Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
FIN DEVIAJE
Término e intervalo de días recobrables,
ya pasaste la prueba del corazón, amarga prueba
que mi pecho promulgó por ver si eras cierta.
Arbitrio, libre estocada en la piel,
ardes por mis enlutadas avenidas,
por pasajes insulsos de baratas escisiones,
de repelentes máscaras que hasta ayer me asustaban
hostigándome.
Pero aquí tu sino, tu fiel respeto,
tu columna en pie sosteniendo mi casa,
el nulo paisaje de mi beso busca
el lugar obtuso y malsano de tu encierro.
Aquí el tiempo por ti esperando,
esperanzado jarro o jícara
por tu agua de cisternas antiquísimas.
Tu espeso almíbar de valle resplandeciente yo requiero,
la espada cruel que clavas en el lecho de mi sueño.
Ya te encuentro atrabiliaria y devota,
entregada al trabajo de soportarme
sin entender el difícil rodar de mis carruajes,
esa música indescifrable para ti tan distinta.
Ya comprendo tu retórica presteza,
el pregonar de tu canto envuelto entre alas y mareas,
el manjar que gustosa comes y conmigo compartes.
Ya entiendo tu sensación de huracán bravío y en calma simultánea.
Sable estocado, corazón habitable,
aquella es tu casa y tu corza;
tus baúles han preservado hasta ahora mis camisas,
mis manchadas necedades de ser viento o brizna,
acaso ese astro que refleja tu frente al mediodía.
Eres el amor que vino insospechado;
mi vida antecedió tus pasos terrenales
porque ya se había fraguado tu cuerpo de doncella
y también el amor necesario para mis predios,
el amor que era preciso que trajeras.
A Kile.
Término e intervalo de días recobrables,
ya pasaste la prueba del corazón, amarga prueba
que mi pecho promulgó por ver si eras cierta.
Arbitrio, libre estocada en la piel,
ardes por mis enlutadas avenidas,
por pasajes insulsos de baratas escisiones,
de repelentes máscaras que hasta ayer me asustaban
hostigándome.
Pero aquí tu sino, tu fiel respeto,
tu columna en pie sosteniendo mi casa,
el nulo paisaje de mi beso busca
el lugar obtuso y malsano de tu encierro.
Aquí el tiempo por ti esperando,
esperanzado jarro o jícara
por tu agua de cisternas antiquísimas.
Tu espeso almíbar de valle resplandeciente yo requiero,
la espada cruel que clavas en el lecho de mi sueño.
Ya te encuentro atrabiliaria y devota,
entregada al trabajo de soportarme
sin entender el difícil rodar de mis carruajes,
esa música indescifrable para ti tan distinta.
Ya comprendo tu retórica presteza,
el pregonar de tu canto envuelto entre alas y mareas,
el manjar que gustosa comes y conmigo compartes.
Ya entiendo tu sensación de huracán bravío y en calma simultánea.
Sable estocado, corazón habitable,
aquella es tu casa y tu corza;
tus baúles han preservado hasta ahora mis camisas,
mis manchadas necedades de ser viento o brizna,
acaso ese astro que refleja tu frente al mediodía.
Eres el amor que vino insospechado;
mi vida antecedió tus pasos terrenales
porque ya se había fraguado tu cuerpo de doncella
y también el amor necesario para mis predios,
el amor que era preciso que trajeras.
A Kile.
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