Javier Alánzuri
Poeta que considera el portal su segunda casa
Recuerdo el día en que dejé de ser niño
para convertirme en adolescente.
Fue un paso cruel dejar aquel mundo,
ese manantial en la montaña,
ese mágico y eterno amanecer
con todo por descubrir.
Dudé mucho, pero al final fui un cobarde,
no quise ser el hazmerreír,
ni un alienígena para los adultos,
ya había sumado demasiados puntos
para ser el “tonto” del barrio.
Lo recuerdo con nitidez,
el paso definitivo sin vuelta atrás
que debía dar sí o sí
para no llamar la atención.
No me gustaba nada la manera de pensar,
ni cómo debía comportarme para ser aceptado
en mi próxima parada, la adolescencia.
Veía pinceladas de maldad sin venir a cuento,
una especie de halitosis pos-infantil en los recién llegados,
pero cómodamente establecidos,
que encontraba repugnante, sin sentido.
En un instante, me inmolé y fui uno más,
sin cesar de repetirme que no olvidara nunca, nunca,
la candidez y emoción que sentía nadando
en las aguas de montaña que abandonaba.
En las siguientes paradas
solamente he hallado
halitosis más pronunciadas
que, muy lentamente,
han ido tupiendo el sendero
que conduce al manantial.
Última edición: