BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
En esos desolados andenes
todavía deambula la gitana
que apareció de la nada, echándonos
una cruel mirada, luego de estirarse
solemne y metódica como una fiera
en su nocturna jaula. Nos echó también
las cartas, aquella humilde anciana
dictaminó nuestro secreto destino, con
tan solo un naipe y una burda ojeada.
Éramos por aquel entonces viajeros
de la madrugada, extemporáneos y a risotadas,
cargábamos ya con pesados fardos a las espaldas,
menospreciando a nuestros doctos profesores, sin
advertir que la escuela de la calle, nos informaba
como tales. Reíamos, queríamos reír, con grandes
risotadas. La vida fue haciéndose un hueco, como
una cobarde madrastra, empecinada en absorber
la última de nuestras llamaradas. Camaradas
de un bote que naufraga, no supimos ver las consecuencias
de nuestras acciones, el adulterio era para nosotros
un juego de chiquillos que inician su vida en la oscuridad
de los andenes y la madrugada. Buscando un tesoro
hallamos el desprecio de todos, o de casi todos.
No pudimos por mucho tiempo, nadar contracorriente,
pues el frío era intenso cuando abandonamos el mar.
Entre miradas de gélido desprecio, y de huellas disecadas,
de letras escarlatas y sumergidas caras, preferimos el olvido.
©
todavía deambula la gitana
que apareció de la nada, echándonos
una cruel mirada, luego de estirarse
solemne y metódica como una fiera
en su nocturna jaula. Nos echó también
las cartas, aquella humilde anciana
dictaminó nuestro secreto destino, con
tan solo un naipe y una burda ojeada.
Éramos por aquel entonces viajeros
de la madrugada, extemporáneos y a risotadas,
cargábamos ya con pesados fardos a las espaldas,
menospreciando a nuestros doctos profesores, sin
advertir que la escuela de la calle, nos informaba
como tales. Reíamos, queríamos reír, con grandes
risotadas. La vida fue haciéndose un hueco, como
una cobarde madrastra, empecinada en absorber
la última de nuestras llamaradas. Camaradas
de un bote que naufraga, no supimos ver las consecuencias
de nuestras acciones, el adulterio era para nosotros
un juego de chiquillos que inician su vida en la oscuridad
de los andenes y la madrugada. Buscando un tesoro
hallamos el desprecio de todos, o de casi todos.
No pudimos por mucho tiempo, nadar contracorriente,
pues el frío era intenso cuando abandonamos el mar.
Entre miradas de gélido desprecio, y de huellas disecadas,
de letras escarlatas y sumergidas caras, preferimos el olvido.
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