Gonvedo
Poeta asiduo al portal
No hay rastro de la ciudad
a la que hemos abierto el corazón,
solo hemos heredado la noche,
perros vagabundos y algunos ángeles
escapados de un último horizonte
que agoniza más allá de los inviernos.
Quizás Dios ha envejecido,
o nunca hemos tenido dioses
en los que reflejarnos.
Apenas hemos conservado
el eco de tormentas ya pasadas,
y, tal vez, sería suficiente
con que la muerte nos escribiera
unas postreras palabras.
¿Qué luz nos ha dejado
el desorden de los días?
¿Qué calles de siempre
nos han quedado por transitar?
¿Qué puentes nos han faltado cruzar
para llegar hasta las esquinas del olvido?
¿Qué silencio hemos llevado
sobre los hombros, y qué dolor
contra el pecho no se ha pronunciado
en la dulce voz de los planetas?
A menudo hemos pensado
en lo que se ha ido y no regresa,
y hemos vuelto a las tardes del ayer
buscando ese frágil equilibrio
entre los pétalos y la piedad.
A veces la ciudad parece desnuda
a la sombra petrificada de sus ruinas
y a la vanidosa presencia
estatuaria de sus plazas.
¿Acaso solo el tiempo habrá de sucedernos?
a la que hemos abierto el corazón,
solo hemos heredado la noche,
perros vagabundos y algunos ángeles
escapados de un último horizonte
que agoniza más allá de los inviernos.
Quizás Dios ha envejecido,
o nunca hemos tenido dioses
en los que reflejarnos.
Apenas hemos conservado
el eco de tormentas ya pasadas,
y, tal vez, sería suficiente
con que la muerte nos escribiera
unas postreras palabras.
¿Qué luz nos ha dejado
el desorden de los días?
¿Qué calles de siempre
nos han quedado por transitar?
¿Qué puentes nos han faltado cruzar
para llegar hasta las esquinas del olvido?
¿Qué silencio hemos llevado
sobre los hombros, y qué dolor
contra el pecho no se ha pronunciado
en la dulce voz de los planetas?
A menudo hemos pensado
en lo que se ha ido y no regresa,
y hemos vuelto a las tardes del ayer
buscando ese frágil equilibrio
entre los pétalos y la piedad.
A veces la ciudad parece desnuda
a la sombra petrificada de sus ruinas
y a la vanidosa presencia
estatuaria de sus plazas.
¿Acaso solo el tiempo habrá de sucedernos?
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