MES DE MAYO. Imagen nº 2
FLORILEGIO DE OTOÑO
Recorridos ya los ardientes caminos
del placer y de la ira,
calmadas las pasiones enardecidas
del espíritu y de la carne,
es la hora del descanso entre las hojas caídas,
mansa alfombra de la que nacen las estatuas.
Mi sangre en calma toma, desde el corazón,
forma de nube o sonata.
Llueven hojas desde el roto caleidoscopio
de la tarde que agoniza.
Sobre el polícromo tapiz de las hojas muertas
me envuelvo con mi escueta soledad.
Me pienso diluído en esa lluvia que no soy
pero temo deshacer la bella forma
de mi sangre en calma: duermo.
Despierto en la luz que crea los colores
y canto la misma monótona salmodia
que el agua del surtidor.
Es la tarde de los salmos y trisagios:
“Agios Athanatos, eleison imas”
Las lágrimas ardientes que brotan de la raíz del recuerdo
me confortan y alejan de mí el frío de la tarde.
Vuelvo hacia mí y juntos nos alejamos
hacia la ciudad que enciende sus rojas pústulas.
Allí está el calor que nunca me fue dado.
Allí tantas manos que ahora vuelan
en busca de sus almas.
Con la aseada paciencia que la edad le da a los viejos
me siento en el velador de un café.
Puede que hoy venga Ella.
FLORILEGIO DE OTOÑO
Recorridos ya los ardientes caminos
del placer y de la ira,
calmadas las pasiones enardecidas
del espíritu y de la carne,
es la hora del descanso entre las hojas caídas,
mansa alfombra de la que nacen las estatuas.
Mi sangre en calma toma, desde el corazón,
forma de nube o sonata.
Llueven hojas desde el roto caleidoscopio
de la tarde que agoniza.
Sobre el polícromo tapiz de las hojas muertas
me envuelvo con mi escueta soledad.
Me pienso diluído en esa lluvia que no soy
pero temo deshacer la bella forma
de mi sangre en calma: duermo.
Despierto en la luz que crea los colores
y canto la misma monótona salmodia
que el agua del surtidor.
Es la tarde de los salmos y trisagios:
“Agios Athanatos, eleison imas”
Las lágrimas ardientes que brotan de la raíz del recuerdo
me confortan y alejan de mí el frío de la tarde.
Vuelvo hacia mí y juntos nos alejamos
hacia la ciudad que enciende sus rojas pústulas.
Allí está el calor que nunca me fue dado.
Allí tantas manos que ahora vuelan
en busca de sus almas.
Con la aseada paciencia que la edad le da a los viejos
me siento en el velador de un café.
Puede que hoy venga Ella.