Nada Vratovic
Poeta recién llegado
El Árbol de la Vida se alza sobre una colina de basura, abonado con bolsas de plástico chorreantes que hacen de hamaca para larvas y ramilletes de hongos. Los ojos de la corteza se han llenado de conjuntivitis al inhalar los vapores pútridos que serpentean desde las raíces, asfixiadas, hasta la copa. Las ramas tiemblan, impregnadas de cáncer y venéreas, y a duras penas señalan los puntos cardinales para que el mundo no pierda el Norte.
Es Atlas castigado, es Dafne huyendo de la arrogancia puntiaguda de Apolo, el Ángel caído en desgracia y todas las historias exprimidas en el arte que ahora cuelgan como cecina seca.
Los frutos de este Árbol, por supuesto, son nidos de bacterias dormidas. Algún día despertarán en pandemias, como la Peste o el Tifus. Pero aún se acurrucan tiernamente unas junto a otras; no son más que fetos soñando masacres.
El Árbol es un eunuco reciente. Hubo un tiempo en que en sus órganos hermafroditas se gestaban mundos y criaturas, frutos de conocimiento, dioses y odas. El compendio de su creación lo castró. NOSOTROS lo castramos. Y lo untamos con heces y envidias, grabamos nuestras iniciales en cada hueco hasta que la savia sangrienta se endureció en una costra gruesa y pestilente.
¡Con qué ensañamiento disfrutamos esta humillación del Padre, de la Fuente, de la Virgen Primigenia! Sin saber… que sus raíces debían sujetar al Mundo sobre lo Innombrable que abre sus fauces, babeando y masturbándose, ante el manjar que cada vez se tambalea más.
Es Atlas castigado, es Dafne huyendo de la arrogancia puntiaguda de Apolo, el Ángel caído en desgracia y todas las historias exprimidas en el arte que ahora cuelgan como cecina seca.
Los frutos de este Árbol, por supuesto, son nidos de bacterias dormidas. Algún día despertarán en pandemias, como la Peste o el Tifus. Pero aún se acurrucan tiernamente unas junto a otras; no son más que fetos soñando masacres.
El Árbol es un eunuco reciente. Hubo un tiempo en que en sus órganos hermafroditas se gestaban mundos y criaturas, frutos de conocimiento, dioses y odas. El compendio de su creación lo castró. NOSOTROS lo castramos. Y lo untamos con heces y envidias, grabamos nuestras iniciales en cada hueco hasta que la savia sangrienta se endureció en una costra gruesa y pestilente.
¡Con qué ensañamiento disfrutamos esta humillación del Padre, de la Fuente, de la Virgen Primigenia! Sin saber… que sus raíces debían sujetar al Mundo sobre lo Innombrable que abre sus fauces, babeando y masturbándose, ante el manjar que cada vez se tambalea más.