DIEGO
Poeta adicto al portal
Ven, acércate despacio. Deja caer las armas al lado de la cama, sobre el piso frío y marmolado.
Hoy, a partir de éste preciso instante, tu enemigo soy yo. Desnuda tu piel áspera y recúbrela con la violencia que reclamas. Apuesta el total de tus fuerzas en esta batalla. Yo estoy desarmado, me basta con las manos. Sé lo más agresiva que tu corazón permita. Aún no lo sabes, pero es una contienda que has perdido antes de comenzar.
¿Por qué? Conozco tus flancos débiles, tu talón de Aquiles.
¿Disfrazas tu rostro?, hazlo, el camuflaje no oculta lo que mis ojos necesitan ver.
Cuando estés lista, atácame. Con todo lo que tengas.
Ataca sin cuidado. Sin medida. No temas lastimarme.
La única defensa que usaré serán las artes del amor. Intenta acorralarme, pero no dejes tu espalda al descubierto, ni tus piernas longitudinales a mi merced. El filo de mi lengua es impiadoso, igual que la fuerza de mis labios. No tendrán contemplación en la batalla. Mis pertrechos son muchos y variados. Y mis brazos se afanan por atarte. A los campos de batalla blancos, suaves, ávidos de gemidos, que recubren la cama y tus deseos. Intenta zafar de mi dominio, lo único que lograrás serán caricias. Violentamente dulces. Desesperadamente fugaces. La revolución que provocaste no tiene vuelta atrás.
Intenta maniatarme, cuando mis manos terminen de explorar tu geografía infinita, temblorosa. Indecisa. Que pide más a gritos y se aleja. Para acercarse después desde las sombras.
Las sombras de un deseo oculto. Primigenio. Irresoluto. Voraz. Incontenible. Insoportable. El mismo que te hizo guerrillera de éste amor. El mismo que te trajo hasta mí. Y el que finalmente saciarás sin sangre, sin golpes y sin muertes.
Vas entendiendo el panorama, ya no ofreces resistencia. Estás rendida y deseosa de la estocada final.
Ahora dime, ahora que te queda un hilo de voz entre el gemido suplicante, ¿cómo quieres morir amada mía?
¿Entregada a mi cuerpo o desafiante?
Hoy, a partir de éste preciso instante, tu enemigo soy yo. Desnuda tu piel áspera y recúbrela con la violencia que reclamas. Apuesta el total de tus fuerzas en esta batalla. Yo estoy desarmado, me basta con las manos. Sé lo más agresiva que tu corazón permita. Aún no lo sabes, pero es una contienda que has perdido antes de comenzar.
¿Por qué? Conozco tus flancos débiles, tu talón de Aquiles.
¿Disfrazas tu rostro?, hazlo, el camuflaje no oculta lo que mis ojos necesitan ver.
Cuando estés lista, atácame. Con todo lo que tengas.
Ataca sin cuidado. Sin medida. No temas lastimarme.
La única defensa que usaré serán las artes del amor. Intenta acorralarme, pero no dejes tu espalda al descubierto, ni tus piernas longitudinales a mi merced. El filo de mi lengua es impiadoso, igual que la fuerza de mis labios. No tendrán contemplación en la batalla. Mis pertrechos son muchos y variados. Y mis brazos se afanan por atarte. A los campos de batalla blancos, suaves, ávidos de gemidos, que recubren la cama y tus deseos. Intenta zafar de mi dominio, lo único que lograrás serán caricias. Violentamente dulces. Desesperadamente fugaces. La revolución que provocaste no tiene vuelta atrás.
Intenta maniatarme, cuando mis manos terminen de explorar tu geografía infinita, temblorosa. Indecisa. Que pide más a gritos y se aleja. Para acercarse después desde las sombras.
Las sombras de un deseo oculto. Primigenio. Irresoluto. Voraz. Incontenible. Insoportable. El mismo que te hizo guerrillera de éste amor. El mismo que te trajo hasta mí. Y el que finalmente saciarás sin sangre, sin golpes y sin muertes.
Vas entendiendo el panorama, ya no ofreces resistencia. Estás rendida y deseosa de la estocada final.
Ahora dime, ahora que te queda un hilo de voz entre el gemido suplicante, ¿cómo quieres morir amada mía?
¿Entregada a mi cuerpo o desafiante?