Isaías Súvel
Me gusta más el seudónimo ARREBATADO DE TERNURA.-
HERMOSO
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Azul, verde, vino y el canela en estímulo,
le imprime con sus pasos fríos, el otoño,
en los árboles recios que franquean mi ritmo,
a las hojas seniles que no dan su retoño.
Una brisa tenue completa el paisaje,
luego unos cantos pequeños a coro,
que son de mi oído sabroso brebaje,
elixir de mi alma, mi recreo de oro.
A lo lejos violeta, rosa y calipso raso,
que la tarde ya pinta ensuciando las nubes,
que se oponen tercas de sus pinceles al trazo,
donde el aire es inmenso y las penas suben.
Ya se ve que la luz empieza a enfermarse,
y se ve que declina su fuerza y pasión,
y no existe médico que pueda arrimarse,
y oponerse a su muerte, a esa mágica unción.
Y muriendo en su pena la bendita doncella,
pareciera que fuera un regocijo de Dios,
pues celebra dichoso con estruendo de estrellas,
muy silentes por cierto por respeto y pudor.
El cariño participa también de esta dicha,
pues alcanza a esas horas todo su esplendor,
y en torrentes se explaya con euforia y prisa,
y pareciera que ahí alcanzara al amor.
Pasa ajeno a la mente ese tiempo de sombras,
más brillante que diez mil racimos de soles,
donde odios ni guerra ni afanes se nombran
y reposan los cuerpos, sus vidas, sus roles.
Enfrentamos, entonces, también la otra gloria,
cuando nace de nuevo la luz del farol,
y forjamos los besos, el cemento, la historia,
y en las voces tenemos de la vida el control.
Sinfonía del alma es vivir y adueñarse,
de todos los zumos, los bronces, maderas
y a todos los odios y la sal enfrentarse,
cual bastiones de acero que el alma tejiera.
Sinfonía del alma es mirar al destino,
do las vías del cielo expeditas nos llevan,
aunque es con espinas y llanto el camino,
mas los números lilas con el hielo ya juegan.
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Azul, verde, vino y el canela en estímulo,
le imprime con sus pasos fríos, el otoño,
en los árboles recios que franquean mi ritmo,
a las hojas seniles que no dan su retoño.
Una brisa tenue completa el paisaje,
luego unos cantos pequeños a coro,
que son de mi oído sabroso brebaje,
elixir de mi alma, mi recreo de oro.
A lo lejos violeta, rosa y calipso raso,
que la tarde ya pinta ensuciando las nubes,
que se oponen tercas de sus pinceles al trazo,
donde el aire es inmenso y las penas suben.
Ya se ve que la luz empieza a enfermarse,
y se ve que declina su fuerza y pasión,
y no existe médico que pueda arrimarse,
y oponerse a su muerte, a esa mágica unción.
Y muriendo en su pena la bendita doncella,
pareciera que fuera un regocijo de Dios,
pues celebra dichoso con estruendo de estrellas,
muy silentes por cierto por respeto y pudor.
El cariño participa también de esta dicha,
pues alcanza a esas horas todo su esplendor,
y en torrentes se explaya con euforia y prisa,
y pareciera que ahí alcanzara al amor.
Pasa ajeno a la mente ese tiempo de sombras,
más brillante que diez mil racimos de soles,
donde odios ni guerra ni afanes se nombran
y reposan los cuerpos, sus vidas, sus roles.
Enfrentamos, entonces, también la otra gloria,
cuando nace de nuevo la luz del farol,
y forjamos los besos, el cemento, la historia,
y en las voces tenemos de la vida el control.
Sinfonía del alma es vivir y adueñarse,
de todos los zumos, los bronces, maderas
y a todos los odios y la sal enfrentarse,
cual bastiones de acero que el alma tejiera.
Sinfonía del alma es mirar al destino,
do las vías del cielo expeditas nos llevan,
aunque es con espinas y llanto el camino,
mas los números lilas con el hielo ya juegan.
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