Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Este cuerpo no es solo carne.
Es un mapa que aprendí a leer tarde.
Aquí… en el pecho, hay lugares donde algo se quedó a vivir aunque ya no exista.
Y más abajo… hay zonas que no toco porque todavía recuerdan demasiado.
He cargado este cuerpo como quien carga una historia que no termina de entender.
Lo he exigido.
Lo he callado.
Lo he empujado a quedarse cuando todo en él quería irse.
Y aun así… ha respondido.
Siempre responde
Hay memoria en los hombros.
En la forma en que se tensan cuando el mundo pesa más de lo que digo.
Hay cansancio en las manos, en lo que soltaron y en lo que nunca supieron sostener.
Y hay deseo…
sí, hay deseo, pero no como lo cuentan.
No es una urgencia.
No es conquista.
Es una corriente que sube lentamente, se instala, recorre sin pedir permiso y me recuerda que sigo aquí.
Este cuerpo ha sido territorio.
Lo han habitado miradas, lo han cruzado ausencias, lo han marcado palabras que no se ven pero se sienten.
Y yo… yo también lo he traicionado.
Cuando no lo escucho.
Cuando le pido más de lo que puede.
Cuando lo uso como si no fuera mío.
Pero hay días…
días en que me detengo y lo reconozco.
En la respiración.
En el peso exacto de estar vivo.
En esa breve calma en la que no tengo que demostrar nada.
Entonces entiendo…
que este cuerpo no es lo que muestro, ni lo que otros leen, ni lo que el tiempo desgasta.
Es lo único que nunca se fue.
El único lugar donde todo lo que fui sigue existiendo sin pedir permiso.
Y tal vez…
el único espacio donde todavía puedo volver a empezar.
Es un mapa que aprendí a leer tarde.
Aquí… en el pecho, hay lugares donde algo se quedó a vivir aunque ya no exista.
Y más abajo… hay zonas que no toco porque todavía recuerdan demasiado.
He cargado este cuerpo como quien carga una historia que no termina de entender.
Lo he exigido.
Lo he callado.
Lo he empujado a quedarse cuando todo en él quería irse.
Y aun así… ha respondido.
Siempre responde
Hay memoria en los hombros.
En la forma en que se tensan cuando el mundo pesa más de lo que digo.
Hay cansancio en las manos, en lo que soltaron y en lo que nunca supieron sostener.
Y hay deseo…
sí, hay deseo, pero no como lo cuentan.
No es una urgencia.
No es conquista.
Es una corriente que sube lentamente, se instala, recorre sin pedir permiso y me recuerda que sigo aquí.
Este cuerpo ha sido territorio.
Lo han habitado miradas, lo han cruzado ausencias, lo han marcado palabras que no se ven pero se sienten.
Y yo… yo también lo he traicionado.
Cuando no lo escucho.
Cuando le pido más de lo que puede.
Cuando lo uso como si no fuera mío.
Pero hay días…
días en que me detengo y lo reconozco.
En la respiración.
En el peso exacto de estar vivo.
En esa breve calma en la que no tengo que demostrar nada.
Entonces entiendo…
que este cuerpo no es lo que muestro, ni lo que otros leen, ni lo que el tiempo desgasta.
Es lo único que nunca se fue.
El único lugar donde todo lo que fui sigue existiendo sin pedir permiso.
Y tal vez…
el único espacio donde todavía puedo volver a empezar.
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