BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Piso terrazos húmedos,
descansillos otrora concurridos,
deslizo pies y alma por crucifijos muertos,
por sacristías atestadas de roedores.
Transito por avejentadas ruinas, abrazaderas metálicas
oxidadas, compasiones derribadas, músculos de mejillas
inquietas y ruborizadas. Veo
el resplandor en algún azulejo distante,
la calma escombrera de tropecientos alumnos,
chimeneas atusadas con el aroma de leños de casa
traídos, periódicos solemnes añadiendo zumo y misterio
al día, concatenaciones de risas, de palabras, de territorios
velados, prohibidos. Delantales con sucias manos arcillosas
estampadas. Siluetas delgadas de peces sueltos, de barros cocidos,
de alfarerías traicionadas. Toco la raíz y el grano, el bocio y el piojo,
el muérdago incognoscible, la marea de torpes granos agrícolas.
Aviones llegados de lejos que ocuparon mi fantasía infantil, forjas
de amor y utensilios del odio, experimentados y atroces
sistemas de canalización antigua. El agua lenta de los días.
El charco roto de las desilusiones. La mano a veces amiga.
Estrellas de raso, campeonatos de ajedrez, quietas torres,
alfiles competidores. Gusto del agua ajena, del agua protuberante,
de la fila de demonios que acampaba cerca de mi imperio.
Y una tristeza como de rubia moneda, de destello exigente,
de alegría consabida, de uniforme sobrio y elegante, de cántico
a las afueras del alba. La adolescencia y sus puños, sus derivaciones,
sus rebeldías grandes, sus bigotes despeñados y sucios.
El terror del deseo. La consumación esporádica del sexo.
Luego, las plantas, los hombros, las espaldas anchas,
las risas y los álamos al fondo, imperturbables centinelas
en la noche, como grandes sacos de pasiones tirados sobre esteras,
los retiros espirituales, las conversaciones lunáticas, los altos
desfiladeros con muslos y sueños y alfanjes y damas altivas.
Y mi noche, y la mañana, y el perfume, y los días sangrientos,
y las amenazas territoriales: hasta aquí, larga lengua
desenrollada sin mandobles de reloj.
©
descansillos otrora concurridos,
deslizo pies y alma por crucifijos muertos,
por sacristías atestadas de roedores.
Transito por avejentadas ruinas, abrazaderas metálicas
oxidadas, compasiones derribadas, músculos de mejillas
inquietas y ruborizadas. Veo
el resplandor en algún azulejo distante,
la calma escombrera de tropecientos alumnos,
chimeneas atusadas con el aroma de leños de casa
traídos, periódicos solemnes añadiendo zumo y misterio
al día, concatenaciones de risas, de palabras, de territorios
velados, prohibidos. Delantales con sucias manos arcillosas
estampadas. Siluetas delgadas de peces sueltos, de barros cocidos,
de alfarerías traicionadas. Toco la raíz y el grano, el bocio y el piojo,
el muérdago incognoscible, la marea de torpes granos agrícolas.
Aviones llegados de lejos que ocuparon mi fantasía infantil, forjas
de amor y utensilios del odio, experimentados y atroces
sistemas de canalización antigua. El agua lenta de los días.
El charco roto de las desilusiones. La mano a veces amiga.
Estrellas de raso, campeonatos de ajedrez, quietas torres,
alfiles competidores. Gusto del agua ajena, del agua protuberante,
de la fila de demonios que acampaba cerca de mi imperio.
Y una tristeza como de rubia moneda, de destello exigente,
de alegría consabida, de uniforme sobrio y elegante, de cántico
a las afueras del alba. La adolescencia y sus puños, sus derivaciones,
sus rebeldías grandes, sus bigotes despeñados y sucios.
El terror del deseo. La consumación esporádica del sexo.
Luego, las plantas, los hombros, las espaldas anchas,
las risas y los álamos al fondo, imperturbables centinelas
en la noche, como grandes sacos de pasiones tirados sobre esteras,
los retiros espirituales, las conversaciones lunáticas, los altos
desfiladeros con muslos y sueños y alfanjes y damas altivas.
Y mi noche, y la mañana, y el perfume, y los días sangrientos,
y las amenazas territoriales: hasta aquí, larga lengua
desenrollada sin mandobles de reloj.
©