele
y me quedo atrapado en un cuanto de tiempo
con el dedo índice bien metido en la boca
mirando a ese ser que me mira
y me pregunto qué cojones me ha pasado.
Cubro los cuerpos destapados de mis hijos
y apago las luces de sus cuartos.
Afuera el cielo de Madrid no para de vomitar nieve.
Desde el quicio de la puerta de nuestra habitación
te contemplo suspirando en paz con tu postura de caracola
y pienso en la suerte que tengo de haberte conocido.
Ayer leí que un sicólogo decía que antes de dormir
era muy bueno recordar
las cosas que habías hecho durante el día.
¡No te jode!, será bueno para ti
que seguro que tienes
un cartel de «welcome sweet home» en la puerta de tu casa,
o peor aún: un felpudo de esos que te recibe
con un «prohibido entrar de mal humor».
Yo prefiero, de lejos,
consultar en el móvil las últimas noticias sobre Cataluña.
3:30 a.m.
Me despierto.
La resaca ya clavó su anzuelo.
No puede ser que ayer le dijera semejante cosa a mi amigo,
¡parezco gilipollas!
De verdad, qué puta vergüenza.
Y me acerco la botella de agua al morro
con la tiritera de un náufrago.
4:10 a.m.
Sueño con unas incandescentes vías de tren
que liberan su tensión brutal en una masa dura de gelatina amarilla
de la que emana un horrible vapor negro que duele.
Entonces alguien me grita al oído «¡¿qué tal?!»,
y me giro, y me vuelvo a girar, pero no hay nadie,
y me despierto.
¿Qué coño hacía ayer brindando por el trabajo?
¡Yo necesito el tiempo que vendo a los hombres del traje gris!
Lo necesito para la poesía que me late ochenta veces por minuto,
pero sin dinero no hay lentejas
y sin lentejas moriría sepultado por mi propia poesía,
¿pero qué sentido tiene la vida si no empiezas por ti?
Me niego a ser un mártir de la vida de los demás.
¡Pero qué coño estoy diciendo!,
qué importará la mierda de mis versos
si mis hijos me necesitan.
Me duermo.
4:50 a.m.
Me despierto.
Me asomo al cuarto de mis niños
y los vuelvo a tapar.
Me acuesto y pienso en cómo se me escapa el tiempo
por las bocas cada vez más desconcertadas de mi ser,
y, sin embargo, hago de vientre de alquiler del tiempo de los demás.
Qué lejos quedan ya los cielos azules de la infancia...
¡Pero todo me da igual!,
en realidad lo único que me preocupa
es que la puta vida pose sus dedos homicidas en el pecho de mis hijos.
Eso no puede pasar nunca.
Y me duermo.
7:50 a.m.
Me despierta el zarandeo de Mateo y de Lena
que me animan agitados a que me asome a la ventana.
Girasoles adormilados de nieve han tomado la ciudad.
De camino al colegio
los niños van jugando con el manto que cubre las lunas de los coches.
Al rato, resguardan sus manitas heladas en los bolsillos de su padre.
Ya no nieva y el cielo se nos muestra limpio y repleto de luz
y me siento feliz y aliviado
de tenerlos hoy junto a mí
y de que hasta la noche
no tengo
ya nada que temer
porque a los fantasmas
Kalkbadan
En Madrid a 11 de febrero de 2018
1:00 a.m.
Apago los anuncios que me tienen idiotizado
desde hace más de media hora
y de un solo trago remato el botellín
de la última cerveza que me queda.
Reviso que la puerta está bien trancada.
Abro la nevera. Cierro la nevera.
Entro al baño y frente al espejo
me hurgo fuerte en la muela que me duele
y me quedo atrapado en un cuanto de tiempo
con el dedo índice bien metido en la boca
mirando a ese ser que me mira
y me pregunto qué cojones me ha pasado.
Cubro los cuerpos destapados de mis hijos
y apago las luces de sus cuartos.
Afuera el cielo de Madrid no para de vomitar nieve.
Desde el quicio de la puerta de nuestra habitación
te contemplo suspirando en paz con tu postura de caracola
y pienso en la suerte que tengo de haberte conocido.
Ayer leí que un sicólogo decía que antes de dormir
era muy bueno recordar
las cosas que habías hecho durante el día.
¡No te jode!, será bueno para ti
que seguro que tienes
un cartel de «welcome sweet home» en la puerta de tu casa,
o peor aún: un felpudo de esos que te recibe
con un «prohibido entrar de mal humor».
Yo prefiero, de lejos,
consultar en el móvil las últimas noticias sobre Cataluña.
3:30 a.m.
Me despierto.
La resaca ya clavó su anzuelo.
No puede ser que ayer le dijera semejante cosa a mi amigo,
¡parezco gilipollas!
De verdad, qué puta vergüenza.
Y me acerco la botella de agua al morro
con la tiritera de un náufrago.
4:10 a.m.
Sueño con unas incandescentes vías de tren
que liberan su tensión brutal en una masa dura de gelatina amarilla
de la que emana un horrible vapor negro que duele.
Entonces alguien me grita al oído «¡¿qué tal?!»,
y me giro, y me vuelvo a girar, pero no hay nadie,
y me despierto.
¿Qué coño hacía ayer brindando por el trabajo?
¡Yo necesito el tiempo que vendo a los hombres del traje gris!
Lo necesito para la poesía que me late ochenta veces por minuto,
pero sin dinero no hay lentejas
y sin lentejas moriría sepultado por mi propia poesía,
¿pero qué sentido tiene la vida si no empiezas por ti?
Me niego a ser un mártir de la vida de los demás.
¡Pero qué coño estoy diciendo!,
qué importará la mierda de mis versos
si mis hijos me necesitan.
Me duermo.
4:50 a.m.
Me despierto.
Me asomo al cuarto de mis niños
y los vuelvo a tapar.
Me acuesto y pienso en cómo se me escapa el tiempo
por las bocas cada vez más desconcertadas de mi ser,
y, sin embargo, hago de vientre de alquiler del tiempo de los demás.
Qué lejos quedan ya los cielos azules de la infancia...
¡Pero todo me da igual!,
en realidad lo único que me preocupa
es que la puta vida pose sus dedos homicidas en el pecho de mis hijos.
Eso no puede pasar nunca.
Y me duermo.
7:50 a.m.
Me despierta el zarandeo de Mateo y de Lena
que me animan agitados a que me asome a la ventana.
Girasoles adormilados de nieve han tomado la ciudad.
De camino al colegio
los niños van jugando con el manto que cubre las lunas de los coches.
Al rato, resguardan sus manitas heladas en los bolsillos de su padre.
Ya no nieva y el cielo se nos muestra limpio y repleto de luz
y me siento feliz y aliviado
de tenerlos hoy junto a mí
y de que hasta la noche
no tengo
ya nada que temer
porque a los fantasmas
jamás les gustó esta luz
que sabe a primavera.
que sabe a primavera.
Kalkbadan
En Madrid a 11 de febrero de 2018
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