Gula

Nada Vratovic

Poeta recién llegado
La lengua recuerda los placeres corruptos y los exige
sin pudor alguno, esclava de un hambre obscena que la carcome.
La boca se humedece; los ojos se impregnan de los colores
de los manjares. Hasta que el apetito se vuelve invencible

y, consciente de que el cuerpo humano es débil, lo tienta con delicias
propias de una última cena. La gula es una serpiente atroz
que repta por la garganta, convirtiendo en belleza el horror.
Posa sus besos en el rincón más íntimo de la lascivia

para hacer que el pecado cometido sepa a divinidad.
Pero luego la culpa late, como un corazón iracundo,
allí donde la serpiente dejó la marca de su beso mudo.
La quimera se postra entonces a los pies de la realidad.

Los caprichos de la carne están vedados para los mortales,
mientras que las criaturas del Abismo y los ángeles rebeldes
se abandonan a ellos en sus bacanales, sin moral ni leyes
que los golpeen. Pero nosotros sólo podemos envidiarles

y encontrar una imperfección inicua al mirar nuestro reflejo.
Somos seres olvidados que buscamos la virtud en vano,
y por eso, nuestros cuerpos se rinden tan dulcemente al pecado.
Sin embargo, nos pudrimos con el placer y el paso del tiempo.
 
La lengua recuerda los placeres corruptos y los exige
sin pudor alguno, esclava de un hambre obscena que la carcome.
La boca se humedece; los ojos se impregnan de los colores
de los manjares. Hasta que el apetito se vuelve invencible

y, consciente de que el cuerpo humano es débil, lo tienta con delicias
propias de una última cena. La gula es una serpiente atroz
que repta por la garganta, convirtiendo en belleza el horror.
Posa sus besos en el rincón más íntimo de la lascivia

para hacer que el pecado cometido sepa a divinidad.
Pero luego la culpa late, como un corazón iracundo,
allí donde la serpiente dejó la marca de su beso mudo.
La quimera se postra entonces a los pies de la realidad.

Los caprichos de la carne están vedados para los mortales,
mientras que las criaturas del Abismo y los ángeles rebeldes
se abandonan a ellos en sus bacanales, sin moral ni leyes
que los golpeen. Pero nosotros sólo podemos envidiarles

y encontrar una imperfección inicua al mirar nuestro reflejo.
Somos seres olvidados que buscamos la virtud en vano,[
y por eso, nuestros cuerpos se rinden tan dulcemente al pecado.
Sin embargo, nos pudrimos con el placer y el paso del tiempo.
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Un recorrido con sabor agridulce y como postre, una guinda de realidades. Felicidades Nadia.

Un abrazo,

Palmira
 
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