Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Hay poetas que tejen versos de amor, que cantan al encuentro de miradas y al susurro de caricias. Yo no. Yo escribo desde la entraña, desde el rincón donde el amor se desangra, donde el eco de un "te amo" se convierte en ruido. Porque el amor no siempre es suave, ni dulce. El amor es brutal, áspero, como una herida que no cierra, que duele más con el roce de la esperanza.
El desamor, ese animal rabioso que te acecha, es el que encuentra sus letras en mi pluma. Me habla de silencios prolongados, de puertas que se cierran, de cuerpos que se separan aunque aún se desean. Porque amar es aprender a convivir con el vacío, con la ausencia, con lo que pudo ser y no fue. Y es que, ¿qué otra cosa es el amor sino la interminable espera de algo que nunca llega como lo soñamos?
Escribo, entonces, no para idealizar el sentimiento, sino para desnudarlo en su crudeza. Amar es un acto de fe, pero también de crueldad. Nos enfrentamos a nuestras sombras, a nuestros miedos, nos despojamos de máscaras, y al final, el amor se convierte en esa confrontación con la soledad más profunda.
A veces, se roza lo sublime. Un instante, quizás. El amor que trasciende lo físico, que quema de tan puro que se siente, pero que también es inalcanzable, efímero, imposible. Y entonces, volvemos al dolor, que es lo único que queda. Escribir sobre el amor es desenterrar los fantasmas que llevamos dentro, enfrentarlos y aceptarlos, porque en su oscuridad también hay belleza.
Quizás sea eso lo que me une a las palabras: el amor como un abismo, como un puente colgante en el que caminamos sabiendo que puede romperse en cualquier momento. Y sin embargo, seguimos amando, seguimos escribiendo, porque en esa caída también hay poesía.
El desamor, ese animal rabioso que te acecha, es el que encuentra sus letras en mi pluma. Me habla de silencios prolongados, de puertas que se cierran, de cuerpos que se separan aunque aún se desean. Porque amar es aprender a convivir con el vacío, con la ausencia, con lo que pudo ser y no fue. Y es que, ¿qué otra cosa es el amor sino la interminable espera de algo que nunca llega como lo soñamos?
Escribo, entonces, no para idealizar el sentimiento, sino para desnudarlo en su crudeza. Amar es un acto de fe, pero también de crueldad. Nos enfrentamos a nuestras sombras, a nuestros miedos, nos despojamos de máscaras, y al final, el amor se convierte en esa confrontación con la soledad más profunda.
A veces, se roza lo sublime. Un instante, quizás. El amor que trasciende lo físico, que quema de tan puro que se siente, pero que también es inalcanzable, efímero, imposible. Y entonces, volvemos al dolor, que es lo único que queda. Escribir sobre el amor es desenterrar los fantasmas que llevamos dentro, enfrentarlos y aceptarlos, porque en su oscuridad también hay belleza.
Quizás sea eso lo que me une a las palabras: el amor como un abismo, como un puente colgante en el que caminamos sabiendo que puede romperse en cualquier momento. Y sin embargo, seguimos amando, seguimos escribiendo, porque en esa caída también hay poesía.