Fragmento de "El encuentro"

Irao

Poeta recién llegado
La lluvia caía incesantemente, derramando su savia por cada ventana, por cada objeto que adornaba aquella terraza en la que decidimos hacer el amor. Un colchón fue todo lo que necesitabamos para viajar por tantos y tantos lugares ocultos. Navegabamos en él como si de un velero se tratase, surcando ése océano maravilloso que se encuentra allí donde los amantes dejan un espacio entre sus cuerpos.
En aquel espacio todo era posible; océanos y desiertos, mares y montañas, palabras y canciones, suspiros y gemidos. En aquel espacio habitaba todo, todo lo que vale la pena en ésta vida. Cuántos universos hubiera hallado en aquel vacío si los hubiera buscado... Pero no, porque lo único que yo buscaba era su presencia; su completa presencia, en cuerpo y alma. Ese cuerpo encantador, embriagador, que me hacía vibrar con cada movimiento, con cada contracción que le provocaban mis caricias... Nada más podía desear en ésta vida que no fuera su completa presencia.
El tiempo pasaba lentamente en aquella noche en la que las nubes jugaban con el cielo apareciendo y desapareciendo, dejando entrever traviesamente constelaciones de estrellas. La lluvia había cesado, y el sonido de su nombre procedente del eco de las estrellas más brillantes que nos observaban en aquella cálida noche envolvía mis sentidos. Sentía que podía escucharlo, tocarlo, saborearlo. Ese nombre atravesaba mi alma como si de un rayo se tratase, la flecha de Cupido surcando el centro de mi corazón, la palabra Divina germinando en mi interior... Francesca, Francesca, Francesca...
Cuán dulce y evocador sonido. Cuán intenso por momentos, cuán sutil cuando el descanso mimaba nuestros cuerpos...
Definitivamente estaba extasiado, no sentía el cosquilleo de la lluvia retornada sobre mi piel. No sentía el frescor que acompañaba a cada impacto acuoso, no sentía nada que no viniese de ella; de su cuerpo, de su pasión, de su propia piel de miel.
En ese momento en el que la emoción es tan intensa y profunda, uno se siente perdido, totalmente a la deriva... Pero qué deriva más hermosa, qué pérdida tan maravillosa... Qué placer, qué manera de degustar la vida en tan variados sorbos que inundan el paladar de nuestros sentidos... Qué sublime, qué éxtasis, qué locura.
 
Apasionada redacción nos compartes en tu disfrute con la amada Francesca, haces que nesa noche resplandezca a pesar de la lluvia.

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