Nýcolas
Poeta asiduo al portal
¿Revolución? Es difícil creer, no pensar, que cada una de esas pequeñas cabecitas puedan llegar a entender intrínsecamente un concepto en su profundidad.
Un concepto que vale oro entre los dioses. ¿Se enojarán los dioses si nos dan una pizca de su oro a nosotros? Sin nadar en cuestiones escépticas, no lo creo; si no se han enojado hasta entonces, no lo harán luego.
Distintas grandes personalidades a través de todo el mundo y de todas épocas, ya nos han iluminado con sus peculiares genialidades. ¿Y qué de nuestro hoy? Las generaciones se renuevan como piel de serpiente y los cazadores de las escurridizas, creadores de la sucia y manoseada balanza de estaño, hacen lo posible y lo "imposible" para mantener un equilibrio oculto, deshonrado y totalmente egoísta, por sobre todas las cosas, de un sistema embalsamado en vánidas avaricias.
Los ingénuos gusanos nacen como águilas entre pollitos en una sistemática cuna de codicia, o una codicia sistemática de cuna. Creen no tener las fuerzas ni la inteligencia ni la voluntad para romper el gran espejo paradigmático... ven a los paradigmas tal y como un soñador ve el cielo celeste, o tal y como un feroz carnívoro ve la carne. Todos saben abrir los ojos... pero entonces ¿por qué no los abren? La revelación del fuero interno es un universo, limitado o ilimitado, un universo es un universo, y por el momento: ilimitado, infinito. Tal y como la nada misma.
Los gusanos creen en los detalles más absurdos... e incluso se ven ellos mismos como a un detalle, por eso suelen creer en ellos mismos también; pero, quienes no se ven como a un detalle... creen en tonterías mínimas que se encuentran dentro de dos grandes bolsas: política y religión, y otra bolsa hija de las dos anteriores: la moral. Sin embargo, no creen en ellos mismos.
Cuando los dioses caígan, el humano que era soñado hasta entonces por ellos caerá también. Los otros, los suprahumanos, los dueños de su conciencia, de su inteligencia, de sus sentimientos, de su voluntad para todo ello, prevalecerán.
Los genios que ya no están iluminaron con una luz jamás vista al mundo, enriquecieron de rojas manzanas el árbol de la vida: el arte; y aún hoy nos deslumbran. Cada uno de ellos, desde un rincón, dominaban la esencia que como gran viento viajero recorría todos los valles del planeta. El antaño se perla de frágiles lágrimas al ver sonreír a la nostalgia. El hogaño yace frío y a la espera, acompañado del flemático sosiego, del gran día que apenas vislumbra.
No sabemos cuando nos puede sorprender, el gran día puede cualquier día nacer. Se muere por nacer. No obstante se podría saber, cuando el gran día podría nacer, ya que está en nosotros el deber motivado de hacerlo nacer.
Los genios con sus espadas aguardan desde las sombras, desdes sus rincones, desde el inframundo. Viendo, no contemplando, como los glotones idiotas perecen en el supramundo. Ellos, tienen cosas que realmente merecen ser contempladas, para nada algo superfluo. Mientras que los otros, ni damas, ni caballeros, llenan su barriga, se reproducen como gérmenes y creen vivir la vida, o al menos eso dicen los resignados zombies, en su presente sin futuro: penosos y lamentables suicidas.
Resignarse o no resignarse; tienen ya todos fantásticas herramientas mágicas y marravillosas creadas por humanos..., porque los viejos genios fueron humanos en su cuerpo, y hoy lo son, tal vez, en su ente. Sin embargo el progreso no es más que una simple palabra de diccionario mal usado. ¡Qué lástima!
¿Tan poco vale la vida? ¿Tan poco vale la muerte? No hace falta tener los ojos de la bella princesa Nammu para ver ciertas respuestas. ¡Claro que no! Y una vez que el gran día nazca, los que queden, los que quedemos, deberemos cuidar ese gran día, protegerlo y amamantarlo... para que crezca sano y fuerte. Así luego, crearemos nosotros un nuevo sueño, nos imaginaremos y volveremos a soñar, dentro de nosotros mismos. Como siempre, fue y debería de haber sido.
Mientras tanto... ¡Al averno!
[el 02 junio 2010]
Un concepto que vale oro entre los dioses. ¿Se enojarán los dioses si nos dan una pizca de su oro a nosotros? Sin nadar en cuestiones escépticas, no lo creo; si no se han enojado hasta entonces, no lo harán luego.
Distintas grandes personalidades a través de todo el mundo y de todas épocas, ya nos han iluminado con sus peculiares genialidades. ¿Y qué de nuestro hoy? Las generaciones se renuevan como piel de serpiente y los cazadores de las escurridizas, creadores de la sucia y manoseada balanza de estaño, hacen lo posible y lo "imposible" para mantener un equilibrio oculto, deshonrado y totalmente egoísta, por sobre todas las cosas, de un sistema embalsamado en vánidas avaricias.
Los ingénuos gusanos nacen como águilas entre pollitos en una sistemática cuna de codicia, o una codicia sistemática de cuna. Creen no tener las fuerzas ni la inteligencia ni la voluntad para romper el gran espejo paradigmático... ven a los paradigmas tal y como un soñador ve el cielo celeste, o tal y como un feroz carnívoro ve la carne. Todos saben abrir los ojos... pero entonces ¿por qué no los abren? La revelación del fuero interno es un universo, limitado o ilimitado, un universo es un universo, y por el momento: ilimitado, infinito. Tal y como la nada misma.
Los gusanos creen en los detalles más absurdos... e incluso se ven ellos mismos como a un detalle, por eso suelen creer en ellos mismos también; pero, quienes no se ven como a un detalle... creen en tonterías mínimas que se encuentran dentro de dos grandes bolsas: política y religión, y otra bolsa hija de las dos anteriores: la moral. Sin embargo, no creen en ellos mismos.
Cuando los dioses caígan, el humano que era soñado hasta entonces por ellos caerá también. Los otros, los suprahumanos, los dueños de su conciencia, de su inteligencia, de sus sentimientos, de su voluntad para todo ello, prevalecerán.
Los genios que ya no están iluminaron con una luz jamás vista al mundo, enriquecieron de rojas manzanas el árbol de la vida: el arte; y aún hoy nos deslumbran. Cada uno de ellos, desde un rincón, dominaban la esencia que como gran viento viajero recorría todos los valles del planeta. El antaño se perla de frágiles lágrimas al ver sonreír a la nostalgia. El hogaño yace frío y a la espera, acompañado del flemático sosiego, del gran día que apenas vislumbra.
No sabemos cuando nos puede sorprender, el gran día puede cualquier día nacer. Se muere por nacer. No obstante se podría saber, cuando el gran día podría nacer, ya que está en nosotros el deber motivado de hacerlo nacer.
Los genios con sus espadas aguardan desde las sombras, desdes sus rincones, desde el inframundo. Viendo, no contemplando, como los glotones idiotas perecen en el supramundo. Ellos, tienen cosas que realmente merecen ser contempladas, para nada algo superfluo. Mientras que los otros, ni damas, ni caballeros, llenan su barriga, se reproducen como gérmenes y creen vivir la vida, o al menos eso dicen los resignados zombies, en su presente sin futuro: penosos y lamentables suicidas.
Resignarse o no resignarse; tienen ya todos fantásticas herramientas mágicas y marravillosas creadas por humanos..., porque los viejos genios fueron humanos en su cuerpo, y hoy lo son, tal vez, en su ente. Sin embargo el progreso no es más que una simple palabra de diccionario mal usado. ¡Qué lástima!
¿Tan poco vale la vida? ¿Tan poco vale la muerte? No hace falta tener los ojos de la bella princesa Nammu para ver ciertas respuestas. ¡Claro que no! Y una vez que el gran día nazca, los que queden, los que quedemos, deberemos cuidar ese gran día, protegerlo y amamantarlo... para que crezca sano y fuerte. Así luego, crearemos nosotros un nuevo sueño, nos imaginaremos y volveremos a soñar, dentro de nosotros mismos. Como siempre, fue y debería de haber sido.
Mientras tanto... ¡Al averno!
[el 02 junio 2010]