Festones de rojo color

Piedad Acosta Ruiz

Poeta recién llegado
Contempló con sus manos resecas, el campesino sus tierras; sus esqueléticas vacas, su cielo, unas veces, llameante, como Tierra del Fuego, otras, con nubosidad vacilante, renuente a ceder una gota, para calmar su sed, bajo el flameante sol.

Incose, con manos macilentas, besose la tierra polvorienta, en tanto, sus labios murmuraban:



Creador de todo cuanto mis ojos ven,

somos tu tierra,

¡Tu mágica Creación!


Míranos, desde donde estés,

mi ganado se muere.


Mis cosechas,

las llamas,

de ellas,

se han alimentado.


¡Mira que muero!

¡Oh Gran Maestro de mi Corazón!


Del fértil suelo que me has dado,

¡mira, lo que ha quedado!


A ti que nada es negado,

os suplico, con este pecho,

henchido de fe,

que me prodigues el milagro

de la lluvia,

que haga reverdecer las hierbas,

para que mi ganado se salve,

que llueva y llueva,

hasta que los ríos,

recuperen sus cauces,

hasta que los embalses,

de plenitud se derramen,

para que beban

mis vacas y mis yeguas,

y mis vecinos

de esta montaña,

los de aquella meseta,

los del río abajo,

que rodean, el valle,

y la ondeante meseta.




Se incorporó el campesino,

con su rostro humedecido

con su propio llanto,

y desde algún lugar,

donde habita

el Maestro de la Creación,

vistió el cielo de azul marrón,

con toquecitos de algodón,

matizados de festones de rojo color.


Nevó, nubló, y el viento se agitó,

y por más de tres días,

y muchos más,

que no pudo recordar,

llovió y llovió...


Con el pasar de los días,

los pájaros llenaron

sus cuerpos

de mágicas semillas;

sus plumas lucieron

vivaz color,

el valle, reverdeció,

y el ganado se salvó.


Que feliz vivió la gente

de la montaña y la llanura,

cuando el campesino,

con su aroma,

el valle perfumó,

gracias a que su Diocito,

desde el cielo,

sus ruegos escuchó.
 

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