Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
En la penumbra de la noche, donde las sombras susurran secretos, mi voz se quiebra en un grito que nadie escucha. Es un alarido mudo, una súplica que se ahoga en el vacío, mientras el alma se desgarra en silencio.
Las palabras se agolpan en mi garganta, queriendo escapar, pero se estrellan contra el muro de la incomprensión. Cada letra es un eco sordo, una lágrima que no llega a brotar, una herida que sangra hacia adentro.
El dolor se convierte en mi confidente, en el compañero fiel que no me abandona. Es un peso invisible que oprime el pecho, una carga que llevo en soledad, mientras el mundo sigue su curso, ajeno a mi tormento.
Quisiera romper las cadenas de este silencio, liberar el clamor que me consume, pero el miedo me ata, la duda me paraliza. Así, continúo mi camino, gritando en silencio, esperando que, algún día, alguien escuche el murmullo de mi desdicha.
Las palabras se agolpan en mi garganta, queriendo escapar, pero se estrellan contra el muro de la incomprensión. Cada letra es un eco sordo, una lágrima que no llega a brotar, una herida que sangra hacia adentro.
El dolor se convierte en mi confidente, en el compañero fiel que no me abandona. Es un peso invisible que oprime el pecho, una carga que llevo en soledad, mientras el mundo sigue su curso, ajeno a mi tormento.
Quisiera romper las cadenas de este silencio, liberar el clamor que me consume, pero el miedo me ata, la duda me paraliza. Así, continúo mi camino, gritando en silencio, esperando que, algún día, alguien escuche el murmullo de mi desdicha.