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Poeta recién llegado
Fue hace como un año, por estas fechas, que recibí aquel correo. Lo leí, claro, como todos
los otros correos que llegan, incluso los correos cadena o la publicidad, leo todo. Pero ese correo
era distinto. Estaba en inglés, pero no importa, entiendo suficiente inglés para leer la solicitud de
algún príncipe de Nigeria pidiendo ayuda para sacar una fortuna de su país, prometiendo un
porcentaje o cómo puedo agrandar mi pito con inyecciones de testosterona de tiburón-toro
chileno; así que con eso y la ayuda de un traductor, leerlo no fue problema. Pero lo que decía, la
propuesta que tenía me sacudió por dentro. No conozco quién me lo mandó. Creo que no
conozco a nadie de los que me mandan correos. Me inscribo en todas las listas que encuentro
navegando por los foros y páginas. A veces me llegan correos casi personales, como si fueran
dirigidos a mí, porque empiezan con mi nombre "Dr. Edgar Andrade". La mayoría de las veces
son correos masivos con mi dirección listada como una más de tantas otras. Aun cuando tengo
una notificación de algún familiar que ha publicado en su muro, no es mi tía, mis primos o mi
hermano quienes me lo mandan, es alguien o algo más, para notificarme, pero no ellos. Entonces
no, creo que nunca los conozco, como tampoco conozco a quien me mandó ese correo, hace
como un año.
"El terrorismo poético es un acto en el teatro de la crueldad que no tiene escenario, ni filas
de asientos, boletos o paredes"
Me gusta matar el tiempo leyendo correos, uno tras otro. Son más interesantes de lo que
pensaba y me ayudan a acabarme el día de trabajo casi sin darme cuenta. Es mejor que leer las
mentiras revueltas con verdades en las noticias, los muros cargados de tonterías, las peleas de los
foros, tuits que no termino de entender o memes sin chiste. Además, se siente personal y me
recuerda a los tiempos en que recibir una carta era algo importante. Entonces, uno se tomaba el
tiempo mirando el sobre, el sello, el remitente. Sintiendo el bulto en su envoltura y
preguntándose si eran buenas o malas noticias, mirando el sobre contra la luz para ver si eran
hojas de papel nomás o venía algo escondido adentro. Igualito me gusta adivinar ahora mis
correos. Por el remitente, por el título, por la cantidad de kilobytes que señala el servidor. Y le
atino casi siempre. Si dicen "¡Hola! ¿Te acuerdas de mí?" o "¡Mira lo que he descubierto!", son
programas automáticos que promocionan algún sitio pornográfico. Si en alguna parte del
remitente señalan "Por favor no la rompas", son cadenas. Si traen la palabra "Oferta", es
publicidad y si en alguna parte dicen "Del día de hoy", sea receta, video, chiste o cualquier otra
cosa, una de tantas listas de correo, útiles nomás para llenar la jornada que, si no, sólo tendría las
inútiles interrupciones de atender el mostrador o firmar papeles. Pero ese correo, hace casi un
año, no decía más que dos palabras: "Terrorismo Poético" y su remitente era "El Ángel de la
Muerte". Y no lo pude adivinar.
"La reacción de la audiencia o el impacto estético del Terrorismo Poético debe ser, al
menos, tan intenso como el sentimiento de terror -asco profundo, excitación sexual,
maravillamiento supersticioso, repentina revelación intuitiva, angustia dadaesca-"
Antes, cuando no era el jefe de almacén, me tocaba hacer el inventario. Nos tomaba todo
un día hacerlo, junto con el otro asistente y así, los correos se acumulaban para el día siguiente.
También hacer reportes, atender pedidos, todo eso me distraía y no terminaba de leer en un día.
Llegué a quedarme después del horario, nomás para abrir todos los recibidos, seguir los enlaces y
ver hasta el último. Pero ahora que soy el jefe, mi única ocupación es leer mis correos y, si acaso,
acercarme al mostrador para autorizar la entrega de algún medicamento que lo necesite o la
salida de algún desfibrilador, lámpara, electrocardiógrafo o cualquier otra cosa. También firmar
mi visto bueno en los inventarios que hacen cada mes los asistentes, estamparlos con mi sello de
goma y dejar que se lo vuelvan a llevar, para entregarlo en la oficina administrativa del hospital.
Y con tanto tiempo libre, llenarlo leyendo todos los correos es la mejor solución. Eso o pensar en
la noche anterior o la noche por venir
"No importa si el Terrorismo Poético está apuntado a una persona o a varias, no importa si
está "firmado" o es anónimo. Si no cambia la vida de una persona (aparte de la del artista)
fracasa"
No reaccioné de inmediato, hace un año, no salí a la calle esa misma noche, ni la siguiente,
ni en todo un mes. Seguí en mi rutina de llegar a las nueve, tomar un café a las once y un
almuerzo a la una, regresar a la oficina para las dos y leer correos hasta las siete de la tarde. Pero
tampoco borré ese correo como hago con todos los otros, después de leerlos. No lo he borrado,
sigue ahí, en la bandeja de entrada, hasta abajo de todos los nuevos correos que llegan y siguen
llegando. Cada tanto volvía a cliquear en su título y leerlo desde el principio, a veces
mascullándolo, con la boca escondida entre las manos, apretando el bigote contra mis índices,
aplastando la nariz, recargando la barbilla en mis pulgares. Luego de tres semanas, sin saber bien
porqué, abrí un bloc de notas en mi escritorio, copié el texto y comencé a traducirlo, para poder
leerlo, en voz alta o baja, en español. Al día siguiente lo pegué sobre un documento en blanco en
mi procesador de texto y mandé una sola copia a la impresora. De inmediato fui hasta allá para
recoger la página antes de que me la trajera cualquiera de los asistentes. Les mentí diciendo que
era una carta personal para justificar haberme parado hasta allá en lugar de esperar que me la
trajeran como siempre. La leí una vez, el título resaltado en negritas, el texto justificado,
interlineado sencillo, letra de doce puntos, una sola página. La guardé después en mi carpeta,
dentro de mi maletín y me distraje terminando con los correos del día. Pero al salir, sabiendo que
la traía conmigo, me llenaba una sensación de vértigo y miedo, como cuando estaba por
presentar algún examen en la facultad, sobre todo si era oral y de anatomía. Traía entre los
dientes una de las frases traducidas, masticándola despacio.
"Evita las categorías artísticas reconocibles, evita la política, no te quedes a discutir, no
seas sentimental; sé inmisericorde, arriésgate, vandaliza sólo aquello que debe ser transgredido,
haz algo que los niños recuerden toda su vida - pero no seas espontáneo a menos que la musa del
Terrorismo Poético te haya poseído"
Comencé esa noche, no a salir, sino a prepararme. No quería ser un improvisado ni
tampoco hacer el ridículo. Quería dejar una marca indeleble en la mente de mi primera víctima.
Mientras hacía la lista de los artículos necesarios para mi disfraz, repasaba las opciones para mi
primer acto. Por un momento pensé que lo mejor sería seguir al pie de la letra las
recomendaciones del texto, al menos para empezar, para asegurarme de no hacer algo que no
correspondiera, algo indigno. Pero tampoco quería copiar y ya, seguir un formulario. Quería
hacer algo propio, algo que dijera que fue mío, mi acto. Algo mío. Me masturbaba cuando se me
ocurrió, así, nomás de ver mi pito. La idea quizá llegó rápido, ejecutarla no lo fue. Me tomó mes
y medio escurrirme, dos noches por semana, a los contenedores de la morgue, encontrar en la
lista del archivo los cadáveres sin identificar y cercenar el apéndice que buscaba. A nadie le
importaba, era común que los estudiantes lo hicieran para jugarle bromas a otros compañeros, lo
sé desde los tiempos de la facultad y también cuando me tocó hacer residencia en la morgue,
entonces sabía bien dónde y cómo buscarlos. Llevaba siempre un frasco hermético con una
solución de formol apenas diluido y allí los conservaba, flotando. Fue hasta que conseguí
veintidós que me decidí, eran suficientes, era también un buen número. Los lavé con cuidado,
conseguí una canasta tejida en crochet donde los puse todos juntos, una servilleta de lino bordado
para cubrirlos y escribí la tarjeta de presentación, firmada con mi nuevo seudónimo. DRx, el
símbolo médico. Fue la primera vez que vestí mi traje, mi uniforme de Terrorista Poético. Me
escurrí por la madrugada, poco antes del amanecer hasta la puerta del convento y dejé el paquete
frente a la puerta. Toqué y me alejé rápidamente. Sabía que a esa hora las monjas ya estarían
despiertas, saliendo de sus celdas y preparándose para la oración de la mañana, mi tía está en ese
convento y cómo deseaba que fuera ella quien encontrara la cesta frente a la puerta, levantara la
servilleta y viera los veintidós penes cercenados, con la tarjeta diciendo "¡Lo que nos faltaba!".
Me pareció tan perfecto.
"El Terrorista Poético se comporta como un estafador cuyo objetivo no es el dinero sino el
CAMBIO. No hagas Terrorismo Poético para otros artistas, hazlo para personas que no se den
cuenta (al menos por unos instantes) que lo que has hecho es arte."
Al día siguiente, me sentía tan emocionado por lo que había hecho que no podía
concentrarme en ningún correo. Revisaba páginas y páginas a través de la red, sin destino
alguno, anotando ideas absurdas en un bloc de notas sobre nuevos actos, nuevas emociones. Pero
me tomó tiempo decidir uno nuevo y al final no estuve tan convencido. Después de un par de
noches cercené el pie izquierdo hasta media espinilla de un cadáver anónimo y luego, a la
siguiente semana, un pie derecho. Clavé en un árbol del jardín central de la ciudad, por las
suelas, un par de botas de alpinista, una más adelante que la otra, como si caminaran
ascendiendo. Metí en cada una uno de los pies y abajo, con una pequeña placa metálica que
atornillé, la leyenda "Camino al cielo". Semanas más tarde, dejé ante las puertas de la casa de la
cultura una caja llena de globos de helio, cubiertas con máscaras de payaso y una tarjeta firmada
con mi seudónimo por un lado, por el otro el mensaje "Por fin tenemos ideas de altura". Me
dediqué a esconder, una semana sí y otra no, entre los anaqueles del almacén, pequeños barquitos
de madera, meras artesanías para turistas, horribles recuerdos que mi hermano insistía en traerme
de cada playa que visitaba. "Cancún", "Acapulco", "Mazatlán" y adentro de cada una, tarjetas
con la misma frase "¿Ya llegamos?" Disfrutando la mirada confusa con que los asistentes me los
traían y me preguntaban si eran míos. "¿Cómo míos? ¡Dejen de estar jugando y pónganse a
trabajar!" respondía, pero por dentro sentía esa venganza por restregarles en la cara estar atados,
como yo, a esta rutina de carcelero. Pero los actos me liberaban, me hacían ser otro, alguien
mejor al que era y siempre había sido.
"Disfrázate. Deja un nombre falso. Sé legendario. El mejor Terrorismo Poético es ilegal,
pero no te dejes atrapar. El arte como crimen, el crimen como arte."
Esta noche pondré diademas con orejas de ratón sobre cada busto y escultura de hombres
célebres de la ciudad, todas las que pueda. Calzo las estrechas botas militares, el pantalón de
mezclilla negro, la playera negra de manga larga y cuello alto, la bata de hospital que teñí de
negro también. Me cubro el rostro con el pasamontañas y reviso las treinta diademas escondidas
dentro de mi maletín de cuero. Me miro al espejo antes de salir a otra noche más, ya no soy ese
miserable doctor que nunca ha ejercido, enterrado en un almacén de hospital, ahora soy el DRx,
listo para salir a recetarle el medicamento que esta ciudad necesita, la llamada de atención, igual
que la que me llegó a mí hace más de un año en aquel correo. El terrorismo poético.
los otros correos que llegan, incluso los correos cadena o la publicidad, leo todo. Pero ese correo
era distinto. Estaba en inglés, pero no importa, entiendo suficiente inglés para leer la solicitud de
algún príncipe de Nigeria pidiendo ayuda para sacar una fortuna de su país, prometiendo un
porcentaje o cómo puedo agrandar mi pito con inyecciones de testosterona de tiburón-toro
chileno; así que con eso y la ayuda de un traductor, leerlo no fue problema. Pero lo que decía, la
propuesta que tenía me sacudió por dentro. No conozco quién me lo mandó. Creo que no
conozco a nadie de los que me mandan correos. Me inscribo en todas las listas que encuentro
navegando por los foros y páginas. A veces me llegan correos casi personales, como si fueran
dirigidos a mí, porque empiezan con mi nombre "Dr. Edgar Andrade". La mayoría de las veces
son correos masivos con mi dirección listada como una más de tantas otras. Aun cuando tengo
una notificación de algún familiar que ha publicado en su muro, no es mi tía, mis primos o mi
hermano quienes me lo mandan, es alguien o algo más, para notificarme, pero no ellos. Entonces
no, creo que nunca los conozco, como tampoco conozco a quien me mandó ese correo, hace
como un año.
"El terrorismo poético es un acto en el teatro de la crueldad que no tiene escenario, ni filas
de asientos, boletos o paredes"
Me gusta matar el tiempo leyendo correos, uno tras otro. Son más interesantes de lo que
pensaba y me ayudan a acabarme el día de trabajo casi sin darme cuenta. Es mejor que leer las
mentiras revueltas con verdades en las noticias, los muros cargados de tonterías, las peleas de los
foros, tuits que no termino de entender o memes sin chiste. Además, se siente personal y me
recuerda a los tiempos en que recibir una carta era algo importante. Entonces, uno se tomaba el
tiempo mirando el sobre, el sello, el remitente. Sintiendo el bulto en su envoltura y
preguntándose si eran buenas o malas noticias, mirando el sobre contra la luz para ver si eran
hojas de papel nomás o venía algo escondido adentro. Igualito me gusta adivinar ahora mis
correos. Por el remitente, por el título, por la cantidad de kilobytes que señala el servidor. Y le
atino casi siempre. Si dicen "¡Hola! ¿Te acuerdas de mí?" o "¡Mira lo que he descubierto!", son
programas automáticos que promocionan algún sitio pornográfico. Si en alguna parte del
remitente señalan "Por favor no la rompas", son cadenas. Si traen la palabra "Oferta", es
publicidad y si en alguna parte dicen "Del día de hoy", sea receta, video, chiste o cualquier otra
cosa, una de tantas listas de correo, útiles nomás para llenar la jornada que, si no, sólo tendría las
inútiles interrupciones de atender el mostrador o firmar papeles. Pero ese correo, hace casi un
año, no decía más que dos palabras: "Terrorismo Poético" y su remitente era "El Ángel de la
Muerte". Y no lo pude adivinar.
"La reacción de la audiencia o el impacto estético del Terrorismo Poético debe ser, al
menos, tan intenso como el sentimiento de terror -asco profundo, excitación sexual,
maravillamiento supersticioso, repentina revelación intuitiva, angustia dadaesca-"
Antes, cuando no era el jefe de almacén, me tocaba hacer el inventario. Nos tomaba todo
un día hacerlo, junto con el otro asistente y así, los correos se acumulaban para el día siguiente.
También hacer reportes, atender pedidos, todo eso me distraía y no terminaba de leer en un día.
Llegué a quedarme después del horario, nomás para abrir todos los recibidos, seguir los enlaces y
ver hasta el último. Pero ahora que soy el jefe, mi única ocupación es leer mis correos y, si acaso,
acercarme al mostrador para autorizar la entrega de algún medicamento que lo necesite o la
salida de algún desfibrilador, lámpara, electrocardiógrafo o cualquier otra cosa. También firmar
mi visto bueno en los inventarios que hacen cada mes los asistentes, estamparlos con mi sello de
goma y dejar que se lo vuelvan a llevar, para entregarlo en la oficina administrativa del hospital.
Y con tanto tiempo libre, llenarlo leyendo todos los correos es la mejor solución. Eso o pensar en
la noche anterior o la noche por venir
"No importa si el Terrorismo Poético está apuntado a una persona o a varias, no importa si
está "firmado" o es anónimo. Si no cambia la vida de una persona (aparte de la del artista)
fracasa"
No reaccioné de inmediato, hace un año, no salí a la calle esa misma noche, ni la siguiente,
ni en todo un mes. Seguí en mi rutina de llegar a las nueve, tomar un café a las once y un
almuerzo a la una, regresar a la oficina para las dos y leer correos hasta las siete de la tarde. Pero
tampoco borré ese correo como hago con todos los otros, después de leerlos. No lo he borrado,
sigue ahí, en la bandeja de entrada, hasta abajo de todos los nuevos correos que llegan y siguen
llegando. Cada tanto volvía a cliquear en su título y leerlo desde el principio, a veces
mascullándolo, con la boca escondida entre las manos, apretando el bigote contra mis índices,
aplastando la nariz, recargando la barbilla en mis pulgares. Luego de tres semanas, sin saber bien
porqué, abrí un bloc de notas en mi escritorio, copié el texto y comencé a traducirlo, para poder
leerlo, en voz alta o baja, en español. Al día siguiente lo pegué sobre un documento en blanco en
mi procesador de texto y mandé una sola copia a la impresora. De inmediato fui hasta allá para
recoger la página antes de que me la trajera cualquiera de los asistentes. Les mentí diciendo que
era una carta personal para justificar haberme parado hasta allá en lugar de esperar que me la
trajeran como siempre. La leí una vez, el título resaltado en negritas, el texto justificado,
interlineado sencillo, letra de doce puntos, una sola página. La guardé después en mi carpeta,
dentro de mi maletín y me distraje terminando con los correos del día. Pero al salir, sabiendo que
la traía conmigo, me llenaba una sensación de vértigo y miedo, como cuando estaba por
presentar algún examen en la facultad, sobre todo si era oral y de anatomía. Traía entre los
dientes una de las frases traducidas, masticándola despacio.
"Evita las categorías artísticas reconocibles, evita la política, no te quedes a discutir, no
seas sentimental; sé inmisericorde, arriésgate, vandaliza sólo aquello que debe ser transgredido,
haz algo que los niños recuerden toda su vida - pero no seas espontáneo a menos que la musa del
Terrorismo Poético te haya poseído"
Comencé esa noche, no a salir, sino a prepararme. No quería ser un improvisado ni
tampoco hacer el ridículo. Quería dejar una marca indeleble en la mente de mi primera víctima.
Mientras hacía la lista de los artículos necesarios para mi disfraz, repasaba las opciones para mi
primer acto. Por un momento pensé que lo mejor sería seguir al pie de la letra las
recomendaciones del texto, al menos para empezar, para asegurarme de no hacer algo que no
correspondiera, algo indigno. Pero tampoco quería copiar y ya, seguir un formulario. Quería
hacer algo propio, algo que dijera que fue mío, mi acto. Algo mío. Me masturbaba cuando se me
ocurrió, así, nomás de ver mi pito. La idea quizá llegó rápido, ejecutarla no lo fue. Me tomó mes
y medio escurrirme, dos noches por semana, a los contenedores de la morgue, encontrar en la
lista del archivo los cadáveres sin identificar y cercenar el apéndice que buscaba. A nadie le
importaba, era común que los estudiantes lo hicieran para jugarle bromas a otros compañeros, lo
sé desde los tiempos de la facultad y también cuando me tocó hacer residencia en la morgue,
entonces sabía bien dónde y cómo buscarlos. Llevaba siempre un frasco hermético con una
solución de formol apenas diluido y allí los conservaba, flotando. Fue hasta que conseguí
veintidós que me decidí, eran suficientes, era también un buen número. Los lavé con cuidado,
conseguí una canasta tejida en crochet donde los puse todos juntos, una servilleta de lino bordado
para cubrirlos y escribí la tarjeta de presentación, firmada con mi nuevo seudónimo. DRx, el
símbolo médico. Fue la primera vez que vestí mi traje, mi uniforme de Terrorista Poético. Me
escurrí por la madrugada, poco antes del amanecer hasta la puerta del convento y dejé el paquete
frente a la puerta. Toqué y me alejé rápidamente. Sabía que a esa hora las monjas ya estarían
despiertas, saliendo de sus celdas y preparándose para la oración de la mañana, mi tía está en ese
convento y cómo deseaba que fuera ella quien encontrara la cesta frente a la puerta, levantara la
servilleta y viera los veintidós penes cercenados, con la tarjeta diciendo "¡Lo que nos faltaba!".
Me pareció tan perfecto.
"El Terrorista Poético se comporta como un estafador cuyo objetivo no es el dinero sino el
CAMBIO. No hagas Terrorismo Poético para otros artistas, hazlo para personas que no se den
cuenta (al menos por unos instantes) que lo que has hecho es arte."
Al día siguiente, me sentía tan emocionado por lo que había hecho que no podía
concentrarme en ningún correo. Revisaba páginas y páginas a través de la red, sin destino
alguno, anotando ideas absurdas en un bloc de notas sobre nuevos actos, nuevas emociones. Pero
me tomó tiempo decidir uno nuevo y al final no estuve tan convencido. Después de un par de
noches cercené el pie izquierdo hasta media espinilla de un cadáver anónimo y luego, a la
siguiente semana, un pie derecho. Clavé en un árbol del jardín central de la ciudad, por las
suelas, un par de botas de alpinista, una más adelante que la otra, como si caminaran
ascendiendo. Metí en cada una uno de los pies y abajo, con una pequeña placa metálica que
atornillé, la leyenda "Camino al cielo". Semanas más tarde, dejé ante las puertas de la casa de la
cultura una caja llena de globos de helio, cubiertas con máscaras de payaso y una tarjeta firmada
con mi seudónimo por un lado, por el otro el mensaje "Por fin tenemos ideas de altura". Me
dediqué a esconder, una semana sí y otra no, entre los anaqueles del almacén, pequeños barquitos
de madera, meras artesanías para turistas, horribles recuerdos que mi hermano insistía en traerme
de cada playa que visitaba. "Cancún", "Acapulco", "Mazatlán" y adentro de cada una, tarjetas
con la misma frase "¿Ya llegamos?" Disfrutando la mirada confusa con que los asistentes me los
traían y me preguntaban si eran míos. "¿Cómo míos? ¡Dejen de estar jugando y pónganse a
trabajar!" respondía, pero por dentro sentía esa venganza por restregarles en la cara estar atados,
como yo, a esta rutina de carcelero. Pero los actos me liberaban, me hacían ser otro, alguien
mejor al que era y siempre había sido.
"Disfrázate. Deja un nombre falso. Sé legendario. El mejor Terrorismo Poético es ilegal,
pero no te dejes atrapar. El arte como crimen, el crimen como arte."
Esta noche pondré diademas con orejas de ratón sobre cada busto y escultura de hombres
célebres de la ciudad, todas las que pueda. Calzo las estrechas botas militares, el pantalón de
mezclilla negro, la playera negra de manga larga y cuello alto, la bata de hospital que teñí de
negro también. Me cubro el rostro con el pasamontañas y reviso las treinta diademas escondidas
dentro de mi maletín de cuero. Me miro al espejo antes de salir a otra noche más, ya no soy ese
miserable doctor que nunca ha ejercido, enterrado en un almacén de hospital, ahora soy el DRx,
listo para salir a recetarle el medicamento que esta ciudad necesita, la llamada de atención, igual
que la que me llegó a mí hace más de un año en aquel correo. El terrorismo poético.
Dedicado a Towards a better understanding of a life without God aboard the ship of fools. Escultura de Damien Hirst.
Dedicado a Peter Lamborn Wilson a.k.a. Hakim Bey.
Dedicado a Peter Lamborn Wilson a.k.a. Hakim Bey.