José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
¿Has visto, Sancho?
-¿Has visto, Sancho? ¡Qué bien planea esa cigüeña!
¿Has visto? ¡Qué elegancia! ¡Qué estilo! ¡Qué porte!
-Pues no se que porta mi Señor, mis ojos no alcanzan.
No logro verlo con nitidez. Es muy largo para ser un bebé.
- ¡Sancho, por Dios! ¿Qué, sino, va a llevar una cigüeña?
Solo puede llevar alegría, futuro, ternura… el milagro de la vida.
- No se mi Señor, por más que me esfuerzo,
no logro ver la cigüeña que vuesa merced ve y halagüeña.
- Sancho, Sancho… no se para qué Dios os puso ojos en la cara.
Si os los hubiera puesto en el buche otro gallo cantara.
- No se, si vuesa merced a reparao, en el atronador ruido que
esa cigüeña hace con sus alas; yo más bien diría que es una nave
voladora del diablo, y que no porta vida, y mucho menos alegría.
- Sancho, Sancho… tus tripas te juegan una mala pasada,
te hacen oír lo que no ves… y ver lo que no oyes.
- Amo… mi rucio y yo, creemos… que más que vida,
esos pajarracos planean con la destrucción y la muerte.
- ¡Ay! Sancho. Tu rucio y tú, tú y tu rucio. “Tanto monta,
monta tanto”. Las mismas entendederas usáis. Más solo veis,
lo que vuestras conciencias os arengan.
Sigámosla pues… ayudemos a la providencia.
- ¡Mi Señor…! ¡Vuelva…! ¡No vaya! Vaya a ser, que sea,
que esta vez se tope… con Gigantes y no con su entelequia.
José I.
(P.D. Que Cervantes me perdone…)