Frío

kalkbadan

Poeta que considera el portal su segunda casa
FRÍO

En otoño y en invierno suelen preguntarme
por qué voy tan fresco por la calle.
Me excuso, entonces, con que soy medio vikingo
y medio burgalés.
Pero la respuesta termodinámicamente honesta sería
que para qué me voy a cubrir
si tengo una ventisca siberiana
atravesando el yermo de mi pecho.
Un frío siberiano para el que el frío madrileño
no es más un Veranillo de San Martín.
Pero este regusto de la gente por saber acerca
de la conducta íntima de los otros no termina aquí.
En primavera y en verano me preguntan, también,
que de dónde vengo tan sudado,
y suelo contestar que tiene traza de ser hormonal.
Que se trata de sudores propios de mi edad,
la edad en la que uno se convierte
en ese aguacate que se pide para hoy,
en ese «córtame el verde del puerro»,
en ese «qué caro está el tomate para no saber a nada»,
o en ese jazmín andaluz que agoniza en tu balcón.
Pero la respuesta adecuada sería aludir al fenómeno físico
por el que se te empaña el espejo de tu cuarto baño,
al ser tú mismo la fuente causal
que alimenta —desde adentro—
el frío del espejo.

Siempre, siempre, tuve una capa de frío
inserta en algún páramo perdido entre mi piel
y mis tejidos internos.

Se trata de una capa similar al celofán, fría y dura
como la epidermis de la cebolla metamórfica
que se fragua en la nevera.
Una corteza quiescente,
una pompa de frío interna que tiembla
con la cualidad inquietante
de una latencia invernal que amenaza con provocar
un paro cardiaco a la primavera.
Y una vez el invierno inicia su expolio
la agazapada muselina de mi burbuja azul estalla
y se propaga hacia adentro
grapando en mis órganos de dolor
un jodido patrón de interferencia;
unos barrotes que encarcelan en lo más hondo de mí
una tristeza de la que ya no puedo escapar.
Y este helor napoleónico avanza, también, hacia afuera,
en una sucesión de banquisas
que intimidan con sus filos los contornos de mi piel.

El periodo glacial ha sido consumado.

Y me siento como una matrioshka que un niño lapón
dejó desarmada sobre el manto de nieve que cubre su jardín.
Y no se me ocurre moverme ni un puto milímetro
no fuera a ser que me desguace, definitivamente,
por dentro. Y afuera, claro que sí, el mundo sigue girando
y la gente se ríe, se emborracha y comparte sus anécdotas,
mientras yo aprieto fuertemente la mandíbula como aquel niño
con la granada en la mano en Central Park.

El problema de este marasmo orgánico,
de esta jodida hibernación criogénica,
es que detiene por completo el entrelazamiento
de los átomos que traban mi existencia,
y comienza la conspiración interna de mi rebaño:
una política cuántica de recelo, rencor, distancia y olvido.
Y me convierto así en un caldo atómico sin calentar,
y en el que flotan ridículos los brotes verdes de mi vida
sobre la carne cruda y trinchada de mi ser.

Pero con el tiempo siempre asoman por el horizonte
—al menos hasta la fecha—
las trenzas de una luz nueva
que, poco a poco, van caldeando mi caverna.
Pero no es que el tiempo cure nada:
¡es el devenir natural!, ¡es lo que tiene que ser!
Que el tiempo pase y que todo pase con el tiempo
no tiene nada que ver con la «cura». Es el proceso,
es el cambio, es la arruga del tiempo: eso es lo que pasa.
Empeñarte en cambiar tu compás natural
es sacar de su quicio a tu propio astro. Es enfermar,
es olvidar
tu propio nombre…

Así que prefiero entregarme a la extraña certeza
de que la aurora siempre llega a su cita,
y me salva, en las últimas, una y otra vez,
con sus labios de carmín.

Y me adentro, entonces, en las oquedades de mi gruta
y acaricio con delicadeza
las gotas del deshielo de mis agujas de luz,
y unto mis yemas en la arcilla de lo que fui,
y pinto caballos y bisontes salvajes,
y marco las huellas de mis manos
en las cúpulas de calcio,
para así poder recordar
—la próxima vez que me visite—
que yo
estuve allí.


Que yo, a pesar de mi frío,
siempre quise y querré
ser feliz.

Kalkbadan
Madrid, 27 de abril de 2024
 
Última edición:
FRÍO

En otoño y en invierno suelen preguntarme
por qué voy tan fresco por la calle.
Me excuso, entonces, con que soy medio vikingo
y medio burgalés.
Pero la respuesta termodinámicamente honesta sería
que para qué me voy a cubrir
si tengo una ventisca siberiana
atravesando el yermo de mi pecho.
Un frío siberiano para el que el frío madrileño
no es más un Veranillo de San Martín.
Pero este regusto de la gente por saber acerca
de la conducta íntima de los otros no termina aquí.
En primavera y en verano me preguntan, también,
que de dónde vengo tan sudado,
y suelo contestar que tiene traza de ser hormonal.
Que se trata de sudores propios de mi edad,
la edad en la que uno se convierte
en ese aguacate que se pide para hoy,
en ese «córtame el verde del puerro»,
en ese «qué caro está el tomate para no saber a nada»,
o en ese jazmín andaluz que agoniza en tu balcón.
Pero la respuesta adecuada sería aludir al fenómeno físico
por el que se te empaña el espejo de tu cuarto baño,
al ser tú mismo la fuente causal
que alimenta —desde adentro—
el frío del espejo.

Siempre, siempre, tuve una capa de frío
inserta en algún páramo perdido entre mi piel
y mis tejidos internos.

Se trata de una capa similar al celofán, fría y dura
como la epidermis de la cebolla metamórfica
que se fragua en mi nevera.
Una corteza quiescente,
una pompa de frío interna que tiembla
con la cualidad inquietante
de una latencia invernal que amenaza con provocar
un paro cardiaco a la primavera.
Y una vez el invierno inicia su expolio
la agazapada muselina de mi burbuja azul estalla
y se propaga hacia adentro
grapando en mis órganos de dolor
un jodido patrón de interferencia;
unos barrotes que encarcelan en lo más hondo de mí
una tristeza de la que ya no puedo escapar.
Y este helor napoleónico avanza, también, hacia afuera,
en una sucesión de banquisas
que intimidan con sus filos los contornos de mi piel.

El periodo glacial ha sido consumado.

Me siento como una matrioshka que un niño lapón
dejó desarmada sobre el manto de nieve que cubre su jardín.
Y no se me ocurre moverme ni un puto milímetro
no fuera a ser que me desguace, definitivamente,
por dentro. Y afuera, claro que sí, el mundo sigue girando
y la gente se ríe, se emborracha y comparte sus anécdotas,
mientras yo aprieto fuertemente la mandíbula como aquel niño
con la granada en la mano en Central Park.

El problema de este marasmo orgánico,
de esta jodida hibernación criogénica,
es que detiene por completo el entrelazamiento
de los átomos que traban mi ser,
y comienza la conspiración interna de mi rebaño:
una política cuántica de recelo, rencor, distancia y olvido.
Y me convierto así en un caldo atómico sin calentar,
y en el que flotan ridículos los brotes verdes de mi vida
sobre la carne cruda y trinchada de mi ser.

Pero con el tiempo siempre asoman por el horizonte
—al menos hasta la fecha—
las trenzas de una luz nueva
que poco a poco van caldeando mi caverna.
Pero no es que el tiempo cure nada:
¡es el devenir natural!, ¡es lo que tiene que ser!
Que el tiempo pase y que todo pase con el tiempo
no tiene nada que ver con la «cura». Es el proceso,
es el cambio, es la arruga del tiempo: eso es lo que pasa.
Empeñarte en cambiar tu compás natural
es sacar de su quicio a tu propio astro. Es enfermar,
es olvidar
tu propio nombre…

Así que prefiero entregarme a la extraña certeza
de que la aurora siempre llega a su cita
y me salva, en las últimas, otra vez, con sus labios de carmín.

Y me adentro, entonces, en las oquedades de mi caverna
y acaricio con delicadeza
las gotas del deshielo de mis carámbanos de luz
y unto mis yemas en la arcilla de lo que fui,
y pinto caballos y bisontes salvajes,
y marco las huellas de mis manos
en las cúpulas de calcio,
para así poder recordar
—la próxima vez que me visite—
que yo
estuve allí.


Que yo, a pesar de mi frío,
siempre quise y querré
ser feliz.

Kalkbadan
Madrid, 27 de abril de 2024
Debemos y queremos ser feliz.
Dulce poesía.

Saludos
 
FRÍO

En otoño y en invierno suelen preguntarme
por qué voy tan fresco por la calle.
Me excuso, entonces, con que soy medio vikingo
y medio burgalés.
Pero la respuesta termodinámicamente honesta sería
que para qué me voy a cubrir
si tengo una ventisca siberiana
atravesando el yermo de mi pecho.
Un frío siberiano para el que el frío madrileño
no es más un Veranillo de San Martín.
Pero este regusto de la gente por saber acerca
de la conducta íntima de los otros no termina aquí.
En primavera y en verano me preguntan, también,
que de dónde vengo tan sudado,
y suelo contestar que tiene traza de ser hormonal.
Que se trata de sudores propios de mi edad,
la edad en la que uno se convierte
en ese aguacate que se pide para hoy,
en ese «córtame el verde del puerro»,
en ese «qué caro está el tomate para no saber a nada»,
o en ese jazmín andaluz que agoniza en tu balcón.
Pero la respuesta adecuada sería aludir al fenómeno físico
por el que se te empaña el espejo de tu cuarto baño,
al ser tú mismo la fuente causal
que alimenta —desde adentro—
el frío del espejo.

Siempre, siempre, tuve una capa de frío
inserta en algún páramo perdido entre mi piel
y mis tejidos internos.

Se trata de una capa similar al celofán, fría y dura
como la epidermis de la cebolla metamórfica
que se fragua en mi nevera.
Una corteza quiescente,
una pompa de frío interna que tiembla
con la cualidad inquietante
de una latencia invernal que amenaza con provocar
un paro cardiaco a la primavera.
Y una vez el invierno inicia su expolio
la agazapada muselina de mi burbuja azul estalla
y se propaga hacia adentro
grapando en mis órganos de dolor
un jodido patrón de interferencia;
unos barrotes que encarcelan en lo más hondo de mí
una tristeza de la que ya no puedo escapar.
Y este helor napoleónico avanza, también, hacia afuera,
en una sucesión de banquisas
que intimidan con sus filos los contornos de mi piel.

El periodo glacial ha sido consumado.

Me siento como una matrioshka que un niño lapón
dejó desarmada sobre el manto de nieve que cubre su jardín.
Y no se me ocurre moverme ni un puto milímetro
no fuera a ser que me desguace, definitivamente,
por dentro. Y afuera, claro que sí, el mundo sigue girando
y la gente se ríe, se emborracha y comparte sus anécdotas,
mientras yo aprieto fuertemente la mandíbula como aquel niño
con la granada en la mano en Central Park.

El problema de este marasmo orgánico,
de esta jodida hibernación criogénica,
es que detiene por completo el entrelazamiento
de los átomos que traban mi ser,
y comienza la conspiración interna de mi rebaño:
una política cuántica de recelo, rencor, distancia y olvido.
Y me convierto así en un caldo atómico sin calentar,
y en el que flotan ridículos los brotes verdes de mi vida
sobre la carne cruda y trinchada de mi ser.

Pero con el tiempo siempre asoman por el horizonte
—al menos hasta la fecha—
las trenzas de una luz nueva
que poco a poco van caldeando mi caverna.
Pero no es que el tiempo cure nada:
¡es el devenir natural!, ¡es lo que tiene que ser!
Que el tiempo pase y que todo pase con el tiempo
no tiene nada que ver con la «cura». Es el proceso,
es el cambio, es la arruga del tiempo: eso es lo que pasa.
Empeñarte en cambiar tu compás natural
es sacar de su quicio a tu propio astro. Es enfermar,
es olvidar
tu propio nombre…

Así que prefiero entregarme a la extraña certeza
de que la aurora siempre llega a su cita
y me salva, en las últimas, otra vez, con sus labios de carmín.

Y me adentro, entonces, en las oquedades de mi caverna
y acaricio con delicadeza
las gotas del deshielo de mis carámbanos de luz
y unto mis yemas en la arcilla de lo que fui,
y pinto caballos y bisontes salvajes,
y marco las huellas de mis manos
en las cúpulas de calcio,
para así poder recordar
—la próxima vez que me visite—
que yo
estuve allí.


Que yo, a pesar de mi frío,
siempre quise y querré
ser feliz.

Kalkbadan
Madrid, 27 de abril de 2024
¡Maravilla!, lo leo y lo vuelvo a leer y me vuelve a encantar. Pues te diré que igual, a mí siempre me reclaman que no uso suéter, que ellos se mueren de frío y yo no sé que contestar, hasta siento culpa, pero en el carro siempre uso el aire acondicionado aunque la temperatura marque 17 centígrados. Cosas del metabolismo. Siempre un placer leerte.
 
¡Maravilla!, lo leo y lo vuelvo a leer y me vuelve a encantar. Pues te diré que igual, a mí siempre me reclaman que no uso suéter, que ellos se mueren de frío y yo no sé que contestar, hasta siento culpa, pero en el carro siempre uso el aire acondicionado aunque la temperatura marque 17 centígrados. Cosas del metabolismo. Siempre un placer leerte.
¡Luciana! Sí, compañera, un poema para «esa edad». Un verdadero gusto saberte por estas letras.
Un abrazo fuerte, poeta.
 

MundoPoesía se mantiene gracias a la publicidad y al apoyo de nuestros Mecenas.

✦ Hazte Mecenas

Sin publicidad · Blog propio · Apoya la poesía en español

Atrás
Arriba