José Valverde Yuste
Poeta que considera el portal su segunda casa
Amarradas las palabras, la lengua muda,
deshechas las reliquias,
avanzando de costado,
sobre la frente un surco marcado.
Este lobo estepario tejiendo los milagros inconclusos,
sacrificando el tiempo y las horas,
sobreviviendo con sus manos al destino
sobre ascuas va caminando.
Lleva como bandera una ráfaga de viento,
y su batallón son las nubes grises
viajeras de las cordilleras,
y al cansarse sobre ellas se acuestan.
Tú, hombre inconforme, desolado, cabizbajo,
deambulas con el futuro entre tus cejas,
la diosa fortuna circula por la vereda vecina,
y el río ya no suena se ha congelado.
Tú, caballero andante,
de la estirpe noble de los olvidados,
caminas descalzo
y sobre tu hombro un pesado arado.
Eres pasto en la pradera,
la espina de las rosas,
el camino sinuoso de los atentados,
ser desheredado de una tierra
de opulencia, mal asignada.
Emigrante del futuro,
sobre tu cuello cadenas de martirio,
tu piel reseca marcada con las arrugas
del pecado de los hombres de bien,
cuyas almas no se inmutan a tu paso.
Árbol muerto, pasto de la llama inmisericorde,
según dicen, de los destinos de la tierra.
Pero yo pienso que lo tuyo,
lo que te pertenece hay otro lobo,
éste más hambriento,
que te ha dejado hasta sin restos de despojos.
Por eso, ¡oh dios!
porque perecen antes los buenos
que los carroñeros
dignos inquilinos del infierno.