Anna Politkóvskaya
Poeta fiel al portal
El tiempo, detenido en la ventana,
refleja la congoja, el desconsuelo
de vidas amputadas, sin mañana.
A un niño, que entre llantos va del cielo
a un mundo de posguerra y dictadura,
le espera el pie terrible, el frío suelo.
Comienza sobre alambres y amargura
su andar por la existencia en plena noche,
sujeto ya a puyadas con factura.
Sus huesos son de vidrio y, sin derroche,
succiona el agua blanca de una teta
vacía y dolorida con reproche.
La casa, que no es casa, es una grieta,
un agujero gélido y malsano,
de rejas, frío y hambre está repleta.
La madre, ahora presa, intenta -¿en vano?-
que el hijo neonato no se muera
y exprime fuertemente con la mano
sus pechos, que vacíos -no hay manera-
le niegan a su hijo el dulce jugo
que engañe, de momento, a la embustera
que quiere a toda costa ser verdugo
del hálito incipiente sin tardanza.
Aliada de un poder que impone el yugo
y humilla al derrotado con su lanza,
decide que es la madre la cruel parca
el tema de su próxima venganza.
En una negra noche el rojo abarca
la tierra, el cielo entero y su lamento:
Un rayo criminal deja su marca
y corta el amoroso filamento
de un niño que, robado, va olvidando
quién fue la que le daba el alimento.
Han sido muchos años navegando
por aguas tenebrosas, pero lentas,
sin atisbar el fin a tan nefando
delito cometido por sangrientas
conjuras de asonadas con sotana.
El niño que fue víctima de afrentas
-ya un hombre reflejado en la ventana-,
derrama su desgarro por la historia
que quiere ver la luz de la mañana,
que busca su lugar en la memoria.
refleja la congoja, el desconsuelo
de vidas amputadas, sin mañana.
A un niño, que entre llantos va del cielo
a un mundo de posguerra y dictadura,
le espera el pie terrible, el frío suelo.
Comienza sobre alambres y amargura
su andar por la existencia en plena noche,
sujeto ya a puyadas con factura.
Sus huesos son de vidrio y, sin derroche,
succiona el agua blanca de una teta
vacía y dolorida con reproche.
La casa, que no es casa, es una grieta,
un agujero gélido y malsano,
de rejas, frío y hambre está repleta.
La madre, ahora presa, intenta -¿en vano?-
que el hijo neonato no se muera
y exprime fuertemente con la mano
sus pechos, que vacíos -no hay manera-
le niegan a su hijo el dulce jugo
que engañe, de momento, a la embustera
que quiere a toda costa ser verdugo
del hálito incipiente sin tardanza.
Aliada de un poder que impone el yugo
y humilla al derrotado con su lanza,
decide que es la madre la cruel parca
el tema de su próxima venganza.
En una negra noche el rojo abarca
la tierra, el cielo entero y su lamento:
Un rayo criminal deja su marca
y corta el amoroso filamento
de un niño que, robado, va olvidando
quién fue la que le daba el alimento.
Han sido muchos años navegando
por aguas tenebrosas, pero lentas,
sin atisbar el fin a tan nefando
delito cometido por sangrientas
conjuras de asonadas con sotana.
El niño que fue víctima de afrentas
-ya un hombre reflejado en la ventana-,
derrama su desgarro por la historia
que quiere ver la luz de la mañana,
que busca su lugar en la memoria.
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