Forrest Gump y los regalos incómodos

Luis Libra

Atención: poeta en obras
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Como Tom Hanks en Forrest Gump
cuando al fin dejó de correr,
un día decides que ya está bien,
que ya no hay cuerpo ni alma
que soporte tanta carrera inútil,
como si el camino se volviera
de repente una jodida pared
vertical, como cien caimanes
mordiéndote los talones
o los callos afeando al mismísimo
corazón. Como si ya no te quedara
un solo hueso por romperte
y aún no has llegado a ningún sitio
donde tumbarte bajo cualquier amable lluvia
primaveral y mirar la vida
como un cuadro que se pinta a sí mismo.
Recuerdas ayer cuando esprintabas
hasta la misma pechera de tu dios,
cuando bailabas en alucinados círculos
sobre el hígado enfermo del mundo,
y los semáforos en rojo, las calles prohibidas y las trampas
lubrificaban tus células de guepardo
o de joven tigre enjaulado.
Como cuando aterrizabas versos
tras aquellas memorables duchas de luna llena
o habitabas ese viejo piso
sin dirección, de interminable pasillo,
y sus infinitas habitaciones con el cartel
en sus puertas de no molestar;
pero a tu paso se abrían
y en cada habitación clavabas tu bandera
a la velocidad de los que no saben
retroceder ni conjugar las estancias.
Porque nunca supiste vivir sin correr
y sueñas que corres,
pero ya solo sueñas
porque el flato acuchilla el motor
gastado de antes
y los pulmones explotan.
Y es entonces cuando alguien te ofrece
te regala unas nuevas zapatillas
y te dice que hay que morir corriendo,
pero tú le dices que ya has muerto
demasiadas veces, que el problema
son el puto sobrepeso del alma y tus pies,
que es hora de dejarte volar por la gravedad del sol.
Y esa persona te dice que solo vuelan
los pájaros y los aviones,
que tú no eres un pájaro ni un avión
ni estás muerto aún,
que son zapatillas mágicas.
Suspiras y ríes, te vuelves y revuelves.
Pero aun así aceptas las dichosas zapatillas.
Y por un momento ya no te duele nada.
Reconoces que son hermosas.
Y aunque sabes que son de mentira
te las calzas una vez más
por ella, solamente por ella
(... y a lo mejor también un poco por ti)


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Última edición:
Luis, Poeta.
Irremediable te esta pegando
la edad, cálzate la zapatillas,
corre Luis, con los dientes
apretados, baila ...
como Zorba
Goza Luis, cálzate las putas
zapatillas chinas y cágate de
la risa la vida sigue sin nosotros...
Un abrazo cariñoso colega, salú.



 
Luis, Poeta.
Irremediable te esta pegando
la edad, cálzate la zapatillas,
corre Luis, con los dientes
apretados, baila ...
como Zorba
Goza Luis, cálzate las putas
zapatillas chinas y cágate de
la risa la vida sigue sin nosotros...
Un abrazo cariñoso colega, salú.




Jajja, Pues me lleva pegando tiempo, que este poema ya tiene algunos años. Pero sí, Nelson, siempre hay que agradecer los regalos, y calzarte o descalzarte según la necesidad (muchas veces no reconocida). Muchas gracias querido amigo. Un abrazo.
 
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Como Tom Hanks en Forrest Gump
cuando al fin dejó de correr,
un día decides que ya está bien,
que ya no hay cuerpo ni alma
que soporte tanta carrera inútil,
como si el camino se volviera
de repente una jodida pared
vertical, como cien caimanes
mordiéndote los talones
o los callos afeando al mismísimo
corazón. Como si ya no te quedara
un solo hueso por romperte
y aún no has llegado a ningún sitio
donde tumbarte bajo cualquier amable lluvia
primaveral y mirar la vida
como un cuadro que se pinta a sí mismo.
Recuerdas ayer cuando esprintabas
hasta la misma pechera de tu dios,
cuando bailabas en alucinados círculos
sobre el hígado enfermo del mundo,
y los semáforos en rojo, las calles prohibidas y las trampas
lubrificaban tus células de guepardo
o de joven tigre enjaulado.
Como cuando aterrizabas versos
tras aquellas memorables duchas de luna llena
o habitabas ese viejo piso
sin dirección, de interminable pasillo,
y sus infinitas habitaciones con el cartel
en sus puertas de no molestar;
pero a tu paso se abrían
y en cada habitación clavabas tu bandera
a la velocidad de los que no saben
retroceder ni conjugar las estancias.
Porque nunca supiste vivir sin correr
y sueñas que corres,
pero ya solo sueñas
porque el flato acuchilla el motor
gastado de antes
y los pulmones explotan.
Y es entonces cuando alguien te ofrece
te regala unas nuevas zapatillas
y te dice que hay que morir corriendo,
pero tú le dices que ya has muerto
demasiadas veces, que el problema
son el puto sobrepeso del alma y tus pies,
que es hora de dejarte volar por la gravedad del sol.
Y esa persona te dice que solo vuelan
los pájaros y los aviones,
que tú no eres un pájaro ni un avión
ni estás muerto aún,
que son zapatillas mágicas.
Suspiras y ríes, te vuelves y revuelves.
Pero aun así aceptas las dichosas zapatillas.
Y por un momento ya no te duele nada.
Reconoces que son hermosas.
Y aunque sabes que son de mentira
te las calzas una vez más
por ella, solamente por ella
(... y a lo mejor también un poco por ti)


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Ya te había leído este poema en otra parte, pero hoy lo releo sin las prisas que llevaba Forrest y todos el séquito que lo acompañaba creyéndolo un iluminado, el poseedor de todas las respuestas para ¿cuáles preguntas? Si después de los despueses la Jenny te regala unos tenis, en realidad te está regalando juventud. ¿Quién no cambiaría toda la jodida experiencia de una vida por juventud? No me vengan con el cuento de la dignidad de las cabezas coronadas de nieve y los surcos en la piel apergaminada, por favor. Que aceptar esto es madurar... pues nos quedamos verdes, a huevo que sí. Hazlo por la Jenny, o por quien se deje. :D

Vamos por más, carnalito Luis.
 

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