El perro del vecino
Poeta recién llegado
Me disculpo, realmente no tengo ninguna formación para escribir, así que no estoy seguro de que esto sea una prosa.
Un aire helado, paseaba por las calles cubiertas de nieve de cierto lugar, en cierta ciudad, de algún país, cuyo nombre no viene al caso recordar… y mientras aquella briza cubría el cielo nocturno, con una multitud de nubes negras, que obscurecían lo suficiente la ciudad, como para hacer resaltar las luces de un café (luces de velas) las cuales eran la única compañía de aquellos farolitos que suelen hacer de vigilantes nocturnos en pueblos pequeños.
Dentro de aquel café, una pareja, o al menos un par de personas que hasta hace cinco minutos solían serlo, bebían de un par de tazas idénticas, pero de distinto color, ella un café negro que residía en una taza café, y él un té negro en una taza blanca, ambos sin azúcar. Ella lloraba con lagrimas que incluso parecían no ser saladas, de lo falso que aparentaban, y él se mantenía firme, apretando su muslo con la mano oculta bajo de la mesa, en un intento masoquista de mantener la cordura.
En algún momento de la noche, posiblemente cuando esos dos planeaban darle un fin tajante a aquella platica que no hacía más que herir a ambas partes, el hombre dijo un par de palabras, casi en modo de despedida que llamarían la atención de la dama “Te recordare para siempre, del mismo modo en que recordare esta noche”. Ella no pudo evitar sentirse atacada por aquel comentario, pero como toda mujer que dejaba que la vanidad guiara su vida respondió “Es porque es una noche hermosa seguramente” tras decir esto, la señorita, sintiéndose triunfal, de la última batalla, la cual generalmente es la que importa en toda guerra, se levanto de su asiento de latón arrastrándolo, generando ese rechinido aborrecible que el metal tiene por costumbre hacer.
El tipo le observo, y al voltearse, no pudo evitar ver esas hermosas nalgas que ella presumía con un vestido lo suficientemente ajustada como para demostrar seguridad, pero tan elegantes para dejar sobre entendido su clase… aquel hombre no tuvo más remedio que darle la razón. “Si, por ello y algo mas…”. En ese momento ella sonrió, ella había recibido la confirmación de su victoria, y a la vez escuchaba esa actitud tan galante de la que ella en algún momento de su vida había estado enamorada… “Entonces que mas podría ser, no creo que sea por mi ropa obscura… oh tal vez sea por mi blanca piel como nieve, o por mi voz tan suave como el sonido del viento, o por…”
El sonido de la silla al levantarse interrumpió las palabras de aquella mujer. Aquel indeseable ruido creado de forma consiente por el caballero, el cual estaba cansado y un tanto más asqueado por la falta de humildad de la mujer, el rechinido fue acompañado por los pasos del caballero, que al pasar alado de ella en búsqueda de la salida, se detuvo solo un momento sin mostrarle el rostro, para decir “Te recordare como esta noche, hermosa y fría, blanca y sin luz”
Un aire helado, paseaba por las calles cubiertas de nieve de cierto lugar, en cierta ciudad, de algún país, cuyo nombre no viene al caso recordar… y mientras aquella briza cubría el cielo nocturno, con una multitud de nubes negras, que obscurecían lo suficiente la ciudad, como para hacer resaltar las luces de un café (luces de velas) las cuales eran la única compañía de aquellos farolitos que suelen hacer de vigilantes nocturnos en pueblos pequeños.
Dentro de aquel café, una pareja, o al menos un par de personas que hasta hace cinco minutos solían serlo, bebían de un par de tazas idénticas, pero de distinto color, ella un café negro que residía en una taza café, y él un té negro en una taza blanca, ambos sin azúcar. Ella lloraba con lagrimas que incluso parecían no ser saladas, de lo falso que aparentaban, y él se mantenía firme, apretando su muslo con la mano oculta bajo de la mesa, en un intento masoquista de mantener la cordura.
En algún momento de la noche, posiblemente cuando esos dos planeaban darle un fin tajante a aquella platica que no hacía más que herir a ambas partes, el hombre dijo un par de palabras, casi en modo de despedida que llamarían la atención de la dama “Te recordare para siempre, del mismo modo en que recordare esta noche”. Ella no pudo evitar sentirse atacada por aquel comentario, pero como toda mujer que dejaba que la vanidad guiara su vida respondió “Es porque es una noche hermosa seguramente” tras decir esto, la señorita, sintiéndose triunfal, de la última batalla, la cual generalmente es la que importa en toda guerra, se levanto de su asiento de latón arrastrándolo, generando ese rechinido aborrecible que el metal tiene por costumbre hacer.
El tipo le observo, y al voltearse, no pudo evitar ver esas hermosas nalgas que ella presumía con un vestido lo suficientemente ajustada como para demostrar seguridad, pero tan elegantes para dejar sobre entendido su clase… aquel hombre no tuvo más remedio que darle la razón. “Si, por ello y algo mas…”. En ese momento ella sonrió, ella había recibido la confirmación de su victoria, y a la vez escuchaba esa actitud tan galante de la que ella en algún momento de su vida había estado enamorada… “Entonces que mas podría ser, no creo que sea por mi ropa obscura… oh tal vez sea por mi blanca piel como nieve, o por mi voz tan suave como el sonido del viento, o por…”
El sonido de la silla al levantarse interrumpió las palabras de aquella mujer. Aquel indeseable ruido creado de forma consiente por el caballero, el cual estaba cansado y un tanto más asqueado por la falta de humildad de la mujer, el rechinido fue acompañado por los pasos del caballero, que al pasar alado de ella en búsqueda de la salida, se detuvo solo un momento sin mostrarle el rostro, para decir “Te recordare como esta noche, hermosa y fría, blanca y sin luz”
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