Ricardo Alvarez
Poeta que considera el portal su segunda casa
El halagó tu oído
con relatos cenicientos,
horadó tus sienes con bellos sueños
de nodriza que se apegaron
en las paredes de tu cerebro.
Fue el mago hechicero
que distendió tus gestos,
el embaucador maquinista
acelerando tus latidos,
el mágico carrusel
donde bailabas en el espacio.
El corcel que huyó abruptamente
y tus palabras se entumecieron.
En la noche apacible
juntaste fragmentos de los cristales
de ese quebrado corazón frágil.
Residuos de vidrios cortantes
clavados en tu alma.
Volviste a armar los retazos
en compañía solitaria
con anteojera de obediente
potranca tirando del carro.
Doliente y sufrida.
Callada y perpleja.
No te preguntaste para que ordenar
el caos en una vacía maleta,
ni para que pronunciar otro nombre
ni oír el golpe de otros pasos.
Te habías enamorado
de un cobarde fantasma
que en rictus de mutis
desordenaba tu falda.
El se fue plantando lagrimas en tus orbitas,
una perpetua señal de fruncido entrecejo,
un cruel tiempo en el cajón del espanto.
Tus manos seguían acariciando
la silueta de un espectro,
un artificio de piel,
un recuerdo adulante de diluida conquista.
Te dejó la llovizna en los ojos
que no apaga el simulacro de la risa
y el ritual diario de esa nostalgia monoteísta.
con relatos cenicientos,
horadó tus sienes con bellos sueños
de nodriza que se apegaron
en las paredes de tu cerebro.
Fue el mago hechicero
que distendió tus gestos,
el embaucador maquinista
acelerando tus latidos,
el mágico carrusel
donde bailabas en el espacio.
El corcel que huyó abruptamente
y tus palabras se entumecieron.
En la noche apacible
juntaste fragmentos de los cristales
de ese quebrado corazón frágil.
Residuos de vidrios cortantes
clavados en tu alma.
Volviste a armar los retazos
en compañía solitaria
con anteojera de obediente
potranca tirando del carro.
Doliente y sufrida.
Callada y perpleja.
No te preguntaste para que ordenar
el caos en una vacía maleta,
ni para que pronunciar otro nombre
ni oír el golpe de otros pasos.
Te habías enamorado
de un cobarde fantasma
que en rictus de mutis
desordenaba tu falda.
El se fue plantando lagrimas en tus orbitas,
una perpetua señal de fruncido entrecejo,
un cruel tiempo en el cajón del espanto.
Tus manos seguían acariciando
la silueta de un espectro,
un artificio de piel,
un recuerdo adulante de diluida conquista.
Te dejó la llovizna en los ojos
que no apaga el simulacro de la risa
y el ritual diario de esa nostalgia monoteísta.