Asklepios
Incinerando envidias
Fue llegado el crepúsculo, que sus huellas
fueron desnudándose despacio, como si
negociaran un misterio, mientras se defendían
de cualquier posible ficción.
Atentas y muy educadas, embarcaron,
todas en fila, mientras vigilaban la inmovilidad
de lo que sería ya, su silencio eterno.
Todo argumento, seguramente, quedaría tatuado
como historia dentro de un camino, -el suyo-,
del que jamás imaginaron que podrían ver su final.
Para no adelantar acontecimientos, optaron por
esperar y seguir observando hasta saber cuál
iba a ser el final, que comenzó a ofrecerse
lleno de esa debilidad de los últimos
murmullos, previos a la interminable deriva
de toda existencia, que es convertida, desde
instantes como aquel, y para siempre, en el
vestigio de su esencia impersonal.
fueron desnudándose despacio, como si
negociaran un misterio, mientras se defendían
de cualquier posible ficción.
Atentas y muy educadas, embarcaron,
todas en fila, mientras vigilaban la inmovilidad
de lo que sería ya, su silencio eterno.
Todo argumento, seguramente, quedaría tatuado
como historia dentro de un camino, -el suyo-,
del que jamás imaginaron que podrían ver su final.
Para no adelantar acontecimientos, optaron por
esperar y seguir observando hasta saber cuál
iba a ser el final, que comenzó a ofrecerse
lleno de esa debilidad de los últimos
murmullos, previos a la interminable deriva
de toda existencia, que es convertida, desde
instantes como aquel, y para siempre, en el
vestigio de su esencia impersonal.