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Fueron tantas las horas que pasó su sangre sin palpitar, que el sueño eterno le fue ofrecido. Él, incómodo, se negó tan sólo por fastidiar. Mientras tanto, no dejó de reclamar ese sabor lento y espeso, que la sangre coagulada tiene.
Fueron tantas las horas que pasó su sangre sin palpitar, que el sueño eterno le fue ofrecido. Él, incómodo, se negó tan sólo por fastidiar. Mientras tanto, no dejó de reclamar ese sabor lento y espeso, que la sangre coagulada tiene.