Francisca Amuy
Poeta recién llegado
Cuellos estirándose al son de cada sollozo,
ansiando ver aquel rostro roto
por esa pena que no cabe en el cuerpo.
Vertiente infinitas de miradas morbosas.
Masoquistas ritos que sin contemplación,
de las piernas hechas papel y de los brazos pesando como plomo,
obligan a soportar de pie aquellos consuelos estériles
para aquel dolor que no se puede llorar.
La muerte y la maldad coludidas en un mismo negro,
vestidas con el mismo saco,
Y una lluvia de sinsentidos regando un afecto estéril
por una flor que no fue alabada, hasta que fue marchita.
Y mientras la fiesta se va vistiendo de hipocresía;
unos oídos sangran por cada palabra que no escucharon,
huesos se rompen al colisionar con ese silencio eterno.
ansiando ver aquel rostro roto
por esa pena que no cabe en el cuerpo.
Vertiente infinitas de miradas morbosas.
Masoquistas ritos que sin contemplación,
de las piernas hechas papel y de los brazos pesando como plomo,
obligan a soportar de pie aquellos consuelos estériles
para aquel dolor que no se puede llorar.
La muerte y la maldad coludidas en un mismo negro,
vestidas con el mismo saco,
Y una lluvia de sinsentidos regando un afecto estéril
por una flor que no fue alabada, hasta que fue marchita.
Y mientras la fiesta se va vistiendo de hipocresía;
unos oídos sangran por cada palabra que no escucharon,
huesos se rompen al colisionar con ese silencio eterno.