Asklepios
Incinerando envidias
Fijó en mí su mirada metálica, esa que solía ofrecer con ese azul intenso inabarcable, ese que siempre es indefinible. Era una mirada que compartía en muy puntuales ocasiones y que, una vez más, no fui capaz de mantener.
Su boca, -gruta natural de todos los silencios, vestía en aquella ocasión con un carmín poderoso, de un rojizo incuestionable-, se mantuvo inmóvil, cerrada, a la espera de ser preguntada para después responder, de considerarlo pertinente. Entendí que estábamos solos y, que nada ni nadie excepto yo mismo, podía interferir o modificar la evolución natural del suceso. Así, consciente de la oportunidad, tras respirar profunda y lentamente varias veces y sentirme lo más consciente, presente y protagonista de aquella experiencia, me dejé llevar, sin más…
… Y se sucedieron acontecimientos, realidades y experiencias, -para mí-, imposibles de describir y también de explicar, y sobre las que no se me ha dejado de preguntar hasta la extenuación, y de exigirme una convincente declaración, o al menos, de dar alguna argumentación al respecto, por simple que pudiera parecer y, que ya digo, sigo siendo incapaz de aportar.
Así pues, tras lo dicho aquí hasta ahora, y deseando dar por zanjado todo este acontecer, a modo de aclaración, a modo de analogía, tan sólo puedo plantear una similitud que no es otra que la sensación que las vicisitudes de los sueños nos dejan en los primeros instantes al despertar; esa incapacidad de atrapar y organizar la fantasía del mundo onírico, pero que nos deja un no sé qué, que dejándonos las puerta abiertas a un todo desconocido, no somos capaces de atravesar, de experimentar y, finalmente, de compartir… de explicar, como no se ha dejado de exigirme.
Su boca, -gruta natural de todos los silencios, vestía en aquella ocasión con un carmín poderoso, de un rojizo incuestionable-, se mantuvo inmóvil, cerrada, a la espera de ser preguntada para después responder, de considerarlo pertinente. Entendí que estábamos solos y, que nada ni nadie excepto yo mismo, podía interferir o modificar la evolución natural del suceso. Así, consciente de la oportunidad, tras respirar profunda y lentamente varias veces y sentirme lo más consciente, presente y protagonista de aquella experiencia, me dejé llevar, sin más…
… Y se sucedieron acontecimientos, realidades y experiencias, -para mí-, imposibles de describir y también de explicar, y sobre las que no se me ha dejado de preguntar hasta la extenuación, y de exigirme una convincente declaración, o al menos, de dar alguna argumentación al respecto, por simple que pudiera parecer y, que ya digo, sigo siendo incapaz de aportar.
Así pues, tras lo dicho aquí hasta ahora, y deseando dar por zanjado todo este acontecer, a modo de aclaración, a modo de analogía, tan sólo puedo plantear una similitud que no es otra que la sensación que las vicisitudes de los sueños nos dejan en los primeros instantes al despertar; esa incapacidad de atrapar y organizar la fantasía del mundo onírico, pero que nos deja un no sé qué, que dejándonos las puerta abiertas a un todo desconocido, no somos capaces de atravesar, de experimentar y, finalmente, de compartir… de explicar, como no se ha dejado de exigirme.